“Ahí, justo al lado de la carcasa, debajo del árbol, detrás de los arbustos, por entre las ramas. Ahí está, ¿qué no la ves? Y su pequeño cachorro está con ella. ¡Qué fortuna hemos tenido!” La cara de Mariana es de alegría, satisfacción, sorpresa. Toda vez que consigo ver lo mismo que ella está observando, menos evidente para el ojo urbano y poco avizor, mi rostro dibuja las mismas emociones que el de la bióloga paulista experta en fauna brasileña. Ver un jaguar (Panthera onca) en su entorno natural es una de las experiencias más impactantes en la vida de todo viajero. Una mezcla de sentimientos cuya descripción escapa cualquier adjetivo. Sonrisas acompañadas de ojos llorosos y piel enchinada. La majestuosidad del felino más grande del continente americano en vivo y a todo color.
“Pocas veces me he sentido así”, reconoce todavía con la voz trémula Andreia, con quien comparto el jeep 4×4 en el que recorremos la sabana y los bosques del Parque Nacional do Pantanal, entre los estados brasileños de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, al suroeste del gigante sudamericano, en las fronteras con Bolivia y Paraguay, entre el Chaco y la Amazonía, el humedal más grande del hemisferio, declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en el año 2000 por “la abundancia y diversidad de su vegetación y fauna”, por ser “uno de los ecosistemas más vastos del mundo”.
“De los seis biomas que tenemos en Brasil, el Pantanal es el mejor preservado de todos”, nos explica Mariana, nuestra guía, sobre las grandes y diversas áreas naturales que yacen en nuestro entorno y que recorremos a lo largo de varias jornadas. “Es el paraje más propicio del continente para la observación de jaguares”, explica antes de que la hembra de jaguar de seis años a la que hemos visto cazar y devorar parte de una res junto a su cría de cinco meses, rodee nuestro vehículo, con una parsimonia y elegancia únicas de su espacie, camino de una charca de agua dulce junto a la que nos hemos estacionado. Cuando fija su aguda mirada en la nuestra, y el amarillo verdoso de sus ojos nos observa, la piel se nos vuelve a erizar. “Este es el único lugar del mundo en que los jaguares están habituados a la presencia humana”, agrega Mariana antes de anotar en su tableta electrónica todos los detalles acerca del avistamiento de la hembra de jaguar y de su cría, a las que llevamos observando por cerca de 40 minutos, a una distancia que oscila entre los 20 y los 5 metros.


De acuerdo con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, el jaguar, cuya esperanza de vida en libertad ronda los 12 años, es una especie a la que se considera en riesgo de amenaza, pues en las últimas décadas su rango de distribución geográfica en el continente, del que es nativo, se ha reducido en cerca del 50%, una pérdida de hábitat considerable a la que hay que sumar otros factores tanto humanos como climáticos. Si bien el imponente felino, de quien su nombre deriva del vocablo tupí-guaraní yaguareté que significa “verdadera bestia feroz que mata de un salto”, puede encontrarse en un total de 18 países que van desde México, en el norte, hasta las provincias septentrionales de Argentina, en el extremo sur, es en Brasil donde se concentra alrededor de la mitad de todos los jaguares salvajes del mundo. En particular en el Pantanal, cuya subespecie es la de mayores dimensiones del continente americano, por encima de las que se encuentran en Mesoamérica o en el Amazonas.
“Cuidado, recuerden no llevar pantalones cortos ni camisas sin mangas, siempre hay que usar calcetines gruesos y portar botas de hule, altas de preferencia. Nunca sabemos qué podemos encontrarnos”, advierte Mauricio antes de iniciar nuestro safari vespertino, a pie, por el sendero conocido como “la carretera de los tapires”, debido el alto número de dichos mamíferos curiosos, de pequeña trompa, patas cortas y lejanamente relacionados a los rinocerontes, que gustan de rondar por ahí a la hora crepuscular. “Si corremos con suerte, como es noche de luna llena, quizá también nos topemos con algún oso hormiguero gigante”, nos anima el joven herpetólogo a cargo de la expedición. Tanto uno (Tapirus terrestris) como otro (Myrmecophaga tridactyla), junto a los armadillos, los numerosos tipos de ciervos, los monos, los capibaras, las guacamayas azules, los pericos de cabeza negra, los zorros, los aguarás, las nutrias gigantes, las tarántulas, las enormes cigüeñas de cuello negro y papada roja llamadas tuiuiú, símbolo del Pantanal, los caimanes o las venenosas serpientes conocidas como boca de sapo, son algunos de las muchas especies que habitan en el Pantanal y que hacen de un viaje hasta su lejanía natural el sueño de muchos viajeros.

