Foto: Juan Barbosa.

Quiero ser de Vallecas

Mientras en España Hugo Sánchez sumaba un pichichi tras otro, en México los aficionados de los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) alimentábamos el deseo de que alguna vez volviera a jugar en nuestro equipo, así fuera en los días más crepusculares de su exitosa carrera. Pero ese anhelo no sólo no se cumplió. Al contrario. El retorno de Hugo al país llegó por la vía más indeseada por nosotros: fue el archirrival América, el club propiedad de la cadena televisiva que transmitió su periplo triunfal por las canchas de España, el que a mediados de 1992 lo trajo de vuelta.

A Hugol los seguidores de Pumas siempre le vamos a desear que le vaya bien. Pero que se pusiera la del América dolió. Despechados como estábamos, no nos quedaba más que albergar la esperanza de que no echara raíces en el equipo antagónico. Hacíamos votos porque su estadía como azulcrema fuera lo más breve posible. Y ese deseo sí se nos cumplió. Pobre consuelo, pero consuelo al fin: ya nunca lo vimos sobre la grama enfundado en nuestro uniforme —en la década siguiente nos recompensaría con un bicampeonato como entrenador— pero al menos ya no siguió portando el de ellos. Porque luego de una sola temporada Hugo se marchó de Coapa gracias a que lo llevó de nuevo a la península ibérica un club al que por el sólo hecho de haber liberado al Pentapichichi de aquel devaneo tan errático como fugaz los pumas le debemos gratitud eterna, un club cuya camiseta, calca de las portezuelas de todo taxi madrileño, era la que le faltaba por vestir al oriundo de la colonia Jardín Balbuena para completar en su currículum la tríada de equipos de Madrid ciudad: el Rayo Vallecano, que hoy 29 de mayo de 2024 cumple cien años.

Representativo del barrio más típicamente obrero de Madrid, el Rayo Vallecano es popular pero sin la masividad de clubes como el Flamengo en Brasil, Boca Juniors en Argentina o Chivas en México, que cuentan a sus seguidores por millones. El Rayo, en cambio, circunscribe por definición su radio de querientes a los habitantes de un punto específico de la periferia madrileña: el viejo pueblo de Vallecas, que a principios de la década de 1950 fue absorbido administrativamente por la urbe en la que el rey Felipe II decidió establecer en 1561 la capital de España.

En su libro Futbolítica el sociólogo e historiador catalán Ramón Usall afirma que hay clubes de futbol que “se convirtieron en algo más que entidades deportivas”. Si bien Usall no le dedica un apartado en su libro —tan sólo lo menciona tangencialmente en la introducción— el Rayo Vallecano es un ejemplo por excelencia de semejante conversión. Por su enclave territorial se erigió en estandarte deportivo del izquierdismo obrero. El escritor Francisco Umbral, célebre aficionado rayista, tenía a Vallecas como el primero entre “los pequeños reductos comunistas” del cinturón industrial de Madrid, ese que para Umbral era “el cinturón rojo, el cinturón de miseria” del Madrid del franquismo en el que la presencia de curas obreros era parte del paisaje.

Cuando mediaba la década de los ochenta —la de la famosa movida madrileña, ese brote de liberación juvenil tras casi cuatro décadas de mojigata dictadura que fue saludado e incluso fomentado por el alcalde de izquierdas Enrique Tierno Galván— puso pie en Vallecas Guillermo “Wendy” Mendizábal, primer futbolista mexicano en enfranjarse con la camiseta del Rayo. Luego de once años de brillar en el mediocampo del Cruz Azul —equipo con el que conseguiría el bicampeonato de Liga consecutivo en los torneos largos 1978-79 y 1979-80— y de meter a la Liguilla por el título a los Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG) en la primera de las dos temporadas en que militó en el cuadro de Zapopan, el Wendy decidió emigrar. La razón: que lo habían vetado de la selección nacional que sería anfitriona del Mundial México 86. Entrevistado en exclusiva por FutboLeo.net, el Wendy recuerda que Teodoro Cano, periodista deportivo de Televisa, le había comentado que un personaje también ligado a ese consorcio, el entonces presidente de la Federación Mexicana de Futbol (FMF), Rafael del Castillo —sí, el que más tarde sería responsable de que México no pudiera participar ni en la Olimpiada de Seúl 88 ni en la Copa del Mundo Italia 90 por el escándalo de los cachirules— había ordenado su exclusión del Tri. “No te van a llamar”, le dijo Cano. Además, para el año futbolístico 1985-86, el previo al Mundial, se acordó suspender el torneo de Liga de duración anual y sustituirlo por dos torneos cortos como los que tenemos en la actualidad, que llevaron por nombres Prode 85 y México 86. Ante la perspectiva de una liga partida en mitades, el Wendy aceptó la invitación para ir al Rayo que le extendió el uruguayo-español Héctor Núñez, quien lo había dirigido en Tecos y por entonces había sido contratado como estratega del cuadro del sur madrileño.

“Rápido me adapté al Rayo”, dice el Wendy, no obstante que encontró al club en Segunda División y “muy limitado en todo”. No tenía cancha propia para entrenar. A veces había que rentar la cancha Pegaso, la misma que por momentos ocupaba un rival citadino, el Atlético de Madrid, mientras que en otras ocasiones había que ir a Casa de Campo. Al parecer aquel Rayo que recibió al Wendy tampoco contaba con la mejor área de prensa a la hora de anunciar a las nuevas incorporaciones. El hoy entrenador de deportistas universitarios en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey Campus Guadalajara (ITESM-GDL) recuerda que los reporteros que cubrieron la presentación de la plantilla rayista a la que él se sumó creyeron en un primer momento que, por su nutrido bigote y su peinado mullet al más puro estilo de Los Bukis, la flamante contratación mexicana era quien en realidad respondía al nombre de Enrique Moreno Bellver, “Quique”, defensor valenciano procedente del Valencia Club de Futbol, mientras que al Wendy, de pelo castaño rubio y ojos claros, lo tenían por un español más. Seguramente las películas del Cine de Oro mexicano, protagonizadas por charros mostachones como Jorge Negrete y Pedro Armendáriz, abonaron a la confusión.

Wendy recuerda su paso por el Rayo como “una experiencia agradable”. “No tuve ningún problema, ningún insulto”, dice en contraste con lo que vivió a su llegada a España Hugo Sánchez, de quien Wendy se expresa con el mayor reconocimiento: “Mis respetos para Hugo por su carácter y personalidad”.

Si ante alguien Hugo tuvo que mostrar carácter y personalidad fue precisamente ante un dueño y presidente del Rayo: el banquero gaditano José María Ruiz-Mateos. De acuerdo con información recogida por el semanario mexicano Proceso, en 2013 el diario español La Gaceta difundió que durante la temporada que jugó en el Rayo Hugo fue espiado por detectives privados a las órdenes de Ruiz-Mateos, quien el día que oficializó el fichaje del ariete lo calificó como “gigante del fútbol” pero meses más tarde lo tildaba de estafador bajo la acusación de fingir lesiones, señalamiento que fue refutado por Hugo mediante testimonios médicos y resonancias magnéticas. En el contexto del “duro enfrentamiento” entre ambos —como lo calificó el diario El País— Ruiz-Mateos persiguió al ex delantero del Atlético de Madrid y del Real Madrid practicándole exámenes antidrogas sorpresa a toda la plantilla rayista, aunque con la mira puesta en el mexicano.

Por quien Ruiz-Mateos se dijo a su vez perseguido fue por el presidente del gobierno español, Felipe González. El holding bancario propiedad de Ruiz-Mateos, Rumasa, acrónimo de Ruiz-Mateos Sociedad Anónima, había sido expropiado por el gobierno socialista en 1983 bajo el argumento de que sus operaciones financieras y su conducción empresarial habían puesto en riesgo a la economía española. En 1989, cuando al otrora ministro de Economía del gobierno felipista, Miguel Boyer, instrumentador de la nacionalización, le tocó rendir declaración en el marco de un juicio que le promovió Ruiz-Mateos por supuestas injurias, recibió de éste un puñetazo al salir de una de las salas de los juzgados madrileños de Plaza de Castilla. Al grito de “¡Que te pego, leche!”, que con seguridad en tiempos modernos sería un ring tone, Ruiz Mateos le tiró los lentes a Boyer.

La estrategia de defensa mediática de sus empresas incluyó algunas otras horteradas de Ruiz-Mateos: en una ocasión se presentó a una audiencia judicial disfrazado de Superman, en otra vestido con traje de presidiario y corbata, otra más arribó metido adentro de un féretro a bordo de una carroza fúnebre supuestamente perteneciente a la ficticia agencia “Funerarias González” por aquello de que Felipe González “lo estaba matando”. En fin, Ruiz-Mateos, a quien Umbral no bajaba de “tonto”, de “empresario aficionado”, actuaba para las cámaras como un auténtico clown que, como escribe Ángela Pérez en el portal de Radiotelevisión Española, hoy sería carne de meme.

El Rayo, cuya aura progresista histórica aunada al carácter antifascista de su barra “Los Bukaneros” lo convierten en “el club de las luchas sociales”, paradójicamente ha tenido por dueños a personajes más bien reaccionarios desde que por disposición legislativa, al igual que la mayoría de los clubes españoles, mutó en sociedad anónima deportiva en la década de 1990. Su actual presidente, Martín Presa, vinculado al partido ultraderechista Vox —organización que recién invitó a España al presidente argentino Javier Milei, cuyo discurso de odio contra los socialistas y su imputación de conductas delictivas contra la esposa del presidente del gobierno español Pedro Sánchez trajo consigo el retiro de la embajadora española en Buenos Aires, dejando la relación diplomática hispano-argentina a nivel de encargaduría de negocios— es otro ejemplo de dirigente derechoso. El Rayo se nos presenta así, en palabras del periodista e historiador del futbol español Alfredo Relaño, como “un club con dos almas. La propiedad por un lado y la afición por otro”.

A Ricardo Cid Cañaveral —a quien Umbral definía como “delfín del nuevo periodismo literario”, fallecido a los 42 años en 1987— le gustaba aclarar al tiempo que enfatizar que “el Rayo Vallecano es de Vallecas”. Parece una tautología, pero no lo es. Y hoy toca subrayarlo más que nunca, porque la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, del Partido Popular, ha manifestado su intención de sacarlo de ahí. “Cada vez es más insostenible que sigan en Vallecas”, declaró Díaz Ayuso en febrero pasado. La respuesta social no se ha hecho esperar: “No hay Rayo sin Vallecas ni Vallecas sin Rayo”, es el clamor… que hago mío.

En un artículo periodístico al que intituló precisamente “El Rayo Vallecano”, Umbral escribió a mediados de 1977: “Me pidieron una vez la lista de las diez mujeres más elegantes de España, y dije que diez vecinas de Vallecas elegidas al azar”. Lejos de la sencilla elegancia de las vallecanas, pero tampoco hecho jirones, el Rayo llega algo maltrecho, pero con la fuerza que le inyecta su base social, a su primer centenario: amenazado de expatriación por el poder público y manteniéndose a duras penas en Primera División.

Pero hoy toca dejar de lado toda esa turbulencia institucional y deportiva. Hay que festejar al Rayo. Y por eso citando a Umbral proclamo: “quiero ser de Vallecas y lo tengo muy escrito”.

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