Drive my car: la construcción del templo

Yo maté a mi madre. Cuando el alud arrasó con mi casa yo también estaba adentro, sólo yo salí arrastrándome entre los escombros de la casa, luego de eso me quedé un rato  mirando la mitad arrasada de la casa, después cayeron otras piedras y la destruyeron por completo. 


Drive my car (Ryusuke Hamaguchi, 2021).

Pienso que la línea dicha por Yusuke Kafuku (“Tú mataste a tu madre y yo maté a mi esposa”) es la declaración más reveladora de la película japonesa Drive my car, de Ryusuke Hamaguchi. La pérdida del conjunto o la fragmentación de la identidad ha sumergido a Yusuke Kafuku en el silencio de la cotidiana soledad, es decir, en la percepción parcial del mundo que lo rodea; la petrificación de los viejos hábitos, por un lado, y las revelaciones que se van deshilvanando de esos viejos hábitos parecen darle a Yusuke una salvación casi inmediata pero inquietante: ¿podemos decir que existe soledad en donde hay preservación de los símbolos que nos conforman?

Trabajar sobre la película dirigida por Hamaguchi desde la expiación de la conciencia parece una ardua labor donde cada una de las aristas que se desarrollan en el filme tendrían que ser mostradas y delineadas una por una. En esta lectura estaremos retenidos en el fundamento de que para expresar las angustias y decir detalladamente las circunstancias que nos rodean como seres temporales es imprescindible un templo, un refugio, una isla que nos deje soltar nuestras más insufribles y dolorosas prendas. Es igual de valioso comprender que el templo, es decir el refugio, es temporal porque las circunstancias que lo componen están condicionadas al instante emocional de quien se refugia en él. Los relatos que cada uno de los personajes va soltando son fragmentos del mismo túnel donde de alguna u otra forma se reencontrarán. Solamente el silencio del templo acomoda la memoria de quienes se refugian en él. El silencio del templo solicita ávido la palabra, su ofrenda. 

El impecable automóvil rojo de la película resulta ser el templo verdadero porque alberga las historias, las conjeturas y las confesiones de los personajes que lineal y naturalmente se van alejando de lo privado una vez que la atmósfera del templo los ha envuelto. Si no se cree en las palabras no tiene validez templo alguno. El automóvil tendrá que transformarse a la par de las circunstancias, de las decisiones y del ordenamiento discursivo de sus pasajeros. 

El templo se verá derrumbado y reconstruido tal y como lo dictan los inconmensurables diálogos con el (O) otro que se mueven y se asoman a los límites que siempre son evitados porque algunas veces reconocemos que tenemos errores de los que esquivamos su mirada frontal. Yusuke Kafuku es un destacado dramaturgo que secuencialmente se va dislocando durante el filme, no es un personaje con pocas alternativas: es actor teatral; director de escena; esposo de Oto Kafuku (guionista –digamos, sui géneris- que concreta sus historias al ritmo del coito y la explosión de cada uno de sus orgasmos y en cuyas circunstancias no son experimentadas de manera exclusiva con su esposo); viudo y hombre silenciado por la escafandra de la soledad. El mundo exterior de Yusuke, su polis, está compuesto por las alternativas de un mundo cómodo y global. Yusuke no es un personaje con pocas alternativas, es altamente complejo. 

Yusuke ama a Oto, nada importa bajo esa afirmación, la entrega incondicional que él ofrenda a su esposa cruza los umbrales de la posesión porque Oto es el hogar, efecto y símbolo de las necesidades satisfechas a los ojos de su marido. Nada importa, ni siquiera que él sepa de las infidelidades de ella. Yusuke pretende vivir más allá de los deslices físicos de su esposa porque ella, Oto, es el hogar, representa el espacio que se contrapone al mundo de afuera, Oto es el templo de Yusuke.

Inesperadamente Oto muere, una hemorragia cerebral la sorprendió a solas en el interior de su casa. El repentino espacio que ha dejado la ausencia de Oto lastima profundamente a Yusuke. El dolor de no haber pronunciado un último mensaje, un reproche o la más ínfima declaración es la herida del marido, por otro lado, esa será la cicatriz que ha de dejarle la castración de las palabras. El silencio es la cicatriz.

Como Oto ha desaparecido de la vida de Yusuke, el orden simbólico de la fe también ha desaparecido, la casa ha dejado de ser habitable, el templo ha sido derrumbado y sin la promesa de la salvación somos trozos y fragmentos, dice Byung-Chul Han: “Los símbolos producen ‘cosas comunes’ que hacen posible el ‘nosotros’, la cohesión de una sociedad” (2023, p. 66). 1  

La existencia está afuera y como ya se mencionó afuera está la polis, en el interior del hogar solo existe la conducta que ya no es pública, los instintos se agudizan en el encierro y el discurso puede tornarse descomunalmente violento y casi bestial, ahora Yusuke vive privado de compañía, vive con su perro, clara alegoría del antiguo esposo y como símbolo de quien pertenece a un grupo vasto de personas tiene al teatro. Yusuke sigue siendo lo que siempre ha sido y a la vez es lo que debe ser: la espectadora. El automóvil rojo que es propiedad del dramaturgo contiene esencialmente los últimos rastros de la esposa muerta, es un vehículo: figura ideal que contiene por dentro y por fuera lo que uno quiere ser y también es el espacio que guarda y traslada hacia puntos definidos lo que uno “es” ya sea por decisión o por imposición. Tomando en cuenta que el automóvil es parte de la persona y de la personalidad del viudo vale bien la pena concretar algunas observaciones que de él se desprenden: El carro es el micro escenario en la vida de Yusuke y no por pequeño es menor pues en él la convergencia del discurso será pautado por la distancia y el tiempo que se transcurra en su interior. Ahí adentro las nuevas conductas encontrarán refugio. El viejo templo ha sido reemplazado: ya no es la casa sino el carro.

Misaki Watari es una joven chofer que está al servicio de Yusuke cuando éste es invitado por una compañía teatral que radica en Hiroshima para poner en escena Tío Vania, una obra de Chéjov, misma que encumbró a Yusuke Kafuku en los escenarios teatrales de la ciudad donde inicialmente la historia va tomando forma. Misaki está inicialmente dispuesta a pertenecer a la invisibilidad de los objetos al interior del automóvil, ella funciona hábilmente como funcionan los objetos en la vida de las personas que los han colocado ahí. En ese lugar innegociable y quieto, la joven chofer hará su trabajo y ninguna otra cosa, ninguna otra tarea y ninguna otra mirada que no sea la que debe colocar frente al volante. A veces los humanos tenemos nociones muy tajantes de cómo hacer la polis: “La polis es el ‘escenario’ del ‘alguien’ que aspira a la gloria y el reconocimiento y hasta a la inmortalidad, que está animado por la pasión de ser el ‘mejor’ y realizar lo ‘extraordinario’”. (2023, p. 79). 

Cuando el sujeto invisible decide romper con la jettatura del arcaico servilismo que cumplen los objetos inanimados los lazos comienzan a trenzarse con los de su interlocutor, se movilizan, se dirigen inevitablemente a la negociación de acuerdos y de repentinas apariciones soliloquias que contribuirán al reforzamiento del discurso. En efecto, los silencios son discursos magníficos porque comienzan siendo la materia prima que con el trabajo interior se irá deshaciendo de sus impurezas para lograr la contemplación estética del receptor. La conformación del lenguaje tiene como placenta al silencio.

El automóvil de Yusuke Kafuku es el mundo de salvación y del resguardo de las palabras. Mirar al mundo por sus ventanas es la evasión inicial de su dueño sobre una realidad pesada e irrevocable; la joven Misaki, llevando su profesionalismo al máximo, no desvía su mirada de los cristales frontales que son también su herramienta de trabajo. Todo el mundo se mira a través de los cristales, detrás de esa protección transparente que permite cierto confort en sus pasajeros. La visión del mundo está protegida por las palabras, los silencios, las miradas evitativas y los cristales que alguna vez nos cubren de las inclemencias de la naturaleza sin dejar de contemplar ni por un instante su fuerza devastadora. Buscamos ser testigos y siempre salir ilesos, ¿es posible eso?

Como si se tratara de un capullo o caparazón – si así se quiere ver-, el impecable automóvil rojo ha cumplido bien con su labor de proteger y dotar de comodidad a los pasajeros, lo que se ha dicho adentro y fuera de él no le importa, no piensa, no escucha, no vive; pero la correlación de desgracias que existe entre los personajes lo hace un poco más lustroso y atractivo. El auto, como buen templo, necesita de la desgracia de sus involucrados porque sin esto no tendría razón de existir. El templo depende de los abismos individuales, sin ser literal los templos existen entre cañadas.

Como templo bien cuidado por sus feligreses -y no es para menos- el ritual de la comunicación siempre irá más allá de la simpleza de expresar palabras, cuando se comunica algo se busca la dignificación de los espacios, se provee de cierta gracia al mundo porque ahí será dicho algo, probablemente trascendental o quizás no, eso ya dependerá de los humanos pero por lo que respecta a los lugares y a los objetos, ellos, tendrán que resultar solemnes porque uno nunca sabe lo que las palabras construirán, probablemente será el mayor de los templos en honor a la memoria y al deseo que las palabras harán trascender para toda la vida de quienes las conjuran. 

“Tú mataste a tu madre y yo maté a mi esposa” es la afirmación que Yusuke le entrega a Misaki a bordo del automóvil rojo, luego voltea a mirarla, y aunque ella no voltea a mirarlo son los ojos de Yusuke quienes verdaderamente rompen el silencio y con el silencio roto la línea de la fría obligación del mundo estratégico y distante se transforma en algo más que un instante, esto significa que el alargamiento del instante hace perceptible al presente, a la presencia. Una vez que él mira a su chofer la reconoce como su semejante, sujeto, no objeto. Mirar a los ojos a alguien mientras se habla es entregarle su acreditación a la existencia personal de quien le habla y le mira a través de los cristales de la existencia. Si te miro acepto que existes y si existes es posible la libertad creadora de los lugares que nos unirán en complicidad con las palabras. Si te hablo entonces te construyo, el silencio se rompe y en el fondo de nosotros mismos sabemos que provenimos de algún templo que nos dio su refugio.

  1. HAN, B.C. (2023). Vida contemplativa: La absoluta falta de ser. México, Taurus. ↩︎

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