Dinero para cruzar el pueblo, y otro tramo más en esta vida

Seremos mi hijo, yo y un departamento. Conseguiré otro trabajo. Es una noche sin luna. Caminamos por las calles del centro. Un tipo en bata de baño se nos para de frente. Cargo a Eusebio, pesa, patalea, quiere caminar. Su cara es la de un muerto. Abre su bata y me muestra su pene. La muerte de Esmeralda destroza mi vida. Mi vida, ¿cuál vida?, en vez de órganos y sangre tengo tuberías rotas, aceite viejo, esquirlas de metal que alguna vez formaron algo, ¿mi cuerpo? Le tapo los ojos a Eusebio. Rodeo al tipo. Me río en su cara. Dejo a Cayetano porque no quiero que me vea rota. Esto es un acto de amor.


Dinero para cruzar el pueblo; Rodrigo Ramírez del Ángel

Sucede con algunos retratos (cada vez más comunes) que despojan de identidad al hecho, al problema. Sugieren una visión lejana de la realidad, que no problematiza y que no se muestra con respeto ante lo que narra. La miseria es el flanco fuerte de su construcción, y que el espectador se entretenga con la solución escatológica e ignominiosa es su mejor reconocimiento.

Situado en las antípodas, sin un perceptible deseo de contaminar la historia con estudios antropológicos, sociológicos y psicológicos, aunque no por ello menos complejos y audaces, Rodrigo Ramírez del Angel (Veracruz, 1985) escribe en Dinero para cruzar el pueblo (Editorial Gato Blanco) un retrato rulfiano sobre la búsqueda de cara a la pérdida, siendo esta última un hecho inexorable y la primera de ellas no más que una opción movida por la duda y otro tanto por el amor. Ambas cosas, situadas ahí a causa de dos fuerzas principales, la violencia y la ludopatía. En la parte central, ahí donde se unen las voces, hay lamentos, vidas paralelas, reclamos, una serie de eventos desafortunados, otros más ininteligibles, otros más que sólo son. Desencuentros crónicos, muy anunciados.

Eusebio “Chebo” Mabarak tiene 25 años y vive en Santa Ana, un pueblo costero de calores inmundos. Pese a la vasta cantidad de problemas que podrían mantenerlo al borde de una crisis, sólo hay una que le importa: hace un par de meses que no ve a su madre, Jade, y desea encontrarla. En su andar sin tregua, más por destino que por suerte, dada su curiosidad y su particular forma de ser, Chebo tendrá como guías, acompañantes, quizá amigos a Wendy, un padre de familia que decidió transicionar, quien trabaja como regente de un bar del mismo pueblo; la hija de esta, Raquel, una joven compleja, que despoja a su padre de la identidad que decidió adoptar porque ha perdido, gracias a eso, aquello que le daba la vida que llevaba; Bernardo, el último de sus padrastros, aquel a quien su madre dejó como dejó al resto, pero a quien gracias al cariño que sentía por el Chebo decidió ayudar.

De manera paralela, casi fantasmal, en una narración que parece lejana, está Jade, quien reconstruye, de manera fragmentada y salpicada por la vida, la infancia de Eusebio, así como la suya propia. Más que reconstrucción, la voz de Jade revitaliza los hechos, estimula la gracia, no escatima en los detalles. Resquebraja la forma dicotómica de juzgarse y juzgar al otro. A través de ella y del viaje del Chebo, Ramírez del Ángel nos presenta un mundo desproporcionado, tan luminoso como tan ruin, sin pretensiones endebles, de complejas visiones, consumado no como algo que busca resolver el misterio o salvar el pellejo de alguno de los personajes, sino mostrar las dinámicas, acaso los cimientos, de la vida que nos/les tocó vivir.

Con Dinero para cruzar el pueblo valdría alejarse de las descripciones que destacarán no más allá de su crudeza. No es que no interese, pero hacerlo sería echar por la borda todo lo que Rodrigo Ramírez del Ángel escribe. La crudeza es, diríase, la punta del iceberg. Allá en las profundidades, por entre las mesas de algún bar que reúne a esas criaturas inmundas que son los empresarios alcoholizados, se dibuja lo que es el dinero y el poder, y el abuso de este último; en las paredes y las recámaras de un hogar sepultado en la pobreza no sólo se aprecia la inmundicia a la que el “hombre de la casa” tiene sometida, sino también sus más deleznables acciones y violentos tratos, el abuso cotidiano de sentirse impune; las voces que cuentan los años que no nos tocó vivir, cómo se erige la mentira como medio de protección, cómo la mirada nuestra no es la totalidad de las cosas; y, por entre todo el aire caliente que cubre al pueblo, amor y complicidad, acaso presencias más fuertes y más discretas, apenas perceptibles en los gestos más mínimos, en aquello que muchas veces ni siquiera se nombra. 

Esta novela del escritor veracruzano fue ganadora del Premio Nuevo León de Literatura 2020. No es gratuito, ni es un tema menor. No me detendré en la valía de un premio –que la tiene– ni en si es merecedora –que creo que la es–; sí, por otro lado, en recalcar la construcción compleja y profunda de todos y cada uno de los personajes, pero en especial de Jade; asimismo en las imágenes, las postales de ese pueblo, los detalles soberbios que así como completan el círculo e imprimen verosimilitud, permiten resaltar el ambiente agonizante y abrumador, tenso, quizá hasta ruin, y cómo convive con su humor franco, esos destellos momentáneos de esperanza y compasión. Finalmente, darse cuenta, quizá, que hace falta poco más que dinero para cruzar el pueblo.

Dinero para cruzar el pueblo, Rodrigo Ramírez del Angel, Editorial Gato Blanco, 2024, Ciudad de México, pp. 156

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