La necesidad más nuestra

Apenas tuve consciencia, después de recordar una fiesta de cumpleaños – ciertamente inolvidable–, recuerdo, quizá equivocado, que mi padre me dijo la razón por la que le iba al Cruz Azul. Yo confieso que no la recuerdo. Sí recuerdo irle, sentir los colores desde entonces.

Mis recuerdos más duros son borrosos hasta pasados los diez años. O casi todos. Vamos, que el partido que recuerdo con claridad es cuando pasaba los siete años, un partido en contra del acérrimo rival que hoy con enfrenta. Mi abuelo materno, el paterno y mi padre. El carro a dos cuadras de la Noche Buena. De salida, sin trompetas y tiliches, porque se habían ido volando por el aire una vez cantado el gol. Fue el último partido que compartimos los cuatro juntos.

Más tarde, creo, recuerdo un partido de mierda contra el Atlante en Concacaf. Salí hecho pedazos. No quería saber más nada del equipo que me había cobijado la corta vida entera. Paso apenas empezó la temporada siguiente.

Llegó entonces el amor. Quizá desde antes. No lo sé, las fechas, ahora, no me interesan.

César Delgado. El nombre del culpable. El primer amor del fútbol. Del mío. Una vez lo vi haciendo un regate me enamoré del juego. Eso sí: imposible de olvidar.

Desde entonces, recuerdos que de desvanecen entre finales perdidas, verbos conjugados a nuestro desfavor, a costa del dolor propio. No me importó nunca en demasía.

Sí recuerdo con claridad dos lozas. Aquella final perdida de 2018 y el batacazo Puma en 2020. Ambas pérdidas totales en el imaginario colectivo celeste. De las que ya puedo hablar sin temor a lamentarme por la réplica. Confieso que fueron las pasiones, en compañía de las cervezas, las que ayudaron a paliar los recuerdos. Funcionó. Sobre todo funcionó el pitazo final del 30 de mayo de 2021. Cruz Azul campeón del clausura de ese año. La madre que nos parió a todos.

Más tarde digo lo siguiente, sin embargo, para no sentir nada. Por eso ahora, después de algunas temporadas para el olvido, en las que pese a todo, y lo digo sin presunción, no me fui del todo, siento certeza y dejos de esperanza.

Porque la vida parece ser otra. Hay un antes y un después de un décimo sexto y un segundo lugar. Más allá de las matemáticas, hay fe. Ese 99%. No que pase lo que tenga que pasar. No que pase lo que diga Dios. Que pase lo que, sin tibieza, tras jornadas en las que se ha dejado todo, vaya a pasar. Digo entonces aquello que Santino Cortés, hermano y poeta, escribió hace unos años:

«Ahora, amo más que nunca al único amor constante que hay en mi vida, porque me enseñó que cuando se ama plenamente no se hace por los grandes triunfos, se hace por los pequeños días de gloria, que han sido muchos. En esta final puede venir lo que amo, pero desconozco. Y me asusta, me asusta tocar el cielo. Porque para irle a Cruz Azul hay que tener cojones».

Seremos entonces en la gloria o en lo que devenga. Pero seremos. Porque hay que tener cojones. Y no hay que olvidar, porque hay, es que hay tantos caminos por andar…

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