A mis casi 30

¿Qué otra cosa podría hacer en medio de esta tierra solitaria?

Llegan las edades, todas, tonta. 
Ninguna, dirá la lechuza blanca. 
Y para esta que habla, son miles los desastres
de la pólvora,
y el amor robado,
tanto, que pude viajar por los cielos, 
reina de plata,
nada, y para mí el mar entero. 

No me sigue el rastro repetido,  
menos los contratos, sí el cuarzo, sí la tinta, 
no el pentágono, sí la raíz, sí las garras.  
Vive en mí una niña, un poco cabra y colibrí, 
tengo muchísimas botas para ir siempre descalza. 

A los dos años, de un golpe, me abrí la cabeza, 
y justo ahí, entraron los pájaros
en mi pequeño cráneo, 
haciendo de esta cabeza una jaula dorada,
de dudas que no quieren rozar el suelo.

Más joven que la voz que narra
me quemé la pata con un motor ardiente,
y en la piel derretida veo,
el día en el que nada importaba,  
Y ahora que todo importa demasiado, 
y se me encorva el tronco
hacia el viento que no quiero,
mi espalda siempre encuentra oxigeno
en mi ombligo.  

Para protegerme compré un paraguas,
(que olvidé ya mismo)
para que no me lluevan más ideas
de las que puede amamantar mi frente, 
mientras Biden jura un poquito por todos y todas, 
los rusos tomaron Azerbaiyán en enero, 
y la reina de todas las fiestas fue decapitada. 
¿Y Dónde están los pececitos de su vientre?
¿Dónde fueron invitados los invitados de oro?
¿Habrá un banquete para nosotras
en el hogar del hielo?
¿Qué ocurrió en la elipsis de los casi inviernos?
Ya no hay casi, ya son exactos. 

Todo esto lo soñé mucho antes, 
una palabra que me da escalofríos,
-abismo- y una cana brota, 
30 años antes de haber nacido. 
Siento que estoy a punto de dar a luz;
un ser querido,
que no cesa, 
que no llega, 
que no espera 
que se irá. 

Con la boca entreabierta digo adiós, 
asombrada del asombro de haber padecido
la vida desde aquel día. 
Y quisiera enumerar otras tantas (al menos), 
para ver qué hacen los días en nosotras.
¿Qué otra cosa podría hacer
en medio de esta tierra solitaria? 
La lluvia cae, yo brindo. 

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