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Algo está mal: depresión universitaria

Creo que lo más importante a la hora de escribir es pensar que algún lector necesitado espera con ansias ese texto. Comencé a escribir pensando en lo que quería leer. Si mantienes esa premisa, quieras o no, serás honesto.

—Susan Sontag.

Sentarme frente a mi mesa y escribir estas líneas requirió mucho esfuerzo. Hace meses que no pongo mis reflexiones en papel (no recuerdo, esa es mi mayor ignorancia). Las pienso, pero luego las dejo vagando en mi mente. Mi palabra es la poética: es donde mi cuerpo, la mayoría de las veces, me permite habitar y realizar mi vida con «cierta normalidad», donde los huesos de mis manos no pesan y se pueden agilizar un poco, porque escribir tiene que ver no solo con el sentimiento y pensamiento, sino también con cada centímetro de nuestras arterias, con el ambiente que nos rodea: a veces caótico, en otras ocasiones boscoso.

Sin embargo, como cualquier amante de las letras, y alejándome de las redes sociales —se convirtieron en máquinas que están diseñadas para dañar el criterio individual, una especie de adoctrinamiento que, si bien nos va, no nos juzga; ya no hay diálogo, solo violencia, lo que conlleva a aterrarnos: ¿qué pensarán de nuestro tuit?, ¿nuestra publicación está mal?, si no pensamos como los demás, ¿eso nos convierte en personas horribles?—, quiero decir: algo está mal.

El 23 de junio a las tres de la tarde, México tuvo una noticia trágica más: un alumno de la Facultad de Medicina de la UNAM se suicidó. Como es de costumbre en los medios de comunicación, quienes actúan por inmediatez, olvidando muchas veces su ética y profesionalismo periodístico, los titulares no se hicieron esperar y la noticia invadió todo el país.

Recuerdo estar en el Centro Histórico de la ciudad cuando un amigo, a quien no frecuento, y que estudia la carrera de Medicina, me informó al respecto. En ese momento me congelé, veía a las personas pasar y hacer sus cosas con normalidad. Era la única estatua. No teorizo, pero siento. Quise llorar, mas no pude. Porque el suicidio es un tema que me ha perseguido los veintitantos años que llevo de vida. Y la realidad me hizo darme cuenta una vez más que no era el único flotando en este océano. Una vida más que se va. No es humano de mi parte decir mis razones por las que pienso que el estudiante lo hizo, ni quiero imaginarlas, ya que eso me convertiría en un narcisista. Cada vida es diferente. Vemos personas en la calle y no sabemos qué problemas están enfrentando: la muerte de un familiar, un despido, una ruptura. Por eso la empatía y amabilidad es una revolución en estos tiempos de dictaduras creadas exclusivamente por las y para las sociedades.

Cuestiono mi papel —porque antes que estudiante, soy ciudadano, y antes que ciudadano, soy humano—: ¿qué debo hacer?, ¿este suceso lamentable qué me deja? Una reflexión, desde luego, pero allende de eso, razonar, ¿qué estamos haciendo mal como sociedad?, ¿por qué un 62 % de los jóvenes padece ansiedad y un 70 % tiene síntomas de depresión? Los casos de suicidio en México están aumentando. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), desde 2016 se registraron 6 mil 370 casos; para 2017 fueron 6 mil 559; para 2018 aumentaron 249; para 2019 fueron 7 mil 223; y para 2020, 7 mil 896 (esto sin contar 2021 y 2022).

La depresión no tiene edad, la puede padecer cualquier persona: niños, adolescentes, jóvenes adultos, adultos y adultos mayores. No soy psicólogo ni psiquiatra, pero sí soy paciente de esta enfermedad. Hablo desde mi experiencia y, como Sylvia Plath anotó, «se puede escribir acerca de todo en la vida si se tiene el coraje para hacerlo». Así que imagino una historia: un estudiante de universidad sonríe la mayor parte del tiempo en su hogar. A simple vista tiene una «vida feliz», pero por dentro padece un vacío, una desolación, una melancolía. Donde habita se siente cómodo: es su mundo, donde tiene el control total de decidir, de imponerse a lo que considera que no está ni le hace bien. Cuando asiste a la academia, sus compañeros se burlan de él por ser diferente, sus profesores lo hacen de menos por no tener buenas calificaciones o simplemente por no saber la respuesta ante una pregunta. No tiene amistades que le apoyen y acompañen. Lo único que quiere es salir lo más temprano posible e irse a su casa. Sus padres lo regañan porque reprobó una materia. ¿Qué será de su futuro si no estudia ni obtiene buenas notas? ¿Se habrá equivocado de carrera? La presión y el estrés cada día aumentan y el universitario solo desea estar en cama: disfruta dormir y prefiere no despertar. Las palabras se quedan vacías. No sabe expresarse. Nadie interpreta su silencio. No encuentra una salida, una esperanza.

Como esa, hay muchas historias similares (con diferentes vertientes) en cada universidad del país. Y es debido a los factores externos, que la mayoría de las veces la depresión universitaria se ve como un mito, pero no solo ella, sino la enfermedad en sí. Muchas personas la desconocen, desde el cómo actuar cuando un ser querido la padece hasta el cómo lidiar y pedir ayuda cuando se tiene.

Una depresión universitaria se crea a partir de estigmas y comportamientos del mundo externo y dentro de las instalaciones. No, no es nuestra culpa. Si hay culpables en esto son el sistema de explotación y poco empático de las universidades y los entornos hostiles a los que estamos expuestos como estudiantes.

Se necesitan profesores que enseñen, que no humillen, que no acosen, que no tengan egocentrismo, machismo, elitismo, y que entiendan que cada estudiante es un mundo: se deben acoplar a sus trincheras, pues el universitario estudia bajo sus términos; busquen posibilidades para hacer su semestre ameno y que, más que obtener un puntaje perfecto, opte por el conocimiento. Se necesitan compañeros que dejen a un lado la envidia, la competencia, y opten por el apoyo y un ambiente sano. Se necesita un sistema universitario que deje de pensar en crear robots, que haga caso a las peticiones de los estudiantes y encuentre soluciones, no pretextos ni la creación de discursos disfrazados y violentos. Se necesita eliminar el acoso, el racismo, el clasismo, la discriminación, en las universidades. Se necesita dejar de romantizar las carreras y los centros de estudio. Hacer justicia ante los crímenes que ocurren dentro y fuera del aula. Cuestionar el rol de las familias ante todo. Un comienzo a las pláticas informativas sobre suicidio, depresión y ansiedad. Terapias gratuitas y de calidad. Adiós al dominio del poder de los altos mandos escolares. Adiós al calificativo: «generación de cristal». Ahora más que nunca se necesitan universidades humanas. La salud mental es más importante que un título que no asegura una vida.

Por Sebastián López

Ser de anomalías.

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