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Etiquetas, insinuaciones y saltos: una entrevista con Eduardo Sacheri

El autor argentino concibe la escritura de ficción como una labor solitaria y de absoluta introspección.

Las etiquetas son tan incómodas como inevitables. Me lo dijo Eduardo Sacheri (Castelar, 1967) hace tres años, durante una entrevista por teléfono, entre Buenos Aires y Ciudad de México. Me lo dijo a propósito del encasillamiento del que él mismo ha sido objeto como “escritor de futbol”, pese a que su obra está poblada de temas que nada tienen que ver con la cancha y tan universales que pueden tocar a cualquiera, detractor o amante de la pelota. Y me lo dijo con la misma serenidad con que reflexionó en torno a asuntos como la escritura, su obra, Donald Trump —las condiciones que producen a entes como ése—, Twitter y más.

Tipo sensato, sin acritud, de voz firme, ritmo cautivante y apuntes certeros, Sacheri es tan generoso en la charla como en el esfuerzo que, como cinco, brinda en el campo (o brindaba, en la vida prepandemia). Como muestra ejemplar de que su espectro rebasa por mucho las fronteras del césped, el año publicó pasado Lo mucho que te amé (novela en nada relacionada con el futbol) y apareció La odisea de los giles, versión cinematográfica de La noche de la Usina (Premio Alfaguara 2016), novela donde el juego apenas asoma la cara.

Hace unos días leí Las llaves del reino, que reúne varios de los textos que Eduardo Sacheri publicó en El Gráfico, entre 2011 y 2013 —algunos de los cuales yo conocía ya—, y donde el futbol ocupa un sitio central, pero siempre como perfecta puerta de entrada a otros mundos. Con esa lectura, comprobé tres cosas: que si el Sacheri novelista es un tejedor y relator de historias fabuloso, el Sacheri cuentista es demoledor y, a veces, más potente. Otra, que es un escritor que impacta y conmueve con lo que escribe, pero te sacude todavía más con lo que no dice y sólo insinúa. Por último, que siempre es gratificante leer a este hijo pródigo de Castelar. Con esa idea, acepté la invitación de mi querido Ricardo López para presentar en purgante la plática que citaba al inicio, publicada originalmente en Mapa Gris, con un hombre de letras entrañables y ocupaciones diversas.

Federico García Lorca escribía para que lo quisieran y García Márquez para que lo quisieran más sus amigos. ¿Usted para qué escribe?

Para entender un poquito mejor la vida. El arte en general —y la escritura de ficción me parece parte del arte— es una respuesta que enarbolamos a esas preguntas arduas que nos plantea la vida: ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos en esta vida?, inquietudes que tienen que ver con el dolor, la angustia, el deseo, la muerte. Creo que son preguntas que nos formulamos todos. En mi caso, las ficciones que escribo son un modo fugaz de responderlas. Digo fugaz porque son satisfactorias sólo en el momento de formularlas; a medida que pasa el tiempo dejan de ser eficaces.

Además de la escritura, se dedica usted a la historia, ¿por qué decidió estudiarla y por qué sigue ejerciendo la docencia?

Por el placer de conocer el pasado y la curiosidad por entender de qué modo nos conforma. El pasado de las personas es un buen modo de conocerlas y la historia es a las sociedades lo que la biografía es a cada uno; las sociedades son el resultado de lo que han sido, de lo que les ha sucedido, de sus decisiones y sus caminos recorridos. Si uno es maestro de algo es porque considera que es valioso saberlo y compartirlo con los que no lo saben. A mí me parece un trabajo útil y es un privilegio tener un trabajo así.

¿Cómo es el contraste de enfrentar a un grupo de adolescentes en un salón y a un montón de lectores como escritor?

Son desafíos distintos. El de la escritura es un ejercicio solitario, paciente, muy meditado, laborioso, con mucha corrección, mucha revisión, pausado y de largo plazo, en el sentido de que uno conoce cómo le ha ido con el libro mucho después de haberlo escrito; mientras que la docencia es un ejercicio de comunicación instantánea donde se pone a prueba no sólo el conocimiento, sino también la capacidad para interesar a los alumnos, para poner pautas de respeto recíproco y para intentar convertirlos en mejores personas, todo al momento. Si nuestros alumnos se desinteresan de lo que hablamos, el fracaso lo palpamos en el instante mismo en que eso se está viviendo.

​Hoy se dice que el mundo no ha estado nunca peor. ¿Usted qué piensa?

Esa es una mirada recurrente. Hay una frase atribuida a Borges que dice algo como: “Me tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles para vivir”. Creo que el hallazgo borgeano —si la cita es suya en efecto— es que los seres humanos advertimos la dimensión trágica que tienen nuestras vidas individuales y nuestras existencias colectivas. Esto de añorar pasados mejores —aunque sean inexistentes— nos sirve como un mínimo consuelo, como un refugio utópico anclado en un pasado mítico que supuestamente fue mejor. Pero en el pasado hubo guerras salvajes, enfrentamientos sangrientos, esclavitudes inverosímiles; por eso no creo en ese supuesto paraíso en el pasado.

Hablando de asuntos dramáticos, ¿qué opinión le merece Donald Trump?

Una mala opinión y en eso no soy demasiado original. Ahora, trato de no quedarme en la demonización del personaje —que, insisto, me cae sumamente antipático— y procuro entender su origen, quizá por mi formación histórica. Estos personajes necios, desagradables y peligrosos son una fuente de inquietud y nos deben llamar la atención sus condiciones de aparición. Que existan estos personajes es malo, pero que haya millones de personas dispuestas a encumbrarlos es mucho peor. Habla de sociedades insatisfechas, sueños incumplidos, deudas morales, emocionales y sociales impagas con quienes están dispuestos a encumbrar a ese tipo de energúmenos.

De su experiencia en el cine, ¿cómo llegó la ocasión de llevar La pregunta de sus ojos al cine?

El director Juan José Campanella había leído mis libros anteriores y le parecía que compartíamos un universo de significados y de intereses, por lo que se había entusiasmado con la posibilidad de llevar alguna de mis historias al cine. Cuando leyó esta novela dijo: “Esta es la historia que podemos contar juntos”, así que eso fue lo que hicimos.

¿Cómo fue la experiencia en Los Ángeles la noche del Oscar (2010)?

El teatro donde se realiza la premiación es muy televisivo pero extremadamente pequeño, entonces fueron solo Campanella y los productores; el resto del equipo estábamos con una pantalla gigante en un hotel en Sunset Boulevard. Y la verdad que yo prefería así, no quería estar presente en el momento que se dijera el ganador, no podía evitar vivirlo como las definiciones por penales del fútbol, que me ponen extremadamente nervioso. Entonces cuando Almodóvar y Tarantino pasan al estrado a nombrar las cinco finalistas del Oscar a Mejor Película en Lengua Extranjera, abandoné la sala donde veíamos la ceremonia y me fui a un pasillo del hotel… el grito alborozado de la delegación argentina, como gritando un gol, me indicó que habíamos ganado esa dura definición.

​¿Qué diferencias principales hay entre escribir un libro y el guión de una película?

La independencia, la soledad, la absoluta introspección que significa escribir un libro, frente a un trabajo que es consenso, diálogo, negociación, escucha, argumentación… Para quien viene de una labor solitaria como la escritura de ficción es todo un aprendizaje este de conversar, introducir cambios, aceptar negativas, complementar nuestra visión con la de otros que ven cosas que a uno no ve y que a veces no quiere ver. Esa flexibilidad es la diferencia más importante.

Escribir un libro significa independencia, soledad, absoluta introspección

Es un cambio tremendo. Volvamos a sus inicios y un personaje clave: Alejandro Apo. ¿Me cuenta cómo influyó él en su carrera?

En 1996 él empezaba un programa que después sería enormemente célebre en la radio argentina: Todo con afecto, donde unía fútbol, cine, música y literatura; comenzaba leyendo algún cuento de fútbol. Y entre mis primeros cuentos algunos hablaban de fútbol; mi mujer y mis amigos insistían en que eran cosas que valían la pena y que él podía difundirlas. Yo dudaba que mis textos merecieran esa atención, pero tanto insistieron que empecé a llevarlos. Era una época sin internet, así que junté dos o tres en un fólder de papel madera y los llevé a la recepción de la radio. Alejandro leyó uno y los oyentes empezaron a llamar preguntando en qué libro estaban mis textos y él respondía que en ninguno, que un tipo se los dejaba en la puerta. Para mí fue muy importante ese espaldarazo, por ser masivo y porque los elogios de mi mujer y mis amigos estaban teñidos con el afecto, en cambio estos otros de los oyentes tenían para mí el valor de su gratuidad.

De la radio a las redes sociales. Decía Umberto Eco que Twitter es la invasión de los idiotas. ¿Usted cómo lo ve?

Tiene interesantes posibilidades y enormes riesgos. Coincido con Eco en que da una enorme oportunidad de difusión a los idiotas y agregaría que a los violentos, pero también da una opción de conversación interesante. Si uno intenta no manejarse como idiota, puede estar al tanto de cosas muy interesantes dichas por otros. Ahí me entero de artículos periodísticos, libros, películas. Lo importante es ser cuidadoso con lo que uno emite, precisamente para no convertirse en un idiota. Hay un idiotismo rampante, que en Twitter simplemente está evidenciado, pero no creo que haya más idiotas en las redes que en el mundo general; a lo mejor ahí se exteriorizan las cosas con un poco más de franqueza por el anonimato que tiene, pero si uno en Twitter es un animal, difícilmente será un buen ciudadano fuera… Volvemos a la trágica visión sobre el mundo (risas).

Claro. Ahora, aunque su obra aborda distintas temáticas, hay quien lo identifica sólo por la parte del futbol. ¿Qué opina de esa etiqueta?

Toda etiqueta es incómoda y al mismo tiempo inevitable. Yo cargo con esa y habrá lectores que sólo me conocen por haber escrito El secreto de sus ojos. Por un lado, que tu nombre le suene a alguien en el océano de autores y de libros que hay en el mundo, aunque sea por una etiqueta incompleta, puede ser una buena noticia. Por otro lado, andar etiquetando a la gente es una manera de simplificarla en exceso. Lo que corresponde a uno como escritor es tratar de saltar de libro a libro, de género a género y de estilo a estilo para, en lo posible, sustraerse a esas etiquetas.

Última. Cuando escribe de futbol, lo hace sobre todo del llano, la tribuna y el ambiente.

Yo creo que esa es la parte más grande, aunque sea menos rutilante. Aun cuando vemos y nos entusiasmamos con el futbol profesional, somos hinchas amateurs: no lo hacemos por dinero, lo hacemos por cuestiones que valen mucho y que no cuestan un centavo.

*Pueden leer la entrevista completa en Mapa Gris.

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