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Andre Mejía: «En mi escritura siempre me propongo interpelar el discurso poético»

Circula en librerías la novela La sed se va con el río, de la narradora colombiana Andrea Mejía, editada por Alfaguara.

La narradora colombiana Andrea Mejía (Bogotá, 1978) –una de las voces más sobresalientes  de la literatura hispanoamericana con títulos como La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad (2018), Quietud (2022), La carretera será un final terrible (2020)y Antes de que el mes cierre los caminos (2022)– tiene presencia en las mesas de novedades de las librerías con La sed se va con el río (Alfaguara, 2026): novela que forma parte de la colección Mapas de las Lenguas 2026 (“La mejor literatura de 21 países que comparten un idioma”) del Grupo Editorial Penguin Randon House. 

Narración que se sumerge en enigmas de personajes que habitan veredas lindantes con el río Nauyaca bajo el sometimiento de jornadas tenebrosas, umbrías y sigilosas: el tiempo parece estar detenido y el brujo Jeremía prepara un ‘aguardiente de bejuco’, licor mágico para presagiar el futuro e invocar espectros que abrigan desastres y quimeras. 

Despliegue de un paisaje agreste: el páramo, la exuberancia, el fecundo follaje en las orillas del afluente y el vislumbre de una atmósfera siniestra son las credenciales para que Andrea Mejía, con una prosa humedecida por los sueños, labre un territorio fantasmagórico y vibrante en que lo compasivo dialoga con la fiebre de la incertidumbre. 

“Esta novela está configurada por varias dársenas y contrastes: el páramo, el río y la selva conforman una zona singular alimentada por mi experiencia y mi imaginación. Planicie vacía que se va convirtiendo en territorio de la muerte: sitio de encuentro de los personajes Patas de Mirlo, Heraquio y el desaparecido Jeremía. La atmósfera del relato está teñida de un sentido de aislamiento, de lejanía en la conformación de un espacio secreto en donde un arcaico signo de remotas cifras desafía a lo humano”, expresó la escritora Andrea Mejía.  

¿Relato que rompe con la estructura narrativa convencional?

Sí, la estructura no es lineal en el sentido de narrar desde el ritmo continuo de lo que va sucediendo. Levanté la historia desde mis revelaciones íntimas: corren los episodios y el narrador en paralelo los va refiriendo. En realidad, hay tres ejes sustentados por los protagonistas: Jeremía; Lidia-Patas de Mirlo y Esther. En las conjunciones de sus actos se completa el horizonte estructural del relato.

Y la sucesión narrativa en los trances de esos personajes?

Sí, hay una codificación cronológica en la referencia de sus actos: primero aparece Jeremía, que inicia la preparación de la ancestral bebida del aguardiente de bejuco, la cual es un legado indígena; sigue Lidia, beneficiada de la receta del licor, quien se relaciona con Patas de Mirlo de una manera muy torcida; al final, Esther, quien arriba a ese páramo aislado y recorre las orillas del río Nauyaca. Pero, insisto en que los diálogos y las extrañas incidencias están erigidos desde una ruptura con los esquemas tradicionales.

¿Diálogos sucintos y atmósferas obscuras? 

Me interesaba que los diálogos fueran breves y que derivaran en una suerte de contrapunto con la profusión de una naturaleza que atrapa a los personajes. Me propuse hacer un paralelismo entre el enjambre de la naturaleza oscura, densa y húmeda y el flujo del río. La precisión y concisión del habla están determinadas por el prodigio lingüístico de unos personajes que están a la mira y dicen poco. Parlamentos que reflejan la tristeza latente del erial.  

¿El agua del río Nauyaca y el deseo de beber el aguardiente de bejuco: horcones de la historia? 

El agua es lo que fluye; escogí el nombre de Nauyaca porque significa serpiente, su nombre proviene del náhuatl mexicano. El río zigzaguea. El agua es la divinidad que engendró la vida; recreo el mito ancestral de las ánimas que al agonizar se enjuagaban en las aguas del Río del Olvido para reaparecer en la vida. Las bebidas espirituales conllevan a un acercamiento con lo divino, con Dios. Me parece fabuloso que un bejuco mágico se convierta en una pócima para emborracharse y acercarse a lo celestial. Menjurje que permite ver más allá de lo ordinario: pócima que deriva en borrachera espesa que se complementa con la dureza de la vida y la soledad. Bebida que, más allá de los efectos alucinógeno, despierta un sentimiento litúrgico.  La fuerza del deseo se compagina con los vislumbres del amor en la búsqueda de aliviar una sed insaciable en medio de un paisaje rudo donde lo humano convive con el descarrío. 

¿Nombres de los personajes y de los sitios con ecos bíblicos y alegorías melodiosas?

Buscaba una fonética atractiva; un lector me hizo ver hace poco, la recurrencia de nombres bíblicos: Jeremías, Esther, Sara…, declaro que no era mi intención: mi propósito era escudriñar en sonoridades seductoras: me fascina la musicalidad que hay en la pronunciación de Jeremía, por ejemplo. Esther es un nombre que me sugestiona también por su fuerza sonora. Me han preguntado mucho del nombre Patas de Mirlo, revelación del canalla, el cual produce mucha curiosidad en los lectores. Los nombres de Nardarán, Corona Blanca, Zacarías, Zambrano… aparecen por su melódica sonoridad.  Apelo a propósito a nombres simbólicos: el páramo es Isvara, término en sánscrito que significa Ser Supremo de lo absoluto, lo cual le da un papel terrorífico y siniestro a la zona. 

¿El personaje Jeremía como metáfora de la ausencia? 

Bueno, la desaparición de Jeremía es sustancial en la trama de la novela. Me interesaba abordar la ausencia de este personaje por encima de su presencia que es muy vital y también ambigua. No olvidar que tiene la llave del milagroso aguardiente. Sus gestos oscilan entre la virtud y la maldad, su ausencia genera un vacío muy sugerente en el pueblo.  Su ausencia es como un retumbo, quise abordar esa extrañeza

¿Rulfo, García Marquez y Eustasio Rivera en la configuración ficcional?

Asumo la presencia de esos tres escritores admirados en los espacios temáticos de esta novela. Comala y sus muertos; Macondo y su desborde imaginativo; y la selva que se lo traga todo en La vorágine de Rivera.  Sin embargo, creo que La sed se va con el río explora en esas circunstancias en que la naturaleza se bifurca en todos los planos y los personajes transitan entre la vida y la muerte, entre ese páramo de arriba y las orillas de abajo bendecidas por el río.  Me interesa abordar la comunicación entre la realidad y otros mundos posibles, Rulfo lo hizo de manera magistral.  Descender al mundo de los muertos es una experiencia donde hay que asumir un discernimiento cabal de la realidad. Afirmo que la relación entre la vida y la muerte es un encadenamiento, nunca una separación. 

¿Sanangó, la comarca de esta novela suya, se entrelaza con Comala y Macondo?

Yo diría que toma el hilo de esos dos míticos espacios literarios. Me atrevo a decir que hay coincidencias con la confabulación enigmática de Cien años de soledad y de Pedro Paramo donde los personajes son arrastrados a la muerte. Sanangó es un terreno abandonado, acanalado por el río Nauyaca, donde sus vecindarios viven en un estado ensoñado y de alucinación provocado por la bebida de Jeremía. No puedo desdeñar a La vorágine en la concepción hostil y nostálgica de la realidad. Leí con detenimiento las novelas que abordaron el debate entre civilización y barbarie en los inicios del siglo XX. Le debo mucho a esas narraciones.   

¿Un relato de urdimbre campestre?

Las coordenadas geográficas de la novela están determinadas por mi experiencia de vivir en el campo. No sabría escribir una novela urbana. La selva, lo agreste y la fronda de recónditas áreas donde tengo mi casa, me han proporcionado una visión de pujanza para escribir esta historia vivificadora asediada por un silencio que se recompone desde lo recóndito. Aquí el páramo viene descendiendo y parece que nunca asciende. Cuestas y cañadas convergen con el río.   

¿Prosa que conjuga lo poético con el espejismo narrativo? 

En mi escritura siempre me propongo interpelar el discurso poético, las alternativas narrativas y la especulación imaginativa. Me gusta que lo alucinante derive en lo cristalino y en imágenes de verdades iluminadas.   

¿Vinculación de gestos femeninos con el fuego y el agua entrevistos en las acciones discrepantes de los personajes Sara y Lidia?

Empecemos por recordar que Sara y Lidia son dos mujeres desdichadas, quienes han vivido bajo las consonancias del patriarcado excluyente. El fuego tiene presencia alegórica en los cifrados de expiación, daño y castigo; el agua es metáfora del continuo movimiento: mata, limpia y arrasa todo a su paso. El agua como catalizadora de interacciones de los moradores del pueblo. En Sanangó no se descansa del agua.  

¿Siente usted cercanía con Mónica Ojeda y el ‘gótico andino’?

Han dicho que esta novela está emparentada con la corriente del gótico andino, en los catálogos de la ecuatoriana Mónica Ojeda: no estoy de acuerdo, mis designios van por otra ruta. Admiro su trabajo: Las voladorasMandíbula son dos textos imprescindibles de la nueva literatura hispánica. Debo confesar que siento también una gran admiración por la argentina Mariana Enríquez, con quien también me han comparado. Este libro ha tenido más de una catalogación: en España, por ejemplo, dicen que está insertada en “el más puro surrealismo latino”. 

¿Qué ha significado para usted que La sed se va con el río llegó a ser finalista del Premio Rómulo Gallegos 2025?

Me produjo mucha sorpresa y alegría. Ese galardón tiene mucho prestigio por la nómina de ganadores como Vargas Llosa, García Marquez, Carlos Fuentes o Roberto Bolaño. Esa nominación hizo que la novela tuviera una mayor recepción, estoy muy agradecida. 

Ficha
La sed se va con el río
Autora: Andrea Mejía
Género: Novela
Editorial: Alfaguara, 2026