Mucho me he preguntado: ¿por qué duele tanto? Le he dado vueltas y vueltas a esta pregunta. He estado aquí parada en otras ocasiones. No me había dolido tanto desde Brasil 2014. Recuerdo cuánto lloré frente al televisor. Pero en ese momento la rabia y la injusticia acompañaban a la tristeza y al aferrado ‘No era penal’.
El 5 de julio no hubo ira, no hubo injusticia. Esa noche se llenó de esperanza, sorpresa, errores, silencio. Esa noche dimos un paso atrás, el Azteca coreó, una vez más, el eterno ‘Sí se puede’. Nos olvidamos del sueño, del ‘¿Y si sí?’. Pero algo se sintió distinto. Hubo acompañamiento en la derrota, cantos, lágrimas y una profunda satisfacción de no ‘perder como siempre’. Perdimos como nunca: con el alma en esa cancha, con el corazón prendido de ilusión. Como equipo se logró una fase de grupos histórica, nueve de nueve, cero goles en contra, hasta que tres goles nos eliminaron.
¿Por qué duele tanto? Porque en esta justa, con una fase más de eliminación, se rompió aquella maldición: la del quinto partido. Es cierto, en realidad buscábamos el sexto, el del pase a cuartos. Pero por algo se empieza. En esta ocasión, creo que hubo algo más que futbol en juego. Tras pensar y pensar, qué fue lo que pasó, me encontré con varias respuestas. Pienso en errores tácticos, de definición, atajadas, mil explicaciones lógicas. Pero no me eran suficientes. No entendía por qué la tristeza, por qué las lágrimas, estas que no se sienten como las de ocho años atrás. Estas son lágrimas de agradecimiento porque nos devolvieron la ilusión, el sueño, la esperanza, la pasión. Esa pasión futbolística que no va y viene cada cuatro años. Esa pasión tan terca que nos hace amar a cierto equipo de futbol. Al que nos cayó en las manos por herencia familiar, al que elegimos en primaria o al que nos convenció en la adultez. Puedo pensar, por ejemplo, en mis Chivas, y en un sinfín de alegrías en mi infancia y también, una tanda de decepciones en los últimos años (no el 2026).
¿Quién no ha vivido la segunda cara de este deporte? Y es que, mientras más lo pienso, es eso: esta derrota me abrió los ojos para sentir que sí, el futbol es como la vida misma. Se gana, se pierde, sí. Pero más allá de eso, y en respuesta a mi pregunta inicial, creo que ya entendí por qué duele tanto. Porque esta derrota, en lo personal, me hizo ver que lo que duele es el ‘casi’. Salir a jugar tan seguros de nosotros mismos porque la balanza está inclinada hacia nosotros, con la certeza de apostarlo todo porque no hay manera de fallar, porque se tiene todo a favor ―un Azteca pintado de verde, la localía, hasta la altura―. Pero por qué, a pesar de todo y contra todo pronóstico uno puede perderlo todo en dos goles, en dos minutos, en dos sentencias, en dos descuidos. Hablando del deporte, hay errores que cuestan caro, ¿y hablando de la vida?
Duele el ‘casi’, duele la caída de la posibilidad y duele la hermosa y absurda —para quien quiera verlo así— pasión que genera este deporte. Pero es verdad que es un dolor con fortaleza: no fue una goleada, un ‘Aztecazo’. Fue una caída con dignidad, que reveló las deficiencias que teníamos como equipo, que reveló que todavía no estamos preparados para ganarle al cuarto mejor equipo del mundo. Pero algo quedó claro: sí tenemos cómo encararlos para dejarlos sin voz, sin aliento, para hacer que jueguen a defenderse, para que le pidan la hora al árbitro. No fue sencillo y ellos lo saben. No me meteré en los problemas medulares del futbol mexicano, esa es otra historia —importantísima de abordar. Pero sí responderé una vez más, por qué el futbol se parece a la vida y por qué, insisto, duele tanto.
El 29 de junio de 2026, la selección de Países Bajos fue eliminada en penales en Monterrey. Muchos mexicanos celebramos: un 29 de junio, Países Bajos cayó en penales en México. ‘¡Ya está! Deuda saldada’, pensamos. Porque un 29 de junio de 2014, la entonces selección de Holanda, le arrancaba a México la ilusión del quinto partido. El sueño se diluyó con un clavado y un penal en el 92’. En el Países Bajos vs. Marruecos pensé en la justicia divina y, siendo muy honesta, festejé y brinqué de emoción. Después de pensar, creo que he podido aligerar mi duelo así: en el México vs. Inglaterra no estábamos del lado correcto de la historia. En cambio, con la derrota de Países Bajos el futbol se redimió, nos redimió.
¿Qué pasó el 22 de junio de 1986? La ‘hazaña’, como muchos la llaman, fue, bajo la mera lógica del juego, una trampa —estemos o no de acuerdo. Cuarenta años después, la selección de Inglaterra regresa al emblemático Azteca. Ese gigante que los marcó y que los vio caer ante la mano de Dios de 1986.
Hoy, 7 de julio, recorro la Ciudad de México en metro y entiendo: la vida tiene un estilo muy particular para hacernos justicia, para devolvernos algo que nos fue arrebatado. Aunque haya sido cuarenta años atrás: el futbol —la vida— no se queda con nada. Me atrevo a creer que Inglaterra estaba destinada a ganar ese partido en el Coloso. El Azteca y el futbol tenían una deuda pendiente con los Tres Leones y, desafortunadamente, estábamos en medio de ese ajuste de cuentas. Y si me pongo todavía más poética, pienso: la portería norte fue la que guardó aquella ‘hazaña’ argentina. En esa portería México buscó y buscó el empate que nunca llegó. Claro, podemos retomar la discusión racional, con datos duros. Podemos hablar de los cambios, los centros, la estrategia, de absolutamente todo. Pero para sacudirme un poco el duelo me quedo pensando esto: Inglaterra saldó su deuda. Ya lo dijeron los medios ingleses: “Forty years on from the ‘Hand of God, the hands of fate have smiled this time”. Y algún día —con mucho trabajo y replanteamiento deportivo— ese destino nos sonreirá también a nosotros y vendrá la nuestra: vendrá nuestra victoria —en casa o no—, vendrá nuestro quinto (o sexto) partido. Vendrá el día en que la historia nos redima.
¿Por qué duele tanto? Porque el ‘ya casi’, el ‘¿y si sí?’ nos hacen rozar la victoria, nos hacen sentir que podemos conquistarlo todo, hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, nos quedamos en silencio. Duele porque necesitamos escribir la misma historia con un mejor final. ¿Qué me llevo del Mundial? La ilusión de volver a creer en mi equipo. ¿Qué me ha dejado la vida? La convicción de que la espera —con trabajo de por medio— recompensa, que la justicia siempre llega y que la vida siempre devuelve, aunque se tarde 40 años en hacerlo.

