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Editorial

Colombia antifascista

El autoritarismo no avanza solo por la fuerza de quienes lo promueven; avanza también por el silencio, la indiferencia y la renuncia de una ciudadanía que deja de participar.

Lo que ocurrió ayer en Colombia no puede leerse como un episodio aislado: es la expresión local de una corriente internacional con epicentro en el trumpismo. Se trata de una forma de colonización política hacia Latinoamérica que ha irradiado modelos de autoritarismo electoral, donde la indignación se convierte en identidad, los argumentos en enemigos y la política en una guerra permanente entre “ellos” y “nosotros”. 

El autoritarismo no avanza solo por la fuerza de quienes lo promueven; avanza también por el silencio, la indiferencia y la renuncia de una ciudadanía que deja de participar. Por eso la defensa de la democracia no puede limitarse al voto: necesita una sociedad despierta, organizada y políticamente consciente. Hoy, el reto es recuperar la conversación y volver a hablar de lo público en las universidades, en las calles y en los espacios donde parece imposible ponerse de acuerdo. 

La defensa de la democracia se expresa en la educación pública como derecho y herramienta de movilidad social, en el salario digno como reconocimiento a quien sostiene el país, en una seguridad que no sacrifique los derechos humanos ni debilite la institucionalidad, y en un Estado que no excluya, sino que reconozca la diferencia de quienes han sido históricamente marginados. 

La mitad del país no está dispuesta a retroceder en lo conquistado; es la ciudadanía que entiende que los derechos no se heredan ni se conservan por inercia, sino que se defienden, y que cuando sea necesario, volverá a las calles, alzará su voz y seguirá reclamando con conciencia y dignidad para mantener viva la conquista de lo que ya nos pertenece.