I
Armar una biblioteca personal es un proyecto de vida. Arturo Pérez-Reverte lo explicó mejor: «Una biblioteca no es un conjunto de libros leídos, sino una compañía, un refugio y un proyecto de vida».
Y es algo que he buscado reflejar en mi biblioteca. Contrario al canon de un lector promedio, tengo más obra de escritoras y escritores vivos que de muertos. Algunos, cierta y tristemente, se han muerto mientras comencé a construir mi Biblioteca Personal. Casi el 70 por ciento de los libros que conforman mi biblioteca personal cuentan con su respectiva dedicatoria.
Una de las razones para este criterio es básica: me gusta tener libros que, después de ser leídos, tengan la posibilidad de poder intercambiar impresiones con la autora o autor.
II
Una de las vertientes, secciones, que he pensado para mi Biblioteca Personal es: autoras o autores de Puebla que han publicado fuera de editoriales locales.
Mónica Rojas, de sólida trayectoria, es una de ellas. Ha publicado libros infantiles como El niño que tocó las estrellas (Hachette, 2016), La mariquita azul (2019), Eglantyne Jebb. Una vida dedicada a la niñez (2019), que fue presentada en Naciones Unidas y ha sido traducida a más de diez idiomas. Para un lector más adulto ha escrito: Lobo (Nostra Ediciones, 2022, la cual fue finalista del IV Premio Auguste Dupin de Novela Negra en España) y La niña polaca (Grijalbo, 2022). Es antologadora del libro Voces Fragmentadas (Hachette, 2023), cuentos que relatan historias desgarradoras sobre las dificultades de ser niño en México. Por ello no debe extrañar que sea embajadora de la organización Save the Children en México.
III
Hace unos años, en Puebla, Mónica Rojas y Sandra Becerril coincidieron en una Feria del Libro y, al terminar las presentaciones de ambas, decidieron ir a cenar juntas con el grupo de amistades que íbamos acompañándolas.
Entre las tantas anécdotas que compartieron, Mónica hablaba de un libro que estaba por terminar sobre una historia del linaje femenino de su familia materna y que, en parte, se le estaba yendo la salud en la novela. Era una escritura que estaba sufriendo, pero que necesitaba hacer.
Tiempo después, en una presentación que se organizó para un círculo de lectura de Puebla, supe que A la sombra de un árbol muerto (Hachette, 2025) era ese libro del que había hablado en la cena.
IV
Con una prosa simple, pero muy poética –a lo largo de doscientas setenta y una páginas—, se cuenta la historia de tres mujeres:
Magdalena (1873): Una mujer joven que fue educada bajo el precepto: una mujer nació para tener y cuidar hijos. Se casó con Juan y sufrieron cuatro abortos: Juan, Damián, Isabel y Leonardo. Magdalena se refugió en el tejido y el rezo, mientras que Juan se refugiaba en el alcohol.
Petra (1910): Hija de Isabel (cuidadora de Magdalena), se terminó casando con Juan y tuvieron a Leonarda. Petra estuvo con Juan hasta que este murió el mismo día que nacía el Paricutín y asesinaban a Madero y Pino Suárez. Ya sin hombre a quien cuidar, se unió a la revolución llevando a Petra sobre su espalda hasta que un día la dejó bajo el cuidado de una pareja que alojaba a las hijas e hijos de los revolucionarios. Terminada la revolución, instalaría en Tlaxcala una pulquería e iría por Leonarda para juntas atender la pulquería.
Leonarda (1935): En la pulquería conoció a un chico del que se enamoró: Santiago, quien vivía entre Tlaxcala y Puebla; un día, por una ingenua decisión, terminaron casándose y tuvieron a Pablo, Raúl, Inés y Lucía. La vida de esta familia se desarrolló en Puebla, donde Raúl tendría un final trágico e Inés tendría un embarazo producto de una “calentura”; su hijo se llamaría Juan, pero ella no será la persona encargada de cuidarlo.
V
Las historias de estas tres mujeres están llenas de un sufrimiento provocado por las antiguas costumbres machistas y retrógradas propias de la época. Tanto los hombres como las mujeres de estas historias son víctimas y victimarios de los prejuicios y “el qué dirán”, cuyas raíces están no sólo en el machismo, sino también en el clasismo y racismo que tristemente han moldeado a la sociedad mexicana.
Empero, también son historias que nos hablan de lo fuertes, valiosas, simbólicas e importantes que pueden ser las costumbres prehispánicas (mezcladas con la herencia española) con su herbolaria, su chamanismo, sus leyendas, sus cantos, plegarias y conjuros.
Junto con los personajes, el lector va sufriendo, cuestionando y madurando, y también conociendo la evolución de tres lugares: Los Altos de Jalisco, Tlaxcala y Puebla.
VI
A la sombra de un árbol muerto, de Mónica Rojas, nos recuerda la importancia y lo valioso de conocer las raíces y el linaje de nuestra familia, pues eso puede explicar el porqué de las muchas tradiciones y pensamientos que se van heredando de generación en generación.
Esta novela es un “claro ejemplo” de cómo el entorno social, la historia familiar y las herencias ocultas pueden afectar las decisiones que toma una persona.
Aprender a sanar las heridas del linaje —algo que últimamente está en boga desde la perspectiva del karma y la espiritualidad— es otra de las posibles lecciones y/o invitaciones de esta novela.
VII
A la sombra de un árbol muerto, de Mónica Rojas, demuestra que el realismo mágico aún tiene mucho por ofrecer y más cuando se le pone a danzar con la historia del país, la historia familiar y se utiliza una pizca de ficción como pegamento.


