Escribir no es el único oficio de Eduardo Sacheri. El también licenciado y profesor de Historia regresa a la Ciudad de México a presentar Qué quedara de nosotros (Alfaguara, 2026), una novela en la que entrega otra cara de la guerra de Malvinas y que se emparenta con su anterior entrega: Demasiado lejos (Alfaguara, 2025).
Nacido en Castelar (Argentina) hace 58 años y ganador del Premio Alfaguara de 2016, Sacheri indaga en el sentir de los participantes del conflicto bélico qué marcó el principio del fin de la junta militar que gobernaba a la Argentina y abrió una herida que muchas voces quisieron ignorar.
¿Estas novelas se siembran en ti aquel día del 2 de abril de 1982?
Estas novelas de las Malvinas, más que con el 2 de abril de 1982, te diría que si hay un germen, es de otro momento: de 1982, una vez consumada la derrota militar de la Argentina en la guerra. Probablemente nace cuando yo voy a hacer las compras, los mandados de mi casa y me llama la atención el absoluto silencio de los adultos que tengo alrededor. Adultos que llevaban más de dos meses sin hablar de otra cosa que no fuese la guerra de Malvinas como entusiastas expertos de la guerra de Malvinas. Había sido una experiencia muy llamativa esos meses. Una sociedad involucrada al máximo emocionalmente con lo que estaba pasando y, al mismo tiempo, con una mirada un poco frívola, un poco superficial, un mucho triunfalista. Y después de la derrota: el silencio. Yo creo que escribir estas novelas para mí es como remover un poco ese silencio, explorar un poco la incomodidad colectiva de mi país, no tanto en relación a la guerra, sino al final de la guerra, a la entrega festiva a la guerra.
¿Cuál es la diferencia del antes y después de aquel 2 de abril respecto a las Malvinas en la Argentina?
El reclamo sobre las islas Malvinas es muy antiguo, muy consensuado y muy compartido. Te diría: si bien las islas están en manos de los británicos desde hace casi 200 años (1833), un siglo después estamos hablando de hace un siglo, 1930, más o menos cuando la sociedad argentina convirtió al tema Malvinas en una causa colectiva, en un reclamo, en una utopía compartida. Entonces para 1982 ya son varias generaciones de argentinos educadas. Y elijo particularmente esa palabra, “educadas”, porque la escuela es clave en esta concientización de los argentinos en relación a las islas. Son varias generaciones educadas en la idea de las Malvinas son argentinas y que los británicos nos las arrebataron. Del merecimiento a recuperarlas, esa suerte de credo laico y nacional que ya era muy fuerte en 1982 y que explica que, aunque el desembarco y la recuperación la hace una dictadura militar –una dictadura que ya está siendo muy cuestionada desde distintos de distintos ámbitos por las violaciones de los derechos humanos, por el ejercicio mismo de la dictadura, por la enorme crisis económica que está atravesando la Argentina–, la sociedad argentina se moviliza, se entusiasma y se entrega profundamente a ese sentimiento.
Y vos fíjate que es algo que casi 50 años después de la guerra se ha reconstituido como una especie de tejido cultural e identitario. Que los argentinos seguimos compartiendo, más allá de la guerra. Por ejemplo, el hecho que Argentina juegue con Inglaterra en el mundial hace nada y después de la victoria argentina, un trapo con el mensaje ”las Malvinas son Argentinas” caiga desde la tribuna y que algunos jugadores lo levanten y muestren. Y esa imagen recorra el mundo. Y todos los argentinos se sientan absolutamente involucrados con ese gesto habla de que la guerra de Malvinas es un momento traumático difícil de digerir y de asimilar. Pero es un momento en un arco temporal mucho más amplio, con una solidez identitaria enorme en mi país.
Tus novelas se habían concebido como una sola historia, como un solo libro, aunque por cuestiones incluso prácticas se dividen dos: la guerra vista desde Buenos Aires y la guerra vista y vivida desde las islas.
Cuando yo tomé la decisión de que fueran dos novelas separadas, tuvo que ver con pensar que realmente eran dos mundos muy poco comunicados, aunque motivados ambos por la guerra de Malvinas. Uno tenía la corporeidad de la guerra: el frío, el hambre, las balas, la sangre, la muerte. El otro era una narración que una sociedad se daba a sí misma para entusiasmarse, comprometerse, ilusionarse y fantasear con una victoria. Eran realmente dos mundos comunicados entre sí a través de un espejo cuyo reflejo es distorsionado.
¿Qué tan difícil es crear una ficción desde el punto de vista como historiador y como argentino, cuando encima involucra también sensaciones individuales?
En un primer momento sí hay un gran trabajo de investigación histórica, que es una manera de distanciar el hecho de mi propia memoria. La idea central es que las novelas no están construidas desde mis recuerdos, de mis de hechos. Para ofrecerle al lector, tanto argentino como de cualquier país, una vivencia mucho más redonda, mucho más completa, mucho más universal de cómo es una sociedad se involucra de una guerra, necesito distanciarme, y la investigación histórica te permite ese distanciamiento. Una cosa es la memoria y otra cosa es la historia.
Siempre has dotado de humanidad a todos tus personajes…
Por lo menos esa es la intención. Mi foco de interés son realmente personas comunes. Gente común y corriente, como somos casi todos o como somos todos en el fondo cuando nos despojamos de ciertas apariencias. Es cierto que un tema como la guerra puede dar lugar a que uno se sienta tentado a ubicar la trama en las grandes personalidades, y con grandes me refiero por su involucramiento y su protagonismo. Galtieri, Margaret Thatcher, el Secretario General de las Naciones Unidas, el general al mando de las tropas argentinas o el general a cargo de las británicas… pero yo preferí situarme en la gente común que creo que también es protagonista de la historia y es afectada por la historia. La historia nos sucede a todos.
La importancia de los diálogos a través de los personajes, que los personajes hablen. Dotar de personalidad a cada uno de ellos a través de los diálogos para poder conocerlos…
Es algo que me suele interesar como lector y, por tanto, intento recrear como escritor. Me parece que quienes escribimos de algún modo intentamos recrear cosas que nos agradan, que nos gustan, que nos sirven o que valoramos. Intento recrear la literatura que leo en la literatura que escribo. A mí me gusta cuando leo que se reconstruya con realismo los modos de actuar y los modos de decir de las personas, porque creo que en la realidad es algo que nos importa.
¿Cómo conocemos nosotros a los demás? Viendo a los actores, escuchándolos hablar y, después, estableciendo vínculos entre lo que dicen y lo que hacen, que no necesariamente es algo tan coherente. Pero aún en el ruido, o en esas incoherencias de esos dos mundos, vamos conociendo a los demás. Entonces trabajar los diálogos para mí es importante. Un personaje se define por sus acciones y sus palabras más que por lo que el autor o el narrador describe de ellos.
Tus textos, a través del tiempo, hacen referencia constante a este momento en la historia.
Creo que por un lado las Malvinas y la guerra tienen un gran peso en el pasaje entre la dictadura y la democracia. Y, como muchos eventos históricos, tienen significados contradictorios al mismo tiempo. La derrota militar es un enorme dolor, pero, al mismo tiempo, fue una condición para el regreso de la democracia; es decir, si los militares argentinos hubieran ganado la guerra de Malvinas, su fortaleza política, probablemente, los hubiera mantenido mucho tiempo en el gobierno. Más tiempo aún. Entonces, el hecho de que Argentina haya regresado a la democracia y el presidente Alfonsín haya podido, digamos, ordenar la investigación de las violaciones a los derechos humanos y los principales responsables hayan sido detenidos durante su gobierno, tiene que ver con la derrota, porque una guerra contra una potencia europea, más allá que es una guerra breve, no es una experiencia demasiado frecuente en el siglo XX latinoamericano; es más bien excepcional.
¿Qué tan consciente hoy ese hoy en día la sociedad?
El reclamo, la reivindicación, el deseo de este principio de búsqueda no es tanto sobre la guerra. Para que una sociedad le preste atención al pasado tienen que existir registros y, también, tienen que haber preguntas y un interés de la sociedad en relación a ese pasado. Me da la sensación de que nuestras sociedades están mucho más volcadas al presente que al pasado. Eso es la historia. Es decir, la historia no es simplemente una colección de hechos del pasado, sino es un estudio que se hace desde el presente con preguntas que nos formulamos en el presente.



