En Confesiones de un chef: Aventuras en el trasfondo de la cocina (2000, Salamandra), Anthony Bourdain afirma que la cocina básica es una virtud esencial que debería enseñarse a todos, además de subrayar que la buena comida es con frecuencia —o casi siempre— la más sencilla. En Ratatouille (2007) de Brad Bird, el temible crítico Anton Ego tiene un flashback directo a su infancia cuando prueba el platillo que lo reconfortaba en los momentos de juego y familia; Paul Cézanne pinta una de sus últimas obras, Manzanas y naranjas (1899), como un homenaje a la belleza del color y sabor de las frutas, que resaltan sobre el blanco de un mantel. Stanley Tucci en su Sabor. Mi vida a través de la comida (2023, Neo Person) describe el poder de la comida para evocar recuerdos y transportar a otros lugares; cocinar como un acto de amor, transmitir sentimientos y emociones mediante un platillo casero.
En El sazón en los recuerdos (2026 – Mind Memoria Indeleble), la gastronomía se convierte en patrimonio emocional, mostrando que cada manjar puede llevar una historia de vida y que evocar recuerdos, sanar heridas o acompañar celebraciones son solo algunas de las muchas virtudes de la cocina. Trece autoras/es abordan el tema desde diferentes frentes y estilos: crónica de viaje, memorias autobiográficas, reflexiones familiares y culturales. Una antología que emerge como un recetario emocional singular, con espacio incluso para la primera persona, donde un pastel azteca se dirige directamente al lector; o bien, en la jocosa y sincera incorporación de frases como: “Yo no puedo con las dietas, soy hija del maíz”.
Mole, almendrado, mollejas, tamales y chiles en nogada. En los trece relatos que componen la obra, los recuerdos de cocinas humeantes, restaurantes que ya no existen, sabores explosivos de especias y herencias culinarias, hilvanan un compendio literario que invita a evocar en el lector todas aquellas experiencias familiares alrededor de una mesa.
Mind (Memoria Indeleble), la editorial especializada en libros conmemorativos para empresas, gobiernos, asociaciones y personas, presenta en El sazón en los recuerdos la segunda entrega de la Colección Memoria. Orlando Betancourt Escalante, uno de los editores del proyecto, explica cómo nació la idea de amalgamar evocaciones y alimentos:
Quizá porque el comedor es una especie de gimnasio de la memoria. Allí donde se gozan las memorias compartidas, el espacio vital donde los padres nos van contando, entre ollas y platos, entre café y pan de dulce, las historias de la familia, de sus aventuras, de la tierra de los abuelos. Nuestra mente va creando las imágenes que terminan por conformarnos como personas.
O quizá porque, en nuestro andar cotidiano, la memoria se activa furtivamente con el olor proveniente de una panadería, de una fonda o de una taquería. “Ese olor me recuerda a…”. “Ahh, este platillo lo probé en mi viaje a…”.
O quizá porque existimos con nuestras memorias a cuestas y ellas y nosotros somos lo mismo.

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Aunque cada autor tiene una voz y estilo distintos, El sazón en los recuerdos mantiene una notable unidad. ¿Qué criterios siguieron para seleccionar los textos?
Como editores propusimos el motor de búsqueda de los sabores, de los alimentos. El pretexto para desentrañar de algún rincón de la mente o del corazón de las y los autores el recuerdo sensible, postergado, íntimo.
Las evocaciones van de la desgracia a la nostalgia; del agradecimiento a la perplejidad de un viaje; del amor materno a la pérdida de un bien. Buscamos, ante todo, un equilibrio en el mosaico de sentimientos.
En una época donde la gastronomía suele abordarse desde la espectacularidad o las redes sociales, ¿qué aporta una antología que pone el énfasis en reminiscencias e historias personales?
Creemos que la aportación de esta antología se centra en el sereno privilegio de recordar por escrito un pasaje de nuestras vidas.
La memoria es decreciente, evanescente, además de selectiva. ¿Cómo asir para siempre una remembranza? ¿Cómo plasmar la sensibilidad de un recuerdo que hemos guardado en nuestro interior por años?
Esta Colección de historias es eso: un repositorio de evocaciones personales que generosamente son compartidas por las y los autores.
¿Hubo algún texto que, como editores, los conmoviera especialmente o modificara su propia relación con los recuerdos asociados a la comida?
Es que todas las remembranzas antologadas tienen su propio encanto. Desde el joven que compara la cultura gastronómica oriental con su propia formación chilanga, hasta el escritor nostálgico de las dilectas cantinas botaneras. Desde un hecho falaz como lo es un secuestro, hasta el valor que demuestra la hija del maíz para mandar a paseo las recomendaciones nutricionales de los expertos, o ese texto casi casi fundacional de la memoria colectiva mexicana que nos regala en propia voz el pastel azteca.
¿Qué esperan que ocurra cuando el lector cierre el libro: que recuerde un platillo, una persona o una parte de su propia historia?
Las historias, los testimonios, intentan recuperar las memorias para que no se borren por completo, para que algo del pasado sea transmitido al presente y al futuro. Es el rasgo más sobresaliente de este esfuerzo editorial.
En el momento en que al lector o lectora, al término de cualquiera de las historias, le venga a la mente un recuerdo similar, una evocación de la cocina de la casa de sus padres, o de las papillas que les preparaba a sus bebés, en ese momento la antología habrá cumplido su cometido: retrotraer un recuerdo a quien nos lee.
Después de La música en los recuerdos y El sazón en los recuerdos, ¿qué otro elemento de la experiencia humana les gustaría explorar en futuras entregas de la Colección Memoria?
Concebida como una colección, nos hemos propuesto ensamblar las memorias de las personas con las experiencias remotas provocadas por otros motores de búsqueda como el cine y la literatura, o como fragancias, sabores, viajes, momentos felices o dolorosos. Hay que darle su tiempo a cada volumen.
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Como en cualquier compilación, algunas narraciones son más sólidas que otras y la diversidad de estilos provoca inevitables altibajos. Pero El sazón en los recuerdos alcanza sus momentos más brillantes en los relatos de Silvia Orozco Cortéz, Juan Pablo Jorrín, Rocío López Jiménez, Saúl Araujo Arellano y Myriam Penna López, donde historia y cocina se fusionan en la construcción del pasado colectivo, con nostalgia y determinación ante situaciones complejas, en las que la comida socorre como bálsamo culinario. Con su prosa sencilla pero certera, la antología no solo relata experiencias personales, sino que despierta remembranzas compartidas, convirtiéndose en una lectura cálida y profundamente humana.

