No somos conscientes de lo difícil que es perderse hoy en día. Casi tanto como en su momento era no perderse.
Física de la tristeza; Gueorgui Gospodínov.
Quizá mi centro no se encuentre en el centro. Y eso podría explicar algunas cosas. Muchas, de hecho.
Debería empezar por el principio, supongo. El croquis con el que inicié era muy sencillo. Como si a Niemeyer le hubieran encargado el proyecto maestro de mi futuro. Supongo que entonces lo que denomino – o a lo que la gente conoce como centro – se localizaba justo ahí, en la parte medular del ser o estar. Era sencillo acceder a él. Recibir una indicación y localizarlo. No había pierde.
Los años no transcurren a la misma velocidad siempre y la expansión de la mancha urbana le ha ganado a la previsión. Un día usas zapatos negros de goma para tu educación “básica” y al otro buscas leche sin lactosa para tus cincuenta y cinco rulos.
Empiezan a aparecer nuevas urbanizaciones y los asentamientos irregulares. Cosas que no estaban en el croquis que se entregó para hacer esos renders de lo que “un día se convertirá”. A la fecha no sé qué día. Seguramente un lunes cualquiera. Con los años, la intersección de la X y la Y se fue desplazando del sitio original. Así que cada vez que me desplazo en la búsqueda de ese centro encuentro nuevos barrios, calles que cambiaron de (mi) sentido y algunas avenidas que recién se estrenaron. Unas bien iluminadas y con el pavimento en óptimas condiciones y otras rutas que se ven en ruinas, llenas de baches y sin señalización alguna que llegan incluso a los suburbios, esos lugares que se incorporarán a la cartografía de la memoria.
Llega el momento de preguntar por indicaciones para no perderme. Al perderme encuentro. O me encuentro.
—“Siga derecho”.
Igual me estoy desviando.
Igual así empiezan las búsquedas. Todas las búsquedas.

