Wat Ta Nam Pa, Mae Hong Son, 12:45pm. Abrumada por el calor y el diminuto espacio para estirar las piernas en aquella van, acompañada de un cólico que se intensificaba por minuto, supe que el camino ya había comenzado. Se fue tejiendo desde antes de llegar a la estación de autobuses en Chiang Mai por la mañana; tal vez fue, incluso, desde mucho antes de aterrizar en Bangkok semanas atrás.
La bienvenida al monasterio budista fue muy cálida, el espacio para dormir incluso un privilegio y el entorno, insuperable: a pie de la montaña con un silencio total adornado con un concierto de insectos, viento y agua del río. Así comenzó mi primer encuentro con el budismo y la práctica Theravada en el norte de Tailandia.
El principio de este lugar -y de la vida misma, diría yo- es que, para recibir, hay que hacer. Hacer en todas sus interpretaciones. El llamado comienza a las 4:30am con la primera meditación del día, seguida de entrar como refuerzo en la cocina -he de confesar que no soy buena chef, pero poseo habilidades exquisitas para pelar verduras a las 5am-. A las 6:30am se ofrenda arroz a los monjes y, a eso de las 7am, se ofrece el desayuno a todos los visitantes. Luego, hacemos meditación caminando en el bosque, guiada por los monjes, quienes caminan a paso moderado y con semblante siempre amigable. A las 10:30am comienza una ceremonia de ofrenda de alimentos y agradecimiento para dar paso, a las 11am, a la última comida del día para todos. El resto del día se acompaña de intervalos de meditación, enseñanzas, caminatas, labores de preservación del monasterio y cánticos. La jornada termina a las 8pm.
Habito la noche postrada en mi pequeña cabaña, tratando de acomodarme a la incomodidad de las picaduras de insectos, y quitándole atención a mi espalda, que refunfuña enfadada por la dureza del piso. Cuando el ruido externo se apaga y sólo existe este momento, me irradia una paz desconocida después de tantos años turbulentos. Me estiro y me recuesto para disfrutar del musical orquestado por insectos nocturnos, con notas de agua de río temporizando, antes de hundirme en lo más profundo de mis sueños, estimulados por una serie de imágenes, recuerdos y fantasías insospechadas. El reloj análogo que me invita a despertarme cada mañana, marca el ritmo del concierto.
Mi danza con la espiritualidad comenzó hace varios años en distintas formas; pero fue medio de una tormenta catastrófica que busqué asilo en la meditación. No era la primera vez que escuchaba que la fuente de la verdad habita siempre en nuestra propia mente y corazón. Sólo era cuestión de aprender a escuchar, abrazar y honrar a tu voz interna. El silencio te aclara la mente, la visión y el alma.
La enseñanza del budismo nos habla principalmente de la liberación del ser del sufrimiento, mediante el desapego al deseo constante -de ser, de estar, de hacer-. La existencia, según el budismo, se rige por tres principios: impermanencia, insatisfacción -ante la falta de aceptación del cambio constante-, y la ausencia de un yo -ante el cambio, no existe un yo permanente-. Es así como el desapego toma un rol protagónico que nos permite convertirnos en espectadores de nuestra carencia, pensamientos y emociones -algunos más oscuros, otros más luminosos-, observarlos y dejarlos pasar. Se lee más sencillo de lo que representa en la cotidianidad, pero en la práctica implica una consciencia siempre alerta y activa. Bud –inhala- y Dho -exhala- para calmar la mente y tener perspectiva.
Aquello era más que un simple ejercicio de meditación acompañado de teoría de campo; aquello tenía el poder de incitar algo más profundo en el espíritu del practicante. Terminado el día 7, me despido con la mirada de mis compañeros de viaje. De vuelta en mi cabaña, me dispongo a disfrutar del último concierto nocturno. La incomodidad se había marchado sin darme cuenta. La montaña me observa menos imponente y mucho más amorosa que al principio. El reloj marca las 8:30pm y comienza a marcar el ritmo. El silencio también es una nota musical que forma parte de la partitura de esta bella melodía llamada vida.

