“Ahí, justo enfrente, en la colina rodeada de pinos, detrás de la ciudad, bajo la sombra del Kangchenjunga, donde brilla el tejado como si fuese oro cuando le tocan los rayos de sol. Es el edificio de dos pisos y con grandes ventanales, el que está envuelto por banderas de oración azules, rojas, amarillas, verdes, blancas. Ahí, frente a tus ojos.” Las múltiples y poéticas maneras en que Samy Dorjee describe al antiguo palacio real de Sikkim, sobre una modesta colina en las afueras de Gangtok, la capital del antiguo reino budista del Himalaya, hoy cerrado al público y en manos del ejército indio, le devuelven cierto lustro al otrora hogar de los Chogyal, nombre con el que se designaba a los monarcas que gobernaron sobre estas impenetrables montañas desde fundado el reino de Sikkim en 1642 hasta 1975, cuando el otrora país independiente fue incorporado de manera un tanto debatible al territorio de la India.

Con alrededor de 500 mil habitantes, 7 mil kilómetros cuadrados y un territorio que de norte a sur abarca tan solo 116 kilómetros y de este a oeste 65 kilómetros, Sikkim es una pequeña gota de tierra en el mapa del Himalaya oriental. Estratégicamente situado entre la meseta del Tíbet, al norte, el reino de Bután, al este, y Nepal, al oeste, Sikkim encierra en su sinuosa orografía milenarios monasterios budistas que siguen la escuela tibetana, aldeas remotas donde los campesinos crían yaks y cultivan arbustos y hierbas medicinales, la tercera montaña más alta del mundo, lagos glaciales, terrazas de arroz y té, importantes bibliotecas y facultades de filosofía religiosa, entretenidos karaokes y bares de música en vivo en la que bien podría ser la capital más diminuta del mundo, vibrantes mercados nocturnos de frutas y verduras, y un parque nacional donde puede observarse, si uno tiene paciencia, tiempo y, sobre todo, fe, al esquivo panda rojo (Ailurus fulgens), el animal nacional de Sikkim, en grave peligro de extinción, cuyo el número total de ejemplares en libertad oscila entre 2,500 y 10 mil, solamente, de acuerdo con especialistas.
Llegar hasta las puertas de Sikkim no es tarea sencilla. Demanda un alto grado de temple carretero, un umbral elevado para los trámites burocráticos y administrativos, tolerancia a las alturas, inquietud innata, sentido de aventura y un gusto por la historia. Debido a su agreste geografía el antiguo reino no cuenta con aeropuertos, las diferencias de altitud y los pocos espacios planos, además de su sensible posición geoestratégica, entre China y la India, han hecho imposible, hasta la fecha, concretar un aeropuerto en su territorio. Tampoco cuenta con acceso a la basta red ferroviaria india, que fuera de Sikkim, conecta de forma sorpresivamente eficaz al resto del subcontinente. La única forma que existe de llegar hasta este rincón del Himalaya oriental es en auto, o a pie. En mi caso, elegí la primera de las vías, no necesariamente la más rápida ni sencilla, recorrer los 120 kilómetros que separan Sikkim del aeropuerto indio más cercano en la localidad de Bagdogra nos llevó casi doce horas, pero sí la más práctica para quienes tienen, como fue en mi caso, el tiempo medido. Quienes viajan sin la presión de los calendarios, el trabajo o los compromisos, además de tener práctica en la conquista de cimas, como corresponde a todo visitante a Sikkim, deben sin pensárselo optar por la opción de a pie, que en este caso es de escalada, a través de la montaña. La mejor de las rutas, desde Nepal, atravesando el Parque Nacional homónimo, que rodea al Kangchenjunga, la montaña sagrada de los sikkimeses, que con sus 8, 586 metros sobre el nivel del mar es la tercera más alta del mundo, tan solo detrás del Everest y del K2. Sea cual fuere la ruta elegida es importante tener todos los papeles en regla, en particular el permiso especial que requieren las autoridades indias para internarse en Sikkim, un territorio hasta en el que hace algunos años los extranjeros tenían expresamente prohibido internarse, por las continuas tensiones entre Pekín y Nueva Delhi, de las que el antiguo reino budista sigue siendo presa.

“Fue más bien una toma de control, al estilo de cómo China se apoderó del Tíbet, que la firma y aprobación de un tratado por parte de Sikkim para ceder voluntariamente su soberanía a la India”, explica Samy sobre la manera en que hace 51 años Nueva Delhi tomó control de Sikkim, en un ejercicio del entonces gobierno de Indira Gandhi por mostrar su poderío militar y apetito territorial frente a una China que se preparaba para un mundo sin Mao Zedong. “Mi abuelo trabajó en el palacio real, directamente para el rey, él vivió de cerca todo aquello y él fue quien me lo contó a mí”, se jacta el quincuagenario en retiro quien en sus años mozos se dedicó a la lucha libre profesional y ahora canta de manera amateur en algunos de los muchos bares karaoke que pueblan la calle principal del centro de Gangtok, conocida como MG Marg. “Si nos encontramos con el príncipe heredero, te lo presento y te puedes tomar una foto con él. Ahora se ha jubilado y regresó a vivir a Sikkim, pero durante muchos años fue un exitoso financiero que trabajó en los principales bancos de Nueva York y Londres”, agrega orgulloso Samy antes de continuar explicando su versión familiar de los hechos acaecidos hace medio siglo en su país y que cambiaron para siempre la historia de Sikkim.
En su libro Sikkim, Réquiem por un reino himalaya, el autor escocés Andrew Duff describe con precisión quirúrgica el contexto político y social prevaleciente durante aquellos años de Guerra Fría en los que Nueva Delhi reivindicó su soberanía sobre Sikkim frente a presuntas amenazas de invasión del reino budista por parte de Pekín. A partir de numerosos testimonios de muchos de los protagonistas de aquel capítulo de la historia sikkimesa, Duff dibuja los esfuerzos de Thondup Namgyal, el último Chogyal, por hacer de su país un reino independiente y con voz firme en un mundo cada vez más polarizado, antes de terminar exiliado en Nueva York, donde murió de cáncer en 1982, tras la toma de poder india en su país. Ha pasado más de medio siglo de aquel cambio en los destinos de Sikkim, aunque las cicatrices persisten.

Las banderas sikkimesas, aunque discretas, casi escondidas, pueden verse en tiendas, coches y casas particulares, mientras que los orgullosos sikkimeses, aprovechan la menor ocasión para diferenciarse de los indios, desde su afición al fútbol, en oposición al cricket de aquellos, hasta su confesión budista, que no hindú ni mahometana. Recorrer sus milenarios monasterios de tradición tibetana, de Enchey y Rumtek en la capital, a Pemayangtse y Tashding, a los pies del Kangchenjunga, al oeste del país; pergrinar hasta sus lagos glaciales en las lindes con Bután o el Tíbet; perderse en el laberinto de olores, colores, sabores y sonidos del mercado dominical de Gangtok; o adentrarse en el valioso acervo de la biblioteca del Instituto Namgyal de Tibetología son solo algunas de las muchas formas en que puede visitarse Sikkim. Llegar hasta sus puertas es la mitad del camino, la otra radica en conocer su historia, compartirla y divulgarla. ¡Felices aventuras, viajeros!

