En su ya clásica colección de voces rumbo a los Premios Oscar, la redacción purgante reflexiona sobre algunas de las cintas mejor valoradas por la Academia.
Hamnet; Chloe Zhao
Durante el rodaje de Hamnet (2025), la fotógrafa de stills Ágata Grzybowska capturó la imagen del reverso de un telón pintado del escenario, encontrando de manera inesperada la textura que diferenciaría el umbral entre el mundo de los vivos y los muertos. Uno de esos agradables accidentes que el director de fotografía, el polaco Łukasz Żal (genio detrás de The Zone of Interest (2023) de Jonathan Glazer, Ida (2013) y Cold war (2018) de Paweł Pawlikowski), incorporó a la atmósfera onírica del filme, buscando atrapar espíritus y elementos no vistos que circundan a los personajes. En esta desoladora historia sobre el dolor y la locura que deja la muerte de un hijo, William (Paul Mescal) y Agnes (Jessie Buckley) tienen conexiones fuertemente establecidas con el arte y la naturaleza, mismas que los salvarán del abismo. Mientras Shakespeare cataliza su aflicción creando la monumental tragedia Hamlet (1603), Agnes vive su pena deambulando incansable, resistiendo el quiebre emocional, avanzando entre ramas y hojas, hasta encontrarse de frente con ese hermoso bosque en el decorado del Teatro Globe; ahí comprenderá que la esperanza es vivir sin culpa, aceptando la muerte como algo natural en la condición humana. Hamnet no adapta solamente la novela de Maggie O’Farrell; adapta una ausencia, la aflicción de extrañar y vivir en constante pérdida. La cineasta Chloé Zhao despliega su notable estilo, naturalista e íntimo, escudriñando en los verdes y ocres para revelar la realidad emocional de sus protagonistas, con una estética que remite a las obras de Sebastian Vrancx y John Everett Millais, una fusión que la directora china ha denominado “impresionismo abstracto”. Con 8 nominaciones a los Premios Oscar 2026, incluyendo Mejor Película, Dirección, Mejor Actriz y Mejor Guion Adaptado, Hamnet resulta una poderosa experiencia cinematográfica que dialoga con la literatura y el teatro en reposado ritmo, hilvanando encuadres que se detienen en detalles sencillos (una lágrima, el musgo, el rojo de la tela, las raíces de un árbol), pero que transmiten sensaciones sólidas, dejando una estela de fulgor capaz de curar el alma. Las grandes cineastas regresan siempre a los temas que les preocupan y para Chloé Zhao la resiliencia del ser humano y su vínculo con la tierra es lo primordial: si en The Rider (2017) fue superarse y avanzar, en Nomadland (2020) era la introspección y búsqueda de libertad; incluso en la inesperada Eternals (2021), el sacrificio y la naturaleza están presentes, engrosando una filmografía que tiene en Hamnet su punto más alto. Esos últimos 20 minutos (primero el desconcierto, luego la resignación, después la gloria) forjan una de las secuencias más hermosas y entrañables de los últimos años, delineando una súbita arquitectura emocional por medio del color, las texturas y los ojos de Jessie Buckley.
El agente secreto; Kleber Mendonça Filho
Hay pruebas y cero dudas de que esta película transpira cine mexicano, específicamente el de Chano Urueta, abuelo biológico de Blue Demon Jr. A lo largo de la secuencia de la pierna vengadora podemos escuchar un tema musical que nos resulta familiar a quienes crecimos viendo por televisión abierta un filme como El espejo de la bruja, del que Kleber Mendonça Filho extrae un fragmento del score original compuesto por Gustavo César Carrión para incluirlo en su obra con el correspondiente pago de derechos. De lo que no hay pruebas y sí dudas, tiene que ver con Macabra, la mano del diablo (Alfredo Zacarías, 1981), título que posiblemente influyó en dotar de un aguerrido espíritu vengativo a la extremidad. Podemos suponer que sí, considerando que el realizador brasileño es un cinéfilo de amplio radar visual y emocional, rasgo que evidenció con anterioridad en su documental Retratos fantasmas y que reafirma en El agente secreto. En esta última lo hace con referencias matizadas por el abuelo Alexandre (Carlos Francisco), proyeccionista del Cinema São Luiz; Tiburón (Steven Spielberg, 1975), La profecía (Richard Donner, 1976) y King Kong (John Guillermin, 1976) son las ficciones que distraen y aterran al público de Recife durante el periodo de la dictadura brasileña en la década de los setenta. Pero la cinefilia de Mendonça Filho no se asoma únicamente en los blockbusters mencionados. ¡Está plasmada en toda la película! Por un lado, lo vemos y olemos con la fusión de géneros y subgéneros que logra compaginar muy bien para contarnos lo que, a final de cuentas, es un thriller político: thriller, neo-noir, terror, body horror, comedia, comedia negra. Por el otro, se aprecia el trabajo artesanal en la confección de su historia, que nos remite a Paul Schrader, Brian de Palma, Jean-Pierre Melville y William Friedkin. De inicio a fin, El agente secreto es un recorrido lleno de cine en el estricto sentido de la palabra. Un recorrido que, entre flashbacks y flashforwards, nos cuenta lo que pasa con Marcelo (Wagner Moura), un hombre que escapa de un pasado turbulento para reencontrarse con su pequeño hijo, Fernando, sin imaginar que es buscado por matones contratados por un oscuro personaje que quiere eliminarlo. Sin embargo, tal como lo verán o ya lo vieron, esa premisa se fragmenta en subtramas que bien merecen su exploración y conversación, pero que no caben en este breve texto. No menos importante es el final, un cierre que redondea el cariño del realizador por el séptimo arte, obsequiándole al espectador la dichosa oportunidad de interpretar el colofón. Si bien vi la película dos veces antes de escribir lo que ustedes amablemente leen, me quedo con la primera impresión, esa que me acompañó de camino a casa al salir de la sala: Fernando es el propio Kleber Mendonça Filho. Es el cine un refugio para resguardar la memoria y contarla, para preservar a tu gente y su tiempo, para retornar al origen de los contextos que nos forjaron. Bajo este entendido, el señor Kleber trae al presente a aquel niño que fue y quiso o necesitó compartir las pesadillas causadas por Tiburón, esos sueños terribles que coincidieron con el horror cotidiano de la realidad que se respiraba en el aire de Recife por culpa de la dictadura.
Sentimental Value; Joachim Trier
En psicología, específicamente en la labor psicoterapéutica, existe una herramienta llamada familiograma, la cual es una descripción gráfica de los integrantes de la familia en relación con el paciente por medio de una simbología determinada. A través del también llamado genograma podemos mapear antecedentes hereditarios patológicos, así como indagar en factores culturales y socioeconómicos que han determinado el contexto en el que el paciente ha vivido y, lo atendible en esta ocasión, las actitudes familiares hacia circunstancias como el trabajo o la educación además de eventos significativos como muertes, accidentes, eventos traumáticos, enfermedades e incluso domicilios. En resumen, es una herramienta cuyo propósito no es la justificación, la desacreditación o la indulgencia, sino el entendimiento. Todo esto es Sentimental Value, el drama noruego de Joachim Trier que examina las ramificaciones del árbol genealógico de la familia Borg, ampliando el panorama de un conflicto padre-hija que brota en el presente, pero cuyas raíces se remontan hasta varias décadas atrás. Por medio de esta representación es como nosotros no sólo podemos entender muchos porqués sobre los conflictos individuales e interpersonales de los personajes, sino también permitirnos voltear a ver nuestros propios familiogramas con compasión. Si se hablara de un paciente sería Nora, personaje que le ha dado la nominación a Mejor Actriz a Renate Reinsve y en quien Trier ha encontrado a su mejor traductora escénica. Reinsve ha probado una y otra vez que entiende de manera precisa el manejo de las emociones por medio de su mejor herramienta: esa habilidad para la contención del conflicto que sublima finamente a través de su poderosa mirada sin la necesidad de convertirse en una pirotecnia —como la Stone, por ejemplo—. Las raíces más rotas de su genealogía llevan hacia su padre, el director de cine Gustav Borg (Stellan Skarsgård, en la que parece la estatuilla segura para la película) como este guiño metafílmico que coloca al artista dentro de la conversación no para juzgarlo ni para excusarlo, sino para comprender sus propias heridas que se han vuelto extensivas hacia sus hijas (Reinsve y la no menos dolorosa Inga Ibsdotter Lilleaas). Algunos profesionales de la salud consideran al familiograma una herramienta obsoleta y prescindible, habrá quien piense algo similar de esta película, pero la familia es un trauma universal que nunca va a ‘‘pasar de moda’’ porque, así como la casa de los Borg, por más grietas que tenga y pintura nueva, siempre seguirá en pie.
Sinners; Ryan Coogler
Hay una escena en Sinners que resume su ambición: el juke joint iluminado por lámparas de queroseno, el sudor brillando en la frente de Smoke mientras Stack observa desde el fondo, idéntico y distinto al mismo tiempo. Michael B. Jordan interpreta a los gemelos con un trabajo físico minucioso; no es un truco digital lo que los separa, sino la postura, la mirada, el modo en que cada uno ocupa el espacio. Esa precisión sostiene la película. Ryan Coogler, entiende que el horror puede ser histórico, político y profundamente emocional. Ambientada en el Mississippi de 1932, la historia mezcla blues, violencia racial y vampirismo sin convertir a los monstruos en caricatura ni en homenaje a Nosferatu. No hay orejas puntiagudas ni expresionismo gótico, sino una amenaza que se infiltra en la noche húmeda del sur, casi como una extensión de la opresión ya existente. La secuencia del ataque en el local —filmada con un montaje que alterna música y horror— es escalofriante no por el susto fácil, sino por la sensación de destino ineludible. Han pasado 35 años desde que una película de terror recibió nominaciones de esta magnitud (The Silence of the Lambs es una película de terror, no se engañen). Que Sinners esté en el centro de la conversación rumbo al Oscar 2026 no es capricho: es reconocimiento a una obra que combina tradición y riesgo formal. Parte del rechazo a tantas candidaturas se disfraza de escepticismo crítico, pero a veces asoma algo más incómodo: un racismo casual que minimiza una historia afroamericana contada sin concesiones. Sinners no es irreprochable, de hecho puede ser hasta excesiva (sí, ya saben a qué escena me refiero), pero su ambición es ostensible y su impacto, difícil de negar. Y eso es preferible siempre sobre la complacencia, por muy bonita que sea.
Fue solo un accidente; Jafar Panahi
Hay un dilema lo suficientemente poderoso como para mantener la genialidad de inicio a fin en Fue solo un accidente, la más reciente obra de Jafar Panahi, que profundiza como una máxima inobjetable que la justicia se debe anteponer a cualquier otra cosa. En lo que sin duda es una road movie ―y es que hay una curiosa fascinación del cine iraní para las escenas dentro de autos, seguramente debido a la enorme influencia de Abbas Kiarostami (el director iraní más importante de la historia) y su gusto por poner la cámara sobre ruedas y crear una ya tradición local por esta costumbre―, los personajes que se reúnen a través de los distintos pasajes son movidos por la venganza, aunque conforme avanzamos en la trama pareciera que se les antepusiera una excusa tras otra para no perpetuarla, y es ahí donde surge una profunda reflexión sobre la justicia. Durante más de diez años, Panahi ha sido víctima del abuso del régimen iraní y, como sucede prácticamente con toda su filmografía, Fue solo un accidente deviene en un eco de protesta ante tales hechos. La película, llena de simbolismos históricos y de la propia vida y carrera del director, acusa y desnuda que en su país la búsqueda de cualquier clase de justicia es una quimera. Radica así, y sobre todo en el personaje principal Vahid (interpretado por Vahid Mobasseri), la personificación del humano que, ante todo pronóstico, debe buscar hacer lo correcto en todas y cada una de sus acciones. Con un final de potente desasosiego frente a la certeza de que las cosas no cambiarán (y que me ha recordado mucho cierre de Holy Spider, de Ali Abbasi), el mensaje de Jafar Panahi es de claroscuros: pareciera ser una advertencia de lo definitivo del mal, pero también alumbramiento de que la dignidad humana puede representarse de muchas maneras.
Marty Supreme; Josh Safdie
La rebeldía con la que Josh Safdie nos cuenta la historia de Marty Mauser funciona como una metáfora para criticar a la sociedad norteamericana de los cincuenta (y por qué no, también a la de ahora). Esto queda claro desde el momento en que hace su aparición Milton Rockwell, un empresario sin escrúpulos interpretado magistralmente por Kevin O’Leary. Sin embargo, la denuncia del triunfo como una manzana envenenada no termina ahí, ya que el tenis de mesa se convertirá en el eje mediante el cual veremos la condición trágica y absurda que implica la búsqueda del éxito a toda costa. No por nada este film es un escenario donde las actuaciones de Timothée Chalamet, Odessa A’Zion, Tyler the Creator y Luke Manley eclosionan continuamente, mostrándonos así la leyenda de un jugador de ping pong que estafa, miente y, a la par, se subleva contra las imposiciones morales, económicas y políticas que lo han llevado a ser de esa manera. Por último, la fotografía de Darius Khondji es magnífica, ya que mantiene el estilo inconfundible de Uncut Gems, lo mismo que la textura realista que tanto le agrada a Bong Jon-ho. Y aunque la banda sonora es un acierto en toda la extensión de la palabra, me quedo con la actuación de Fran Drescher, por mínima que sea, y la aparición sutil de Abel Ferrara.
Sirat; Oliver Laxe
Sirat, nominada al Oscar como Mejor Película Internacional y Mejor Sonido, supone una de las experiencias más estimulantes del año en salas de cine. El mérito a nivel factura del director franco-gallego Oliver Laxe es inapelable, aunque su controvertida aproximación —o invisibilización, mejor dicho— en torno al conflicto en el Sahara Occidental, esa porción de tierra situada entre el desierto del Sahara y la orilla del Océano Atlántico que Marruecos ocupa militar e ilegalmente desde 1975, no se puede disociar de la propuesta estética y sonora de una película ampliamente venerada en festivales. Un rave en medio de las montañas del sur de Marruecos, en el territorio que colinda con el Sahara Occidental y no con Mauritania como sugiere la historia postapocalíptica de Laxe, se convierte en el escenario de una búsqueda frenética y agotadora a cargo de un hombre y su hijo, con la ayuda de un grupo de nómadas paria. El trance que propone Laxe es inolvidable, apabullante y brutal, pero su ingenuidad —o blanqueamiento neocolonial deliberado— hace que la obra no termine de encajar como película antisistema, pese a su notable esfuerzo por construir un universo marginal y nihilista. El efectismo que le achacan sus detractores no debería sustentarse en las altas cuotas de pirotecnia empleadas en destrozar emocionalmente al espectador, sino en el hecho de eludir la oportunidad de denunciar la condición de campo minado del territorio saharaui.
Little Amélie; Maïlys Vallade y Liane-Cho Han
¿Qué es lo que se añora de la infancia? ¿Cómo se aprende a habitar el mundo? ¿Qué es lo que se recuerda? Amélie es una niña belga-japonesa que vive con sus padres y sus hermanos. Como una niña de su edad, mira todo a su alrededor con curiosidad y gran agudeza. Su abuela la nombra como ‘superdotada’ al escuchar su gran expresión oral a tan corta edad y es gracias a su gran capacidad verbal que pronto atiborra con preguntas a su familia; los porqués inevitables ante el entorno y la vida no se hacen esperar. Amélie se concibe como Dios, porqué en ella habitan todas las posibilidades; el todo y la nada: la vida y la muerte. Pronto Amélie se vuelve muy cercana a Nishio-san, su niñera. Nishio la entiende y ayuda a interpretar su alrededor, hasta que los choques culturales se convierten en un “impedimento” para seguir forjando ese vínculo. Little Amélie zarpa hacia aguas calmas tanto agitadas —casi mortales— en las que no deja de asombrarse ni interrogar en los sitios más recónditos de su afuera, de entender los secretos y peleas causadas por duelos generacionales no sanados. Asimismo, dilucida en la valía por empatizar con las experiencias de las infancias, dejar el adultocentrismo de lado y abrirse a oportunidad de volver a cuestionar y maravillarse por el mundo como cuando se fue niño/a alguna vez.









