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Fiume, la sala de máquinas del fascismo

¿Cómo llegamos al fanatismo? Debe de haber un limbo anterior, una ausencia de convicciones antes de que el mensaje nos vaya calando.

Fiume; Fernando Clemot

Como buen escritor periférico, Fernando Clemot (Barcelona, 1970) renunció al regodeo intelectual de los cafés literarios de Trieste para ambientar su más reciente novela setenta y ocho kilómetros hacia el este, en el Estado Libre de Fiume, hoy convertido en la ciudad croata de Rijeka a la luz del mar Adriático.

La leyenda del poeta, dramaturgo, aviador y militar italiano Gabriele D’Annunzio, personaje contradictorio y poliédrico donde los haya, le permitió a Clemot abordar el fascismo desde sus orígenes. Esto lo obligó a asumirlo, primero, como un movimiento ideológico complejo, soportado por una formulación teórica que trascendió a las arengas de Julio César y la personalidad arrolladora de Napoleón Bonaparte, pero, sobre todo, que precedió a los totalitarismos instaurados por Benito Mussolini en Italia y Adolf Hitler en Alemania.

El protagonista Tristam Vedder, corresponsal del New York Tribune, un hombre paralizado por el dolor y salpicado de ideología, es el instrumento del que se vale el autor para balancearse entre el pasado y el presente. Precisamente aquí es donde la novela se posa en dos espacios temporales: la ocupación de Fiume por parte de D’Annunzio y sus milicianos y el regreso de Vedder a Italia varios años después.

El escritor barcelonés se toma el tiempo suficiente para desvelar las razones detrás del éxito de la tiranía impuesta por el Vate, probablemente el literato más reverenciado de los primeros años del siglo XX: adaptar la cultura de las masas a los nuevos tiempos y convertir la dictadura en un discurso atractivo para los propios subyugados, buscando «que la multitud adorara sus cadenas». Nada de esto hubiese sido posible sin una puesta en escena teatral y delirante, una ópera barroca protagonizada por un personaje alejado del pragmatismo conciliador del animal político. Se trata, más bien, de un redentor. Alguien efectista. Un histrión que maneja los hilos desde un balcón ampuloso.

En paralelo, la vuelta de Vedder deviene en una situación traumática, tanto por la cicatriz de Fiume como por el hecho de ser el país donde murió su hijo menor durante la Segunda Guerra Mundial. En este punto Clemot nos regala una serie de postales de viaje enfebrecidas, capaces de conmover y reconciliarnos con la concepción de Italia como ese territorio fértil para la creación artística, heredero de la gran tradición cultural de los países meridionales y mediterráneos. Pero también la radiografía de un hombre hastiado, anclado a sus recuerdos, que carga con el peso de una familia fragmentada en la que ya no se reconoce en absoluto.

Durante el relato se percibe, además, una crítica velada a la fragilidad de la democracia y su burbuja de falsa bonanza, condensada en una idea que reverbera con violencia: «En la gangrena de la democracia de principios de siglo se retorcía ya la larva del autoritarismo». Por eso la apuesta del autor por el periodista americano como narrador fue un acierto rotundo. Tristam Vedder es un forastero que proviene del paradigma de democracia liberal occidental, precisamente lo que buscaba combatir el fascismo.

Hacia el final de la novela, Fernando Clemot reflexiona sobre la contradicción que reside en el hecho de conferirle una virtud épica a los conquistadores, enalteciendo, por ejemplo, la arquitectura de un antiguo campo de exterminio, y condenar al unísono las tiranías contemporáneas, concediendo que «el tiempo desagua la sangre». Si nos detenemos en ello, existe una conclusión evidente: «el crimen y el genocidio lejano es historia y el cercano es pura infamia».

De modo que Fiume es un ejercicio de ficción histórica, pero podría ser otra cosa: la venganza de la memoria, una escenografía emocional en perpetua decadencia o el atisbo de un pasado vulgar que tuvo una sola virtud: haberse insinuado glorioso.

Por Ricardo López Si

Periodista, viajero y escritor.

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