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Hexen

No fue tan largo el trayecto, fue hermoso, sí, pero también terrible. Es lo que las Hexen cobran por aceptar a una más.

Si lo pensamos, no fue tan largo el trayecto hasta aquí. 

Un par de curvas en la oscuridad cerca de ningún lugar, unas cuantas horas y ahí, entre el vacío que se forma alrededor de un pueblo remoto en las montañas, con los faros en altas por delante, se veía mi destino.

En la oscuridad que me envolvía no se veía nada. Conduje con las ventanas del carro cerradas, porque el frío ahí afuera carcomía los dedos; también tenía la calefacción encendida para amortiguar un poco el dolor.

No había silencio, había música en mis oídos: un poco de doom metal para no pensar en aquella ajena soledad que apareció cuando comenzó a perderse la señal del teléfono y lo único que venía conmigo era esa voz gutural y desgarrada, armonizada con otra dulce y celestial, igual de potente.

El trayecto fue hermoso, realmente hermoso. Al frente, afuera, no había nada, ni un alma. 

Pero no importaba, me encontraba bien, solamente hacía falta un cigarrillo para mitigar un poco más la ansiedad que crecía en mi interior, pero no, no era algo de vida o muerte, así que decidí seguir manejando sin pensar en detenerme. Primero pasó un minuto, después veinte, luego una eternidad y con ella venía arrastrándose la siguiente. 

La oscuridad aumentaba.

Había un silencio mortuorio atrás de mí, en el asiento del pasajero, cerca de la cajuela. Era un silencio escondido debajo de las guitarras y sus riffs ordenados desde el caos, oculto en las sombras del silencio que enajenaba el final de una canción y encendía a la siguiente; un silencio que envolvía la oscuridad en el exterior y se disfrazaba de viento gélido con olor a pino y cedros. Se revolvía en el brincoteo ligero del auto sobre el pavimento y la gravilla suelta, y se perdía en los baches del camino que hicieron a mi auto quejarse más de una vez.

Tres veces me pregunté si debía dar la vuelta, pero tres veces me detuve.

Seguí sorteando curvas, navegando el asfalto entre el bosque. Era hermoso y reía como niña sin malicia, sin perder la inocencia del descubrimiento, como quien se sorprende de ver algo delicioso por primera vez.

Mientras seguía distraída, una sombra se coló por la ventana cerrada.

Sentí que algo se movía en la periferia de mi campo visual, pero pensé que debía pertenecer a algún animal que pasó volando; quizá era mi cabeza jugándome una mala pasada. Ello no me impidió divagar y comencé a pensar en duendes, hadas, sirenas, dragones, unicornios negros con sus majestuosos cuernos de plata; también pensé en ellas, las Hexen del norte que, según decían las historias de las señoras, siempre nos acechaban. 

Brujas y demonios provenientes de la noche sin final.

El silencio crecía mientras manejaba, la sombra se le pegaba acomodándose sobre sus piernas, perdida en su dicha y juntos se amaron a mi espalda.

Seguí manejando concentrada, sorprendida por la forma en que la carretera desaparecía, sutil, frente a mí.

Y luego yo desaparecí. 
De alguna manera me quedé atrás.
Ya no había silencio.
Ya no había sombra.

Me quedé sola,
Perdida junto a mi vida.
Perdida en las horas.
No pude encontrar la salida.
Me convertí en una de ellas.
Me convertí en oscuridad.

No fue tan largo el trayecto, fue hermoso, sí, pero también terrible.
Es lo que las Hexen cobran por aceptar a una más.

Por Ángel Torres

Productor musical, guionista de radionovelas, escritor, gamer, cinéfilo y melómano. Soy un apasionado de las historias que la eternidad tiene para contarnos.

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