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Los pozos de agua

Candy daba vueltas en la cama. No sabía si era por el calor, por el hambre o por no saber cómo pagar la factura de la luz al día siguiente. Lo poco que tenía en el monedero lo había empleado en comprar un litro de leche y unas galletas, para que pudiera cenar Ricardo, su pequeño hijo.

Por la mañana lo llevó al colegio, convencida de que la profesora Alba le llevaría algo de desayuno. Ellas habían compartido años de estudios y entrenamientos de natación y habían hecho buena amistad. Nunca le agradecería lo suficiente que, en estos malos momentos que atravesaba, la ayudara en la medida de sus posibilidades sin hacer preguntas.

De camino de vuelta a casa, pasó por la oficina de empleo a leer el tablón de anuncios. No llego ni a caminar dos esquinas, cuando un coche se detuvo a su lado. Desde dentro se oyó una tenue voz que le dijo: “Candy, no hables y sube”. El miedo le dio por echar a correr sin preguntar qué querían, ni quién lo quería. El coche avanzó de nuevo y se bajaron dos forzudos individuos que, en volandas, la metieron entre pataletas en los sillones traseros del coche.

No conocía a la persona que iba sentada delante, ni al chófer que conducía. Mucho menos a los dos matones que la obligaron a subir. Le pidieron que se tranquilizara y eso hizo resignada. Era lo suficientemente lista como para saber que tenía todas las de perder si no colaboraba. El coche se detuvo al llegar a un descampado. Mientras se bajaban todos, les imploró que no la mataran, con la cara desencajada y el temor en los ojos. Suplicó casi llorando, pero el jefe de la cuadrilla la relajó cuando le dijo que descuidara, que no le iban a hacer ningún daño; cosa que la tranquilizó mucho. Le pidieron que caminara por una senda. Lo hizo despacio y mirando hacia los hombres a cada segundo, aun con el miedo en el cuerpo. Al final, todos se pararon y a ella la empujaron para que siguiera sola. Eso hizo y, a los pocos pasos, se topó de frente con un señor vestido de negro con una capucha blanco, al lado de una mesa de camping. Esta era una señal que distinguía a los miembros de una poderosa organización de espionaje privado que ella desconocía.

El World Bank of Confidential Information (WBCI) es una organización no gubernamental dedicada a sustraer información de todos los países para extorsionar a gobiernos y obligarles a destinar parte de sus incrementos del P.I.B. a obras en naciones que, ellos mismos, han ido empobreciendo, le explicó. Para entenderse, le dijo, que eran “como unos Robin Hood modernos”.

Mientras, el misterioso encapuchado le dio una tablet a Candy y le pidió que la encendiera. Al conectarse, estaba preparado para que accediera a un juego de habilidad e inteligencia. Esto desconcertó a la chica que levantó la mirada y preguntó para qué la habían llevado allí. El hombre, inquisidoramente, le pidió que jugara, a la vez que sacaba un fajo de billetes de 50 dólares. “Si eres capaz de batir tu propio récord, esto será para ti. Sin preguntas. Bates el récord, tomas tu dinero y te llevamos a casa”, le dijo fríamente.

Ese era un juego de destreza mental que ella conocía bien, ya que era con el que pasaba ratos cuando lograba robarle la conexión de wifi a su vecino. Ni de lejos sospechaba que los inquilinos de la puerta de al lado de su casa, que le suministraban la conexión a la red, eran miembros del propio WBCI. Había conseguido puntuaciones tan altas, que más de una vez llegó a liderar ranking semanal en todo el mundo. De hecho, un día llegó a conseguir tanta puntuación que la aplicación se bloqueó.

Candy levantó la cabeza desafiando a su interlocutor: “¿Y si no quiero jugar?”, contestó. El jaque se lo devolvió el hombre al decirle que sabía dónde estudiaba su hijo. Ella, que era lista, como ya ven, vio que no tenía más remedio que jugar sin discutir. “Antes de que empieces, te diré que, si logras tu récord y si decides trabajar para nosotros, te espera esto” le informó; mientras abría dos maletines llenos de billetes de 100 dólares. Ella negó, se conformaba con salir de ahí sana y salva. Y aunque, el fajo de billetes de 50 le vendría genial, se decidió a luchar por su récord. Una hora después lo consiguió, ante la alegría del hombre de negro que, para ganarse su confianza, se quitó el capuchón blanco. Era guapo y atractivo, pensó ella. Pero también era demasiado misterioso como para no tenerle miedo.

Ya, el hombre, distendió la tensión e intentó que la chica se relajara. “Sentémonos, le invitó”. Brevemente, le explicó el funcionamiento la organización que la tenía retenida. La habían elegido a ella por su inteligencia y su capacidad para resolver problemas en situaciones angustiosas con una imaginación a la que, no todas las personas de este mundo pueden acceder. Ese juego había sido diseñado por ellos y lanzado a las redes para localizar a gente como ella. Le explicó que él mismo fue reclutado de esa manera. Cada vez que alguien lograba unas puntuaciones fuera de lo normal, la propia aplicación mandaba una señal al WBCI con la localización exacta del individuo que había sido capaz de superar los límites que ellos necesitaban para invitarlos a colaborar en la institución.

Ella no quiso escuchar más y pidió que la llevaran a casa, pronto saldría su hijo del colegio y tendría que ir a buscarlo. “No te preocupes por tu hijo, ya tenemos localizada una doble tuya bastante menos inteligente, claro está, y está yendo de camino a buscarlo. Lo va a llevar a comer pizza, que sabemos que le encanta”, le informó ante la atónita mirada de ella. Empezaba a comprender que esta era una organización más grande y organizada de lo que pensaba. “no temas, de verdad, no le va a pasar nada ni a él ni a ti”, aseguró. “¿Qué quieren de mí?”, preguntó ella, cansada de no saber nada.

Se le explicó concienzudamente las misiones del WBCI. Eran como una organización dedicada a devolver a los pueblos lo que se les estaba robando. Le contaron que, ahora, tenían la misión de construir unos pozos de agua en un país africano. Era un país rico al que la dictadura había sumido en la pobreza a la mayoría de sus súbditos. La organización ya había conseguido hace años que condenaran a su presidente por genocidio y crímenes de guerra, pero no habían triunfado en la misión de que los poderes de ese país acataran la sentencia de la Corte Penal Internacional.

Candy seguía sin saber qué podía necesitar una organización tan grande y preparada de una mujer sin trabajo y sin saber cómo pagar las facturas del mes siguiente. Todo le empezaba a sonar como si fuera un cuento y tenía necesidad de saber cómo terminaba. Se atrevió a preguntarlo: “¿Y en qué forma encajo yo en todo este puzzle?”.

“Necesitamos que formes parte de una misión. Irías a la República de Tuncán junto a otras mujeres. Ellas deben acceder a la segunda residencia presidencial, la que ellos llaman “el palacete”, y sacarle una serie de fotos. Tu cometido es más simple, tendrás que descodificar la seguridad de las puertas para que ellas puedan salir”, le contó mientras ella escuchaba horrorizada. A priori parecía demasiado peligroso. Tendría que ir a otro país y jugarse la vida. No le convenció. “Lo siento, yo no soy la mujer que busca”, sentenció.

Ya sabían que reaccionaría así. Le sacaron una serie de fotos de niños desnutridos, algunos de ellos muertos. “Esto no se puede permitir”, le dijo clavándole la mirada. Le contaron como, en ese país, los dirigentes tienen tanto dinero que no se lo podrán gastar en 10 vidas, pero su pueblo pasa sed por no tener agua potable. Muchas muertes por la avaricia era el resultado de esa inconsciente pasión por el poder. La WBCI tenía que hacer algo. Después de un tenso silencio con las fotos delante, prosiguió: “esto no es hacer un donativo y que otros resuelvan el problema. Lo que te estamos pidiendo es que tú ayudes a solucionar esto”.

“No puedo. No estoy preparada. Yo no entiendo de misiones ni nada de eso. Ni siquiera me gustan las pelis de espías”, intentó hacerse entender. El hombre aprovechó para contarle el plan. Ella no tendría que entrar en la casa, pero sí estar lo suficientemente cerca para que la señal del wifi del palacete pudiera llegar a su ordenador. Una experta ingeniera la ayudaría a conectarse y a entrar en la red de seguridad. A partir de ahí, empezaba su trabajo.

“¿Y para que quieren desbloquear la seguridad del palacete?, ¿para entrar a matarlo?”, preguntó curiosa. No estaba dentro de los planes de la WBCI tomar acciones que tuvieran tanta repercusión. Su sistema era más silencioso. Ellos tomarían información para extorsionar al presidente y obligarle a crear, en su país, una campaña de reparto proporcional de agua a las comunidades azotadas por la sequía. “¿Extorsiones mafiosas?, ¿a eso se dedican?”, se indignó. Era otra forma de enfocarlo, pero eso era en realidad, al fin y al cabo. Quizás estuvieran equivocados, aunque por grandes causas y contra mafiosos poderosos, todo vale para ganar la batalla. Así son este tipo de guerras.

Ella se iba intrigando más y preguntó que cual iba a ser el motivo de extorsión. Muy grande tenía que ser para obligar a todo un presidente del gobierno a promulgar una ley que afecte a todo el país y realizar reformas que molestarían a sus corruptos ministros. Le dijeron que, hasta ahí podían contarle. Había sido más de la cuenta. El resto, solo lo sabría si accedía a viajar a Tuncán. Ella echó una última mirada a las fotos, se las devolvió al señor de negro y le dijo categóricamente: “Lo siento, no soy lo que ustedes esperan”.

Decepcionado, él la acompañó hasta donde estaban los otros hombres al lado del coche. La ayudo a montar y le dejó un sobre y el fajo de billetes de 50 dólares. Cerraron las puertas y se alejaron. La dejaron en la puerta de su casa. Ella subió y, al entrar en el portal, se encontró con una mujer que no se podía creer que fuera tan exacta a ella. Le asombró que fuera vestida como ella. Ella se le acercó y le dijo que el niño estaba tranquilo y le dio una taza con azúcar. “¿Esto qué es?”, preguntó balbuceando y asombrada. “El niño está viendo la tele. Le dije que salía a pedir una taza de azúcar para el colacao. Va todo bien, es encantador”, le respondió y se alejó. Candy no sabía decir si todo era realidad o un sueño. Entró en la casa y derramó el azúcar al abrazar al niño, que la apartó para seguir viendo la tele.

Esa noche no durmió. Se imaginó al pequeño Ricardo desnutrido. Lo veía, también, tomándose el colacao feliz mientras veía, en su cabeza, imágenes de los niños africanos que no tenían ni agua para beber. Se acordó y se levantó a buscar el sobre que le había dado el señor de negro. Lo buscó y cuando lo encontró lo abrió. Qué raro. Estaba vació.

Inmediatamente sonó el teléfono desde un número desconocido. Descolgó y oyó una voz que le parecía familiar. “Hola, Candy”, dijo el señor de negro. Habían colocado un sensor en el sobre para determinar el grado de curiosidad de la chica. “¿En serio que no tienen otra persona en el mundo capaz de resolver esos códigos de acceso de seguridad?, contestó enfurecida. Tristemente era cierto. No la tenían. Pero ella, colgó el teléfono. Se volvió a la cama y cada rato que pasaba, más empezaba a sentirse culpable. Pero ella se repetía insistentemente que su misión en la vida no estaba en Tuncán, estaba allí y se llamaba Ricardo.

Al día siguiente se dispuso a seguir buscando trabajo. Llevó al niño al colegio y fue a la oficina de empleo. Siempre estaba llena, pero sorprendentemente, esa mañana, casi que estaba vacía. Se acercó al tablón de ofertas de trabajo y empezó a leer las tres que había. Ninguna le valía. Cabeceó hasta que una voz la asustó: “¿Candelaria Ruimeneses?”, le preguntaron desde detrás. Se giró y afirmó con la cabeza, casi con más miedo que el del día anterior. “Acompáñeme, por favor”, le pidió un trabajador del centro.

Entraron en un despacho los dos solos. Era el funcionario que había visto siempre, durante dos años, en esa sucursal, pero ahora, la forma de hablar le parecía muy distinta a la de otras veces. “Sabemos que usted ha declinado una oferta de trabajo bien remunerada últimamente. No se preocupe, que no tomaremos represalias. Pero sí que podemos ofrecerle algo acorde a su valía”, le informó muy tranquilo. Ella, ya empezaba a sentirse acosada. Se fue a levantar para irse. El hombre le dijo que, si accedía a realizar la misión, se ocuparían de que a ella no le volviera a faltar trabajo el resto de su vida, bien remunerado para que Ricardo pudiera ir a un buen colegio. Se terminó de levantar indignada y salió de la oficina de empleo crispada y enfurecida.

Ese día no quiso hacer más nada. Se fue a casa. Todo le daba vueltas en la cabeza. Le estaban dando la solución a su vida, le estaban dando la oportunidad de hacer una obra por la que sentirse orgullosa, y solucionando la vida de su hijo. Empezó a pensar si no estaba siendo demasiado obstinada. Así estuvo todo el día. Fue a la noche, cuando Ricardo cenaba su batido de chocolate, el momento en que se decidió a contactar con el hombre de negro. ¿Pero cómo? No tenía forma de localizarle. Abrió y cerró el sobre unas pocas veces, a ver si sonaba el teléfono, pero nada. Agotada, se acostó. Al rato, en la cama, cuando ya se estaba quedando dormida, se le ocurrió que, quizás; batiendo su propio récord en el juego, le saltarían las alarmas de nuevo a la WBCI. Se levantó esperanzada.

Encendió el ordenador, abrió la pantalla del juego y comenzó con una concentración como nunca se había visto a ella misma. No tuvo ni que jugar. Al conectarse al juego, sonó el teléfono. Ella sonrió sabiendo que era el hombre de negro. Hablaron y se citaron al día siguiente.

“Lo haré, sólo con una condición”, comenzó la conversación. Quería estar segura de que no correría peligro. No se lo pudieron asegurar. Lo que sí le dijeron es que de las 6 mujeres que serían las encargadas de realizarla, ella y la ingeniera serían las dos únicas que no entrarían en el palacete. Las otras cuatro, una vez dentro, sacarían las fotos y huirían; si ella lograba descodificar la seguridad de las puertas. Si no lo conseguía, las apresarían y a saber lo que harían con ellas. Pero, las dos que permanecerían en la furgoneta, podrían huir sin que nadie supiera que han estado allí.

No parecía seguro, pero se decidió a colaborar. Le contaron el resto del plan.

Todo giraba en torno a los vicios del presidente. Era donde mejor podían asaltarle. En ese país son muy tradicionalistas, dónde la fidelidad a las mujeres es muy arraigada. Un marido infiel puede ser perseguido hasta, como ha pasado en muchos casos, conseguir que se suicide o meterlo en la cárcel por otros motivos inventados. El presidente tiene que ser ejemplo y guardián de esas tradiciones. Es más, no está bien visto las relaciones de gente de color con hombres o mujeres blancos. A eso, ellos, lo califican traición. De hecho, no hay en todo el país un matrimonio mezclado. Pero resulta que al presidente le gustan mucho las chicas blancas jovencitas. Son su debilidad. Y ahí es donde se le va a atacar.

“¿Le van a sacar fotos manteniendo relaciones extramatrimoniales con una chica blanca?”, intentó adivinar ella. “Con una no, con cuatro”, le respondió sabiendo que la dejaría asombrada. Esas eran las otras cuatro mujeres que formarían la misión. Iban a sacrificar sus cuerpos por dar agua a miles de niños. Fotografiarían toda la orgía con el presidente y la mandarían, en directo, al WBCI. Después de un silencio, que se tomó para reorganizar la cabeza, más se convenció de que si ella era la única capaz de sacarlas de ahí no podía, por el bien de todos, dar un paso atrás. Tenía que seguir, por ellas, por los niños, por la justicia contra la impunidad de la clase dirigente.

Una semana más tarde, le presentaron a Verónica, la ingeniera. La pusieron de vecina de su casa para que, en los ratos que no estuviera Ricardo, pudieran trabajar juntas. Estuvieron dos días conociéndose más que trabajando, porque, en el lugar de la acción; cada una tendría su propia tarea encomendada. Hicieron buena sintonía. Incluso, Candy pensó que era una pena que, después del servicio, no pudieran volver a verse. Al tercer día llegó el hombre de negro y les dijo que tendrían que salir esa misma madrugada. Que ya habían organizado la orgía del presidente con las supuestas prostitutas blancas. Le alivió saber que no las tendría que conocer en persona. Esa noche le pidió a Ricardo que durmiera con ella. A media noche llegó la doble a sustituirla en la cama, y ella partió al aeropuerto.

No salieron en un vuelo convencional. A ella y a Verónica las llevaron en una avioneta hasta el vecino país de Bosgawa. Desde la frontera hasta la capital de Tuncán no había más de 50 Km., que hicieron en la misma furgoneta en la que tendrían que huir, volviendo por el mismo camino que iban a recorrer ahora.

La juerga presidencial tenía previsto empezar a las siete de la tarde. A esa hora ya habrían de tener el vehículo posicionado para que, cuando las otras cuatro chicas estuvieran dentro, comenzar la fase de conexión con la wifi del palacete y el desbloqueo de las puertas para que la furgoneta de las chicas pudiera salir a escape; teniendo la salida abierta. Todos cumplieron los horarios estrictamente.

Las dos, en la furgoneta y muertas de miedo, se miraban esperando a unos metros del muro de la vivienda extraoficial del presidente. Llegaba bien la señal de la wifi y esperaron hasta que vieron llegar la otra furgoneta que llevaba a sus cuatro compañeras de misión. Paró en la puerta. Se abrió y el vehículo entró. Se notaba mucho escándalo en su interior. No pudieron evitar mirarse Candy y Verónica valorando la abnegación de esas pobres chicas. La tensa mirada la rompió Candy: “Amiga, conéctame a esa red ya, que vamos a sacar a esas pobres chicas de ahí, sanas y salvas”.

No tardó un minuto el ordenador de Candy en tener buena señal. Accedieron a la página de seguridad del recinto. Ahí pedía una clave. Esa es la que habría que buscar. La ingeniera le conectó al sistema de desencriptación de esa web. Ahí empezaba su parte activa en la misión. Una ristra interminable de números que se movían por la pantalla la sorprendió. No sabía qué hacer con ellos. Se puso nerviosa. Por eso la habían contratado. No sabían cómo descodificarlo y entendió que no la buscaron por su habilidad, necesitaban su capacidad para inventarse soluciones descabelladas y rebuscadas. Empezó a probar cosas. Con el ratón se dedicó a pinchar por la pantalla aleatoriamente, a ver si tenía alguna pista. A veces los números cambiaban de color, pero luego se volvían verdes como todos los demás. Le pidió a Verónica que fuera anotando las secuencias de números que lograba cambiar de color. Cuando tuvo cinco secuencias pararon a ver si les decía algo. Nada. Siguió con las secuencias. Consiguió cinco más. Nada. Al rato, se dio cuenta que de las 10 secuencias que tenía, todas eran de 6 dígitos. “Es una pista, pero ¿A dónde nos lleva?”, pensó en voz alta.

065379
589670
203491
607312
903263
142057
780694
409126
302584
806591
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589670
607312
780694
806591
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Mil cosas probaron sabiendo que se les agotaba el tiempo. Y la clave eran esas diez cifras. Buscaron más, pero siempre se repetían. No había más. Fue Verónica la que se dio cuenta de que el primer dígito de las diez no se repetía. Decidieron ordenarlas. Mucho tiempo pasaron dándole vueltas. De hecho, Candy, casi de malas formas, le pidió a Verónica que no pensara en voz alta porque no la dejaba concentrar. Así llegó a darse cuenta de que el único número que estaba en todas las cadenas de números era el 0. ¿Estaría marcando una posición dentro de cada cadena numérica? Escribió otra lista de 10 dígitos tomando la posición en la que se encontraba el 0. Lo puso como clave en el acceso a la seguridad. No funcionó.

De repente se oyó a Verónica riéndose con una extraña carcajada silenciosa que desconcertó a la ofuscada y sudorosa jugadora. “No me lo puedo creer. ¿Quién sería el cretino que diseñó esto?”, terminó por decir. Ante la incertidumbre de Candy y su mirada, le enseño de nuevo la cifra y le preguntó: “¿Tú sabes cómo se llama el presidente de Tuncán?”. Ante la negativa incrédula de su compañera, la ingeniera le pidió que pusiera letras con arreglo a esa ristra de diez números que le había salido tomando su posición en el alfabeto. El resultado era “NUYVU”. Asombrada, la desencriptadora soltó: “No me digas que el presidente se llama Nuyvú”. La nueva carcajada, poniéndose la mano en la boca, le confirmó la sentencia. Se apresuró a meter la clave que, por fin, le dio acceso al panel de mandos de la seguridad del palacete. Se abrazaron con silencio y cautela.

14 22 26 23 22
N   U   Y   V   U

El primer paso era cambiar la clave para que los guardianes no pudieran acceder a su propia seguridad. Fue fácil. Luego, introdujo los comandos para abrir la puerta ante la atónita mirada de los militares que la custodiaban, que no sabían que pasaba. Empezaron a intentar cerrarla a mano, pero no pudieron. Ahora, sólo les quedaba esperar a que saliera la furgoneta de las chicas. Se imaginaron que, desde que dieran la voz de alarma, los jueguecitos sexuales del presidente acabarían y tendrían que salir antes de que las apresaran. Tensa espera para ver salir la furgoneta del interior y con Verónica a los mandos del volante preparada. Se oyeron disparos que las asustaron y decidieron arrancar la furgoneta, por si había que huir urgente.

De pronto, vieron salir a las chicas corriendo, a pie; desde la salida trasera del palacete con rumbo a su furgoneta. Verónica gritó: “¡Abreles la puerta!”. Mientras, la conductora aceleró para acercarse a ellas para salvarlas de los disparos. Candy se asustó, pero logró abrirles la puerta con dificultad. Las cuatro chicas se montaron como pudieron Cerraron la puerta y huyeron del sitio chirriando las ruedas del tremendo acelerón.

Doblaron la esquina y tomaron una recta en el tiempo que salían los Rovers del ejército tras ellas. Tenían una pequeña ventaja, pero tendrían que intentar aumentarla. Cuando el coche pasó de 120 km/h. se activó una voz que les dijo que localizaran, en el GPS, un camión cercano. Estaría con la puerta de atrás abierta para que subieran la furgoneta hacia su interior, y posibilitarles su desaparición. Asombrada, Candy no dejaba de mirar a las asustadas jovencitas, pero reaccionó y se puso de copiloto. Mucha tensión, pero poco tiempo para detenerse a pensar en ello. Miró el navegador y le dio órdenes tajantes a Verónica: ”En la tercera manzana gira a la derecha y en la siguiente a la izquierda hasta que veas el camión”. Lo vio, llegó hasta la rampa y se subió sin frenar. Menos mal que estaba el suelo interior con veinte centímetros de arena, para hacerlas frenar.

Los vehículos militares tuncanís pasaron, a alta velocidad, en dirección a la frontera con Bosgawa. El camión arrancó despacio y se introdujo en un garaje cercano. Allí esperarían órdenes. Se bajaron todas de la furgoneta y se abrazaron llorando. Las cuatro chicas de la orgía no parecían españolas. Calmadas las emociones, se pusieron a hacer repaso de las acciones y lo que había salido mal.

Las chicas informaron que habían cumplido su misión con éxito. Lograron mandar las fotos por satélite a los superiores y contaron que no habían podido llegar a la furgoneta para huir, porque todos los vigilantes se quedaron al lado de ellas para cobrar la parte del tesoro que les había prometido su presidente para pagar su silencio. El botín, eran ellas. Por eso que tuvieron que salir por la puerta trasera, con la misión cumplida. A Candy y Verónica les dio mucha lástima. Ellas habían tenido la parte menos peligrosa de la misión, como les habían prometido. La de las cuatro chicas, casi era una misión suicida.

Al rato se oyó el teléfono del conductor de camión. Habló un rato y se dirigió a ellas: “Felicidades, Volvemos a casita”. Todo fueron miradas entre ellas, a medio camino entre la alegría y la incredulidad. Más fue su asombro cuando fueron los mismos militares que los perseguían los que estaban en la puerta del garaje para escoltarlas hasta la frontera. No encajaba, pero estaban contentas. Verónica cortó de raíz esa buena onda con una pregunta: “¿Y si nos llevan a algún sitio para fusilarnos?, o lo que es peor, para torturarnos”. El conductor del camión les sonrió y les dijo: “no se preocupen, el plan está saliendo como estaba previsto. Aquí todo vale si tienes dinero para pagarlo”. Eso tranquilizó a las chicas, pero ya no hubo risas hasta que no se vieron cruzando la frontera.

Al día siguiente, llegaba a su casa. Al entrar por la puerta se encontró, como era de esperar, a su doble en la escalera. El niño estaba en el colegio, pero ella la espero para darle las gracias por hacer el trabajo porque, por ello, le pagaron la operación a su padre que llevaba años esperando. Se abrazaron, y se separaron. Se sintió bien por dentro. Fue a buscar, al niño, al colegio con más ganas que nunca.

Pasaron los días y ya no supo nada más del WBCI. Ni siquiera intentando batir el record del juego. Intento la única opción que le quedaba e hizo una visita a la oficina de empleo. El funcionario la recibió con admiración, como si fuera una gran artista. Eso la turbó un poco. Le dijo que la había estado esperando para darle su merecido empleo en unas oficinas del Ministerio de Cultura. Un trabajo para toda la vida. Ella preguntó que si así, sin más, que sería funcionaria sin oposiciones y sin nada. A lo que el hombre le respondió que en este país también hay mucha gente que no quiere que se sepan cosas, y el WBCI tiene toda la información que hay que silenciar. Ella entendió y no dijo más. Se fue a levantar, pero él la paró. Y, de repente, entró el hombre de negro que la había reclutado. A ella le dio una alegría porque le estaba cogiendo cariño, y algo más.

El funcionario, muy serio, se marchó a las órdenes de una mirada de su jefe. Le pudo contar que no necesitarían sus servicios nunca más, a menos de que no encontraran otra sustituta para ella. Que a Verónica no la volvería a ver, así como a las cuatro chicas rumanas que ofrecieron su cuerpo por la misión. Para que se sintiera mejor, le descubrió que eran mujeres sacadas de una cárcel y que estaban encerradas por crímenes que no habían cometido. Ellas prefirieron arriesgarse, a cambio de la libertad sin juicio, a seguir viviendo el infierno que estaban sufriendo en la cárcel tailandesa. Ahora ya están con sus familias gracias a que su pericia descifró la clave de acceso a la seguridad.

Le informó que Ricardo podría elegir la universidad que quisiera, para estudiar, cuando fuera mayor; y que el dinero de los dos maletines lo tenía depositado en una cuenta corriente sin rastreo de la policía. Cosas que se pueden hacer cuando se tiene información que no debe ver la luz. A Candy solo le quedaba una pregunta: “Entonces, ¿estos dos años en los que no he encontrado trabajo, han sido ustedes los que han estado poniendo barreras para que no encontrara?”. El hombre de negro le dijo que no, que ellos solo la localizaron cuando batió el record inalcanzable y les sonó la alarma, pero que no se preocupara que ya no tendría problemas nunca más. Ni ella, ni los más de trescientos mil habitantes de Tuncán a los que esta semana les van a promulgar una ley en la que su gobierno se compromete a hacerles llegar agua potable.

Fin.

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