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Marinho

Hoy, como en aquellos días donde el final se acercaba, abrazo más que nunca tus académicas aclaraciones del Popol-Vuh, sello de tus orígenes y resumen de tu concepción de la muerte.

4 de septiembre de 2016. Es domingo. Hay octavos de final del US Open. Entonces nos ocupaba un Marchenko-Wawrinka por la tarde. Estábamos a las puertas del futuro campeón, del revés a una mano más vistoso por debajo del de Roger Federer, a quien profesabas una atípica admiración para tu nivel de escepticismo general. Y me lo transimitiste siempre sin oposición y objeción. Me senté junto a ti, frente al televisor, mientras reías con mis críticas hacia Novak Djokovic y mi implacable vísceralidad propia de los 18 años recién cumplidos. Siempre con ánimos de compartir e instruirme sobre cualquier cosa. Lo que no adivinaba es que esa sería la última postal que tendría de ti, de mi Marinho, como solían decirte en los llanos.

Aquella tarde de septiembre redondeaba un fin de semana tan peculiar como emotivo. En dos días quedándome contigo y con Teté en la casa, llevamos al máximo el ritual al que, junto con mi padre, me encandilaste desde que tengo uso de razón. Deporte sin parar. Que el fútbol, el tenis, el hipismo (fiel a tu manía por los purasangre), el americano o el béisbol. Incluso, el nexo con la Formula 1 a partir de los siete, en el pentacampeonato de Schumacher con Ferrari. Como en los tiempos donde pegabas con bates o zapatillas Colmenero en los Pumas pre-Primera División: allí empezaba y terminaba todo. 

En 48 horas, fuimos de memorias en memorias, de pláticas en pláticas y, como premonición, hablando del futuro en exceso, fuese del juego o de mi vida. No de la tuya. Sabías que te despedías, pero yo no pude anticiparlo. Ni siquiera cuando mis padres me recogieron por la noche. Al partir, te dije venga, Mayo, échale ganas. Te veo el viernes. Reíste de forma tranquila y socarrona, como confiando en mi perspicacia, esperando que entendiera que sería la última vez. Así fue. Ya no pude volver a verte.  

En esos días, a sabiendas que vendría tu dichosa cirugía, a la que te aferrabas para recuperar algo de sensibilidad en tus manos y pies, se te notaba un aire de triunfo peculiar. No esperando el resultado final, sino, en el fondo, el descanso que ganarías. Y nadie lo sabía además de ti. Necio, aferrado, obstinado, incluso soberbio ante la vida cotidiana, te montaste en tu coquita y tus Delicados (si el mes y Teté lo permitían, accedías a unos Marlboro rojos) que fumabas religiosamente asomado en tu ventana. Ni así cediste, siendo consciente que de ti dependía salir, aunque fuese sobre ruedas, el viernes 9 de septiembre.

Entonces llegó la fecha, el día que he querido borrar los últimos cuatro años. 9 de septiembre. Cuatro y media de la mañana. Sucedió. Mi madre entró al cuarto, en lágrimas pese a los grises y negros de la vida, para decirme que te fuiste. Partiste así, sin más, como la leyenda que acaba su carrera y sale de cambio teniendo en mente que cuelga las botas. Tú decías que ya jugabas los tiempos extra. Para mí, el niño al que curaste de las rodillas luego de los partidos de los jueves, todavía te faltaba para llegar al minuto noventa. Qué sabría yo si, al final, mi idolatría egoísta hacia a ti no me dejaba resignarte. Daba igual. Ya no estabas. Se hizo el vacío que temía. Marinho se fue 

Sigo con el yo, yo, yo cuando las letras son para ti, tuyas, no mías. Al tiempo, recuerdo la andadera que se te volvió vehículo y el brillo de tus ojos que se apagó cuando caminar se te dificultó. No hubo caída más dura. Porque la sufriste desde que sucedió y renunciaste a esas salidas con tus camaradas. De a poco, dejé de ver a ese hombre que se perfumaba, elegía camisa, jeans y enormes lentes de sol con marcos negro y café que cerraba la ceremonia con una elección de entre un corto, pero complementario catálogo de calzado, donde figuraban unos Adidas Samba, los tanks negros por excelencia, náuticos grises y los clásicos mocasines cafés. La imagen se repetía una y otra vez sin importar la ocasión. Supongo que la vanidad, el estilo y varias cosas más (entre ellas, el casi obsesivo vendado de tobillos pre partido de fútbol), como diría mi abuelita Teté, no se hurtan, se heredan.

Y así te veía, siempre con clase, erguido e imponente, un galán de los años setenta que, de entre todas sus derrotas y caídas, conservaba la firme y penetrante mirada soportada por sus vivos ojos azules. Fuese para llevarme al FCB Escola de Villa Olímpica en el verano, estar en partidos en los cuasi céspedes del deportivo del Sindicato Mexicano de Electricistas o recogerme de la primaria mientras preguntabas, como examen oral, la ruta a seguir para volver a casa, las risas y la elegancia jamás faltaban. Ahora que lo recuerdo, era rutinario que arrancaras miradas en aquel microbús con destino a la FOVISSSTE Fuentes Brotantes. Lo fue hasta que entendí que tú también eras inmortal, que tus idas y venidas por los volcanes y el alpinismo nunca lograron los que tus parecias sí. Frenarte. Frenarnos. 
Las salsas, tu adorada música tropical o Chiquitita (tu favorita del grupo ABBA), menos. Tampoco en aquella tarde de marzo en 2015, donde pudimos sentarnos a la barda del A13 con una bebida, en el último atisbo de normalidad en tu andar. 

Más cerca de tus últimos días, logré convencerte de jugar una partida de ajedrez. Dicho sea de paso, otra de tus pasiones, una de tus aficiones competitivas (daría lo que fuera por volver a ver tu playera polo del Torneo de Ajederez del DF de 2006). Fue allí donde, crudamente cuando, al dejar expuesta a mi reina en el tablero, noté cierto cansancio en tus gestos, de ese hartazgo que causa saber que intentas hacer algo, pero ya no te da par más, que buscabas agarrar las cosas con la mayor normalidad posible y, contra ello, estaba la realidad: seguías echando en falta el agarre. Aquel juego fue el último. Debí saberlo, pues ya no me atendiste en el tablero diciendo cómo es que de noche anda tan solita. 

Pero, entonces, las pláticas se volvían cada vez más prolijas. Me moldeaste crítico, ávido de escucharte a ti y a otros para nunca perder detalles. En detrimento de tu esencia inquieta, devorabas aún más libros y veías todavía más televisión. Y allí caímos por horas hablando del Bayern de Guardiola, recordando finales de Champions League (no sin traer a cuento el shock que supusieron 2005 y 2012), elogios a American Pharoah (triple corona 2015 en Kentucky), el debate de elegir a Murray o Djokovic como número uno del mundo en el tenis o el relato de tu quiniela semanal del fútbol mexicano; un papel Bond elaborado —y acomodado— al borde de la maniaquez daba cuenta de tus juegos de Progol. Nunca te lo llevaste pese a haberlo arañado varias veces. Pero no te preocupes, Marinho, que ni Teté ni yo hemos honrado o roto tu récord. Y me jacto de ser un —casi— periodista que habla de fútbol, predice cosas.

9 de septiembre de 2020. Es miércoles, el mundo se frenó como nunca y ya no estás. Y yo, en un día —y, francamente, en una semana históricamente difícil— donde me invade la nostalgia, te escribo por primera vez. Este es el único homenaje que he podido hacerte con mis letras. Por tiempos, formas, valentía y estómago para escribirte, jamás pude hacerlo antes. Quizá no era el momento. Tal vez no habría uno ideal, pero se hacía urgente tras cuatro años donde no fui capaz de cristalizar tu recuerdo. Quise decirte tanto que acabé en silencio hasta ahora. 

Hoy, como en aquellos días donde el final se acercaba, abrazo más que nunca tus académicas aclaraciones del Popol-Vuh, sello de tus orígenes y resumen de tu concepción de la muerte. Tantos años oyéndote recitar las historias de Xibalbá, la Xtabay, el embarazo de Ixquic y aquellas hazañas de los hermanos Hunahpú se hicieron eternas ahora, cuando pienso en tu alma, tus cenizas y tu energía devolviendo algo al mundo en el que me dejaste. Y es aquí donde, al mirar los árboles y las hojas que delatan al otoño, me aferro a tenerte conmigo más allá de las fotos y la individual que guardo en mi cartera. A diario, en mente y corazón, tomo aquellas palabras que me dijiste, como pasando herencia de los primeros Hunahpú a los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué para sentirte cerca. Profesor —como solías decirnos a mí y a mi padre—, cuando me muera, rieguen mis cenizas aquí en frente de la casa, en el arbolito. Yo no quiero tanto. Riéguenme allí, que, cuando me desintegre y me tomen los tallos, los saludaré al cabo de un tiempo. Se acordarán de mí cuando caiga una hojita sobre ustedes.

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