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Melodías de ocio y una ventana con plumas

Antes el licor ayudaba a conciliar el cansancio para callar las voces, pero ahora es una guerra entre el sueño y mis pensamientos.

Es una hora considerable para escribir, ya entenderás al paso del escrito por qué te lo digo, pero te quiero retar a que leas este texto en menos de un par de horas.

¿Estas igual que yo? ¿Dejas cosas inconclusas? Lo sé porque aquí estoy: en el ocio del encierro. Igual que tú, no sé en qué momento empecé a procrastinar cuando realmente era una persona activa. 

Seguramente te sientes igual, así que te voy a cont…Permíteme tantito, voy por algo para el buche y calmar las vísceras, o quizás vea algo de televisión, predisponiéndome a que me frustre aún más por la costra en la que me he convertido; pero, adelante lector, lee esto, recuerda que tienes un reto que caduca en un par de horas, espero no tardar y volver para saber que ya terminaste esto. Ojalá que no tengas moscas a tu alrededor, como yo, así que te dejo y yo vuelvo, aunque no prometo que sea pronto…

Mi ansiedad estaba antes canalizada al pensar en qué hacer para excitar a mi cerebro y que el tiempo no dejase de tener sentido, pero ahora está infectada.

Salgo a la tienda por lo necesario, o voy por tortillas, son las once y media de la mañana. Realmente no es mucho el trayecto, pero hay un abismo de distancia entre mis pensamientos y el tiempo en lo que llego a mi destino. Es eterno: llevo cinco minutos afuera y mi mente ya lleva meses, quizás años. Sólo pienso que “mañana me voy a levantar temprano, quemar algo de lo que tanto me atraganto, desayunar junto con Laika para después sacarle con el pretexto de no ensuciar la casa, para que ella me saque a dar un paseo, aunque sea en la jardinera del edificio. Subir después de escuchar un rato a las aves sin prestarles atención, mientras Yavdem me prende el cigarrillo para retomar la cita pendiente con Camu, tratando de entender cómo ser un hombre rebelde ante este mundo y quizás hasta plasmar algo al respecto. Darme el lujo de ver una película después de la comida, o dos quizás, continuar con mis escritos o terminar un lienzo de van Gogh en rompecabezas”.

Todo esto lo pienso mientras ya son las diez de la noche, con palomitas en el chiquero, sin poder terminar de ver la película que puse desde la hora de la comida por estar en redes sociales viendo todo. ¿Cómo es qué el ocio de hacer todo sin terminar nada se llevó este día? ¿En qué momento cuatrocientas cuarenta palabras consumen casi once horas y media de un día? Me asquea caer en cuenta, mientras escribo esto, que no ha sido sólo este día, cada día es lo mismo: comer, cagar y dormir, con intervalos de entretenimiento que forman gusanos que siento cómo se comen mis surcos.

Es como la tercera o cuarta vez que pierdo más de quince minutos en el baño…

-¿Pues qué esperas? Te la pasas con embutidos, peor que un cerdo, y el celular disparando a quemarropa tu tiempo).

-Oye, creo que aún tenemos la posibilidad de aprovechar nuestro acuerdo con Morfeo y poder hoy dormir temprano.

-Jajaja, ¿bromeas? Hace tiempo que no sueñas hombre, sólo hay voces de resaca que se roban tu sueño y eso que ya no has bebido cómo antes.

Pensaría que las siestas en las tardes incitan al insomnio de hoy, así como al de hace varios días atrás, pero de nuevo es el ocio el que mata hasta al insomnio. Estoy viendo alguna película pausada, repitiendo los mismos videos, las mismas publicaciones de meatgram y fakebook.

Ya son las tres de la mañana, me recorre un hormigueo en el cerebro de pensar si vale la pena aferrarme a mis sueños, los ojos están más abiertos que en el transcurso del día, y escucho de nuevo: ¿Otra vez tú, hijo de tu puta madre? Estoy sudando y sólo pienso: mañana, mañana, mañana.

Me predispongo a que no voy a iniciar mañana, porque sin darme cuenta esa promesa me la tuve que haber hecho desde ayer, aunque sea antes de las doce para iniciar “mañana”, de tal manera que ese “mañana” debería ser hoy, pero ya son las tres: ¡estoy jodido! No me acomodo para dormir, me siento comprimido y catatónico. Antes el licor ayudaba a conciliar el cansancio para callar las voces, pero ahora es una guerra entre el sueño y mis pensamientos. Queda solamente rendirse hasta que en algún momento de la madruga o el amanecer uno se desvanezca.

Ya es de mañana, no falta mucho para el mediodía. Lo percibo por la intensidad del sol, aunque puede que sean más de las dos de la tarde. De nuevo, a levantarse, pero más cansado que cualquier otro día: esta sensación ya la he tenido desde que empezó todo.

Me duele la espalda, y Laika me mira con angustia, pero antes de que bajemos con el pretexto de lo suyo para pasearme, paso primero a lo mío, que al parecer es lo que por ahora se hacer mejor. No hago mucho por arreglarme para salir. Yavdem, que seguramente estará, ya me ha viso sin dignidad y roto así que no importan las apariencias con ella. Subo con la rutina de siempre (jajajaja, como si esto hubiera sido siempre), pero comprendo lo absoluto de esas palabras, porque ya llevo más de veintiún días haciendo esto. Me quito las chanclas, me las cambio por otras, afuera las ropas para ponerles químicos y desinfectar esto que empezó con cosas químicas (qué irónico, ¿no?).

Lavarse las manos como lo hacen los cirujanos, como si fuera algo anormal. Me pongo la ropa de casa y desayunos. Veo el reloj y ya es casi medio día: De nuevo no hiciste nada pedazo de escombro, anda, ve a cagar y carcomerte el cerebro con la pantalla. El reloj apunta que vamos a comer de nuevo y creo que aún es buen tiempo para empezar con algo de lo que quiero hacer, pero dejo de hacer sinapsis con lo mismo, veo mi reflejo en la pantalla y pienso: ¿en que se murió ahora el tiempo?

Son las seis de la tarde, me duermo sin el asecho de las voces. Al despertar, agarro el libro que tuve que haber acabado hace semanas. Son las nueve de la noche, pero me da ansiedad sentir que ya no estoy apto para esto, así que vuelvo al entretenimiento popular. Mi rompecabezas sigue sólo con las esquinas.

Pensé que el argumento que debía formular para tener ese papel que dice que eres alguien con estudios iba a tener buen avance, pero tiene un mayor retroceso, ya no recuerdo la estructura que tenía para empezar algo. Creía que cuando algo así pasar, iba a ser a una edad mayor, pero quizás está ya me alcanzó mentalmente.

Creo que es jueves, ya no le encuentro sentido a la estructura de qué es una semana. El tintero ya no se desangra, mis ojos se salen ahora de las cuencas por una una televisión, y no por los cuervos que le rodean a Yavdem. Cuatrocientas páginas de un libro se han vuelto desgastantes. Laika es quien me saca ahora pasear y no me había dado cuenta de ello, hasta que ya lo dije como tres veces. Creo que extraño ahora lo absurdo de la vida cotidiana…

Hoy ya no traté de leer, o de hacer tal y tal cosa. Hoy ya empecé a leer, a escribir de nuevo, empecé a disfrutar de nuevo de Laika en el jardín, de los paseos sin sentir que son obligatorios, conseguí una botella de ron, comencé a no esperar la madrugada. Tal vez esto se deba a que llevo dos días sin masturbarme, seguramente hay algo en ese fluido que, al vaciarse, a un hombre lo vuelve un tanto inútil.

Cambié mis libros a un lado de mi cama y la cama al lado de la ventana, para escuchar a las aves. Creo que para disfrutar cada instante de tu día hace falta solamente escucharles cantar. Me gusta oírles cómo cantan historias.

Ya regresé, ¿Me perdí de algo? Tú, ¿de qué te perdiste? Aparte de derramar los sesos, claro. Lo único que yo gané y no perdí fue una ventana con plumas que cuentan historias. Déjame decirte que estoy tratando de que un colibrí entre a mi hogar, imagina la dicha de que un animal silvestre te perciba y quiera jugar contigo, aunque ya tengas cenizas en las barbas. Quizás entonces mi pensamiento deje de acelerar, alcanzando el futuro de mi vida, y las voces por fin se callen.

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