Pingüino en alta mar: pretérito imperfecto (IV)

Cuando tenía treinta y tres años iba a una librería una vez al mes. Dejé de hacerlo al cuarto mes del año. Por aquel entonces —no hace mucho, apenas unos meses— también se dejaron muchas intenciones de lado. En principio iban todas encaminadas, pero las rutas se tuercen y aparecen de vez en cuando perros en el camino, y huyes sin tener que hacerlo, dejando el propósito colgando de un árbol. Peor aún, en la nada.

Cuando tenía treinta y tres años, pensé en ir más días al gimnasio. Ser más responsable. Buscar formas para recompensar la vida, pero no se pudo. Todo movimiento voluntario generó expectativas que poco a poco cayeron por su propia fuerza gravitatoria. Tenía más de treinta años y mi vida se acomodaba y desalineada al mismo tiempo. Hablando mal y pronto, todo se quedaba a medias. Más allá de eso, me di cuenta de lo ocurrido después de un tiempo.

Es posible que en una vida paralela, el 2023, mi otro yo, hizo todo lo que se propuso. No fumaba compulsivamente. Descendía en un libro y luego inmediatamente en otro. Tachaba las tareas diarias que se anotaban en una libreta: hoy, terminar la columna quincenal y enviarla, visitar a la tía en Vilassar de Dalt, limpiar a fondo la cocina, llamar a los de la mutua de salud para que se finalice el contrato antes que acabe diciembre, inscribirse al curso de inglés. Y sí, las importantes las ejercía con solvencia, las más banales se tachaban con rapidez.

Ese otro yo, sin embargo, no se vio trastocado y zarandeado por una muerte cercana de un familiar. Tampoco lloró a causa del desamor, ni sufrió de ansiedad día tras día, aunque el problema era más fuerte por las noches que por las mañanas. Era imposible dormir, acercarse a las aguas superficiales de la calma. Pero ese no era yo, sino un pueril desdoblamiento. Una visión de otra realidad que me atemoriza, donde solo firmas buenos designios y tareas, y cumples a rajatabla. Pienso en lo inaguantable que debe ser la vida así.

En El tiempo de la Promesa, la filósofa catalana Marina Garcés señala que la promesa, más allá de un discurso, es la acción de una palabra, un compromiso atravesando el tiempo. Quizá sea lo correcto. Pero ¿qué hay en las promesas incumplidas? ¿Acaso no existe dentro de ellas eso llamado acción y solo es un vacío?

Cuando tenía treinta y tres años, la segunda ley de Newton, o como los físicos la llaman, ley fundamental de la dinámica, todavía pertenecía al siglo XVIII. Seguro en algún momento un profesor en el colegio me habló de ella, y se perdió en el quinto carajo de mi memoria. Pero según Newton, tanto fuerza, masa y aceleración están íntimamente unidas. A mayor masa se necesita más fuerza para acelerar. Los propósitos de mis treinta y tres años superpuestos a otros que nunca cumplí. Todos en conjunto, banales, importantes, antiguos. Todos estaban en el mismo lugar, ganando peso, siendo empujados por un tipo lánguido, inapetente. Un recovero sin voz, inanimado, empujando batallas ya caducadas. Newton, por algo es Newton.

Dentro de mí, toda promesa sucedió. Tuvo un final. En breve habrá que establecer nuevas y moverlas una a una. Ahora que tengo treinta y cuatro años, y las canas se asoman, el pasado al fin es una realidad. Lo hecho, hecho está. 

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