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The Libertines: saliva, sudor y cercanía

‘And tell it to your king
Go on and tell him everything you know’

Tell the King; The Libertines.

Hace frío y no duermo bien, creo, hace una vida.

Estoy en la recepción de un hotel en Guanajuato, estoy solo, no: estoy con gente, espero a gente. Desconocidos de acentos diversos. Rostros, rasgos que son uno sólo donde la individualidad no funciona y las miradas cuando se acercan apenas me rozan. 

Escucho.

Hay ruidos. Se abren llaves, se cierran puertas, se encienden televisores en programas subtitulados y me llegan voces, murmullos que no alcanzan a ser lenguaje mientras la noche se cierra. El sensor se enciende, me alerta, hay alguien afuera que espera para que yo aparezca, que sea útil, que active mi mecanismo. Mi oficio. Mi yo.

Salgo, dejo el cuaderno, cojo las llaves (mi herramienta de trabajo) y hago ruido para anticipar la presencia que siempre es sorpresa.

Veo.

Es una dama como de mi edad (tengo veintiocho) donde la liviandad la transforma, la hace una flama leve de encendedor de gas recargable. Viste de azul. Vestido azul. La tela es su piel. Tiene onda –¿cuál es la onda?– como que no toma. Abstemia. Sola. Pasa la reja que sostengo mientras permanezco sin atinar bien a bien adónde mirar. Miro el reloj. Atravieso el reloj. Huelo. Parpadeo y cierro.

Entra. No me mira. Sube. Sus tenis Adidas no hacen ruido. Es que vuelan. Flotan por la membrana del tiempo donde el sonido no abraza ni una partícula de su cuerpo. El vestido sube. Mis ojos suben. Otra puerta, la suya y el silencio. El vacío. Otro vacío y entonces el flashback. El soundtrack. Unido este a una nostalgia…

La discografía entera de The Libertines ocupa apenas un respiro en la memoria interminable de un celular de gama nueva. Por esto es que Pete Doherty y Carl Barat aún chocan casi sus bocas en la habitación de esta mujer vestida de agua: la dama que sube el volumen a Up The Bracket (2002) mientras lagrimea los coros, los berreos y los alaridos de Doherty e imagino (¿qué me queda?): sus manos blandas de leche emulan ya los brazos salvajes de Gary Powell mientras baila, se mueve, se desviste dentro de una cohibición rota como el bajo de Hassal cuando suena Horroshow a tope en ese cuarto donde varias veces he dormido.

Recuerdo.

Aguilar Camín abre La Guerra de Galio con una reflexión acerca del «Reino de los Sentimientos» como dice Ruy Sánchez al referirse al tiempo que está hecho para perderlo: «Odio la noche. Su llamado condensa casi todo lo que he buscado apartar de mi vida: la irregularidad y el exceso, el miedo, las obsesiones que suspenden las certezas de nuestra convivencia civilizada».

¿Es esta mujer de edad todavía similar a la mía un modelo digno de repulsión? No, lo niego y al cerrar los ojos conduzco sus pulsaciones, el sudor sobre sus sienes, su alma, su vida mientras la música de The Libertines nos hermana…

Pienso.

Descubrir a The Libertines es como encontrar una voz conocida en medio de una situación que nos sobrepasa: una sala de espera en un laboratorio, la larga fila para la ventanilla de un banco, el primer día en un empleo donde no sabremos (lo sabemos) hacer mucho.

Coincidir es reincidir. Volver. Emparejarse en un tiempo que se creía disuelto en el éter de la realidad pesada, bruta. Voraz. El repertorio de The Libertines es el respiro después de una pelea que hemos perdido, una línea que contiene nuestra inicial en una banca donde descansamos luego de un fracaso. Es una mano, un ángel de compañía que nos devuelve las ganas de creer, de convertir la fe en combustible para movernos, para seguir oyendo; es la música que nos acompaña mientras damos los pasos antes de un hecho que nos impuso el insomnio durante días y ya: estamos frente a esa puerta, frente a ese examen, frente a ese rostro dueño de nuestros rasgos raquíticos producto de la ansiedad y la madrugada.

Escucho. Vuelvo. Bailo. Imagino. Creo.   

Ella ya sin el vestido azul allá se deshace para mí sin conocerme. Es mía. Soy otro. No soy. Soy al fin. Pete. Carl. Gary. John. Todo. Soy de nuevo. Nuevo el que soy. Respiro. Escribo. Escucho. Y duermo. Sí, al fin me duermo. Y ya no pienso.

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