Categorías
Crónicas

The Strokes: My generation

Las generaciones se miden por la coincidencia en la adolescencia. La mía se fue de largo y con ella los anhelos se convirtieron en el marco de un espejo que se niega a morir en una mudanza cualquiera.

Hay una escena: noche y sudor, columnas de humo y labiales que suman pero que en el fondo ningún varón atiende. Vestidos y un solo murmullo indefinible que parece la voz de la Providencia que observa resentida lo irreparable: estoy de pie y al margen de una conversación imposible en la que no participo. El diálogo democrático y caótico de todos. Sólo miro, bebo y siento este tumulto unido desde la tribuna de un padrino ignorado. La barra me sostiene, la voz de todos es un combustible que destila un aroma espeso de tabaco. Estoy vivo mientras la música se detiene…

Ezequiel Acuña captó que la oscuridad es siempre la misma en cualquier sala de cine, aquí el ejemplo: la noche de hoy puede ser cualquier noche vivida por cualquiera de nuestros padres o también la de mañana –si es que sobrevivo– y entonces se ahoga un grito, existe un segundo para darle permiso al silencio y todos aguardan en lo que parece un acuerdo concreto. Arriba del escenario una guitarra modesta se afina con acordes que todos comprendemos, el guitarrista escupe sobre el suelo donde nos representa y la saliva es una luciérnaga que se apaga pronto para acariciar la frente de nuestra esperanza de aliento (The anticipation is the half of the fun). Y hay también espacio para el milagro. Un acorde, la batería con el anuncio de un infarto y nos emocionamos en un mismo coro:

–A hueeeeeevo, De Estroucs, of course, perrito! –grita quien sea. Quizás yo, quizás mi hermano, mi novia, una amante y puede ser también mi maestra de guionismo o la que me enseñó a leer a los seis años en Cuernavaca y no recuerdo… También puede ser la voz de mi padre y quizá puede ser la de mi hijo (y aquí imagino) o mi pasado. Quizás todo y una certeza: escucho ese anuncio desde la garganta cansada de una generación aún hambrienta…

–The Strokes… –me digo y fumo –Bien. Julián. Valensi. Hammond. Fab. Fac…

Las generaciones se miden por la coincidencia en la adolescencia. La mía se fue de largo y con ella los anhelos se convirtieron en el marco de un espejo que se niega a morir en una mudanza cualquiera. Carlos Fuentes aseguraba que los recuerdos se heredan; en medio del abismo –que se abre entre yo y yo mismo (Cuesta, siempre Jorge)– me atrevo a decir que la música es la escultura que las generación relegan a las que se les acercan.

Adrián Dárgelos me irritó (pero dijo lo cierto) cuando en una entrevista junto al poeta Fabián Casas aseguró lo siguiente: “El rock ha muerto porque el rock fue rebeldía; ahora los jóvenes y sus padres comparten la misma música y con ello la rebeldía de ‘no pertenecer’ quedó sepultada”. Me niego aunque sea cierto pero es que haber conocido a The Strokes no fue un acto de rebeldía sino de conciencia. Alguna vez el escritor chileno Alberto Fuguet subrayó que todo lo que le va a servir en la vida a alguien lo consume entre los dieciséis y los diecinueve. De acuerdo. Pero, ¿qué le digo a la pareja de más de cincuenta que deletrea en su embriaguez exquisita: “Oh in the sun sun having fun it’s in my blood…”, mientras comulgan con dos copas de ginebra?

Is this It (2001)  no es un álbum que revolucione nada, sino más bien es el reconocimiento de lo ya transitado. Un camino conocido por algún regreso –de noche, sin el ser amado– carente de fecha precisa en el pasado. Una carretera donde amamos y la música era el soundtrack que le dio consistencia a dicha escena en la memoria. Es el sentimiento que dejó de ser por unos años pero que regresó a manera de fantasma para besarnos en la mejilla y decirnos (como nuestras madres nos decían): “Aquí estoy, no me he ido, siempre estaré contigo…”. Julián Casablancas es un héroe para algunos de mis alumnos y lo mismo conmigo (contigo). Es un eje. Un punto de cohesión de instintos ansiosos que nos emparentan. Al estar solo, frente a una banda de covers de The Strokes comprendo la insistencia de construir símbolos en las sociedades desde siempre: figuras que nos representen y digan lo que ya sabemos. Ejemplos que edifiquen la estructura de una generación que no coincide en edades, energía ni esbeltez, pero que gritará al mismo tiempo cuando se reconoce.

Andrés Caicedo afirmaba que “el libro miente, el cine agota, quémenlos ambos y no dejen sino música” y aquí coincido. Coincidimos. No es la letra, no es la imagen, sino es Julián quien me dice, junto al coro de este simulacro de lo no vivido, que aún respiro. Junto a todos. Para siempre. Aunque la edad nos diferencie. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *