Twitter es parecido al patio de una prisión: Antonio Ortuño

El caníbal ilustrado, editado por Dharma Books, es una pequeña carta de navegación sobre la forma en que ve la literatura.

Antonio Ortuño es, seguramente, uno de los mejores y más reconocidos escritores mexicanos en la actualidad. Ganó el Premio Herralde de Novela en 2007, con Recursos humanos, y diez años después se alzó con el Premio Ribera del Duero con La vaga ambición. Entre sus demás obras se encuentran El buscador de cabezas (2006), Ánima (2011), La fila india (2013), Méjico (2015), El rastro (2016), Agua corriente (2016), Ojo de vidrio (2018) y Olinka (2019). Este año publicó, con Dharma Books, El caníbal ilustrado, un compendio de columnas culturales; con semejante pretextazo le pedí una entrevista.

Me gustaría empezar diciendo que, si bien El caníbal ilustrado está compuesto por columnas publicadas hace ya cierto tiempo -veintidós años, algunas-, lucen sumamente vigentes. ¿Cuál fue tu reacción o sensación al leerlas, en cuanto al nexo entre el momento en que fueron escritas y la situación actual?

Traté, claro, de que el libro incluyera textos con vigencia y no vejestorios que requerirían decenas de páginas de contexto… Uno, como periodista, a veces debe escribir sobre temas que un día son importantes pero que a los pocos días o meses caducaron. El diario caduca y los libros quedan. Por ejemplo, ya no creo que sea crucial el tema de los blogs, que en su momento parecían un espacio literario que iba a cimbrar el medio y en poco tiempo quedaron convertidos, mayoritariamente, en reliquias. Por suerte la literatura es una materia muy vieja, con mucha historia tras de sí, y las respuestas que se encuentran al reflexionar sobre ella son siempre parciales. Pero las preguntas pueden ser eternas.

En los primeros textos del libro hablas sobre la envidia como protagonista de las relaciones humanas entre escritores (Cincuenta excusas para desdeñar a los escritores que no son tus amigos es extraordinaria), y poco más adelante niegas pertenecer a una generación de escritores determinada; dices que son, generalmente, los mismos periodistas quienes construyen esa idea. ¿Sigues viendo esa suerte de individualismo en el mundo literario mexicano?

Me parecería bastante absurdo que existiera alguna especie de unión de tipo gremial entre autores. Los soviéticos hicieron la suya, a fuerzas, y el resultado fue el esperable: censuraron a los talentosos y encumbraron a los lamebotas. La literatura nos individualiza: se escribe y se lee en solitario. Las lecturas colectivas son las de la iglesia y la escuela: vaya porquería. Otra cosa es que abunden las malquerencias y las envidias. Eso sucede en México porque la inmensa mayoría de quienes escriben se frustran. No encuentran quien los publique o quien los lea. El medio es muy cabrón con los autores jóvenes o noveles. Yo no creo que un autor o editor deba ser un “barco” con los jóvenes pero tampoco un estorbo. Y finalmente, lo de las generaciones es solo una comodidad para la crítica y no tiene nada que ver con los proyectos estéticos personales. Creo que alguien escribe de un cierto modo “porque así lo hace su generación” es un cándido o un bobo. 

Lo preguntaba, sobre todo, porque uno de los temas que también abordas en el libro es el del mercado editorial. Las casas españolas son plenamente dominantes; de pronto vemos sellos como Almadía, Sexto Piso, Era y demás -menciono éstas porque están actualmente en horas bajas, pero parecen también en estado de reinvención- que sobresalen con amplia calidad. Surge también Dharma Books, sello de El caníbal ilustrado, con nombres como David Miklos, Jaime Mesa, Luis Muñoz Oliveira… ¿Podemos ser optimistas con proyectos así?

Hay varios proyectos editoriales sólidos entre las independientes mexicanas. Desde luego que uno de ellos es Dharma Books, que editó El caníbal ilustrado, y a la que he tenido el gusto de ver nacer y crecer. Dharma se distingue por su catálogo y su trabajo gráfico, sin duda. Hay otros. Almadía, Sexto Piso y, desde años antes, Era, fueron por mucho tiempo las piedras angulares de la edición independiente mexicana. Pero hay más. Pienso en mi ciudad, Guadalajara, en donde han dado la batalla Paraíso Perdido y Arlequín hace años. Pienso en MoHo, que se ha mantenido y tiene su público. O Antílope. O Abismos. O Elefanta. Hay mucho talento editorial y eso, claro, permite ser optimista. Aunque la sartén, claro, la tienen los grandes grupos. 

Hace poco leía un tuit de Luis Reséndiz donde hablaba de la poca calidad y capacidad de análisis que reina hoy en día en las columnas de opinión, en general. Yo voy de acuerdo con él, pero creo que los textos que componen El caníbal ilustrado (y no es por hacerte la barba…) tienen una calidad y profundidad poco común. En el mismo libro dices que no eres periodista, sino escritor, a pesar de llevar a cabo esta actividad… ¿te sentías/sientes cómodo haciendo este tipo de textos? ¿cómo cambia tu proceso de escritura?

Escribir un artículo para un diario o revista no es como escribir un ensayo académico o “creativo”. El periodismo tiene unos parámetros, busca el interés general por encima de todo, y su lenguaje no puede ser hermético y oscuro y sus perspectivas no pueden ser intimistas. Incluso el muy especializado tiene que pensarse y ejecutarse para la plaza pública. Eso no significa que uno deba resignarse a la prosa de boletín que infecta a tantos medios ni a poner cosas como “el vital líquido”. Se puede (incluso creo que se debe) buscar un lenguaje personal en el periodismo y el artículo, pienso que más que la crónica misma, es un espacio para ese lenguaje más personal y más literario. 

Desde que te empecé a leer (en mi caso fue con Méjico), encontré un autor que, aunque resulte un poquito difícil clasificar, ubicaría en un estilo de realismo crudo. Y ese estilo creo que alcanza su punto más alto en Olinka. Aunque evidentemente no sea ficción sino una recopilación de columnas, me gustaría preguntarte cómo se inserta El caníbal ilustrado en tu bibliografía. ¿Lo ves en línea con los demás? ¿Es un desvío? ¿O en sí cada libro es una isla?

He tratado, desde hace tiempo, que cada libro busque cosas diferentes. El buscador de cabezas, El jardín japonés y Recursos humanos son libros que se escribieron entremezclados en los años y representan de algún modo mis mis libros de juventud y son los que identifico más con ese “realismo crudo”, me parece. Ánima es una sátira y una memoria, en un sentido un poco similar al de La vaga ambición. La Señora Rojo es ultraviolencia y humor negro. La fila india es una indagación social. Méjico, una novela de aventuras con trasfondo histórico (mis libros juveniles también lo son, en cierto modo). Olinka es una novela sobre envejecer y juega con el melodrama familiar mexicano… Quizá cada libro sea una isla pero entre todos forman un archipiélago, creo. El caníbal ilustrado, en ese sentido, es una pequeña carta de navegación sobre la forma en la que veo la literatura.

¿A qué escritores admirabas en tus inicios y a qué escritores admiras ahora? ¿Alguna vez quisiste parecerte, en estilo, a alguno?

Supongo que los entusiasmos de la juventud son más perdurables, pero no los únicos. Muchos autores me deslumbraron con los años, claro. Otros menos. Nunca fui muy fan del Boom, por ejemplo, salvo de Cabrera Infante, que aún me parece estupendo. Quizá porque leí antes de ellos a Borges y me siento más en casa en un libro de Chesterton que en uno de Fuentes. Mis autores de cabecera de la juventud fueron una multitud: Borges, Ibargüengoitia, Waugh, Saki, Rubem Fonseca, Juan Marsé, Martin Amis, Fogwill, Patricia Highsmith, Isak Dinesen, Angélica Gorodischer, Philip Roth, Mijail Bulgakov. Una mezcla de realismo con imaginación y de sátira con crudeza. Muchos poetas, también: ingleses como Tennyson o los prerrafaelistas, y también Pound, Eliot, Hughes, Cohen, Parra, Zurita, Maquieira. Y filósofos como Voltaire, Schopenhauer, Cioran o Stirner, que quizá sean más estilistas que pensadores, en cierto sentido, porque no crearon sistemas. Luego me han interesado otros autores. Uno no puede ser escritor con seriedad si se salta o nunca llega a Homero, Virgilio, Dante, Chaucer, Bocaccio, Cervantes… O sin los decimonónicos: Tolstoi, Dostoievski, Flaubert, Austen, Conrad, claro. Y sin los novelistas del modernismo: Joyce, Proust, Woolf… Y sin Nabokov. Hay que pasar por todas esas etapas o se queda uno leyendo El Principito y Bukowski, que están muy bien… Si nunca leíste nada más. 

Quiero confesarte que eres, junto a Miklos y Villalobos, mi tuitero favorito. Alguna vez Fadanelli dijo que Twitter no es más que una ventana desde la cual uno se desahoga lanzando al aire gritos que nadie quiere ni debería escuchar. ¿Crees en Twitter como un espacio de debate, o es mucho menos que eso?

Nah, sinceramente me caen mal las pretensiones trascendentes de Twitter. Creo que es más parecido al patio de una prisión. Algunos tratan de pasar inadvertidos y otros se agarran a golpes. 

Mencionas en algunas columnas de El caníbal ilustrado esto que me decías hace rato: de pronto se hace menos a los clásicos; quien escribe no necesariamente los ha leído, escudándose en que se siente más «atraído» por autores contemporáneos. ¿Por qué crees que pasa esto? ¿mera flojera de echarse un clavado a lo antiguo? A veces pasa lo mismo en ciertos «conocedores» del cine.

Un escritor serio debería ser un poco un investigador también. Mucha gente, hoy, da por solventados a los clásicos porque los lee nombrados en libros de teoría o análisis, pero no los lee. Y con “clásicos” no me refiero solo a griegos y romanos sino a toda la narrativa entre Cervantes y Joyce. Si uno se salta de jugar Candy Crush a la narrativa posmo y fragmentaria y anticlimática no va comprender nada. Hay que transitar el camino completo y encontrar el hueco que le corresponde a uno en ese mapa, así sea muy modesto.

Se sabe que tus gustos musicales oscilan, preponderantemente, en torno al rock más pesado; ¿La música tiene influencia en lo que tu obra? ¿Pones algo al escribir?

Escucho música siempre, escriba o no. Para mí, ha sido tan importante oír a Black Sabbath, a The Clash, a Motörhead y los Ramones como leer a Conrad y a Nabokov y a Borges. En el prólogo de Agua corriente digo que el tipo de rock que escucho ha sido una influencia estética principal y que me gustaría que quien lee mis cuentos encuentre algo de esa energía abrumadora que me gusta en el rock. Ojalá sea así.

¿Tuviste injerencia en la playlist que Dharma Books publicó en Spotify, inspirada por el libro? ¿Fue curaduría tuya?

Totalmente mía, viejo. Si alguien sube una canción a mi nombre, le pego.

Hablando de tus dos grandes filiaciones futbolísticas: ¿Está más cerca una época dorada de Chivas con Vucetich, o la conquista de Europa del Atlético de Simeone?

Nunca he sido fan de Vucetich, aunque lo respeto. Ojalá me equivoque pero no lo veo construyendo una “época dorada” en las Chivas. El Cholo está por encima de la Champions. No la ha necesitado para ser un grande. Y ha llegado a batir a Guardiola, a Klopp, a los grandes, siendo quien es. Por eso soy cholista y lo seré siempre. 

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