Categorías
Editorial

Umbral de una era

Media España se santiguaba escandalizada y la otra mitad aplaudía esperanzada: el 15 de octubre de 1975, una actriz de 27 años, María José Goyanes, aparecía sin ropa sobre las tablas del teatro de la Comedia de Madrid durante el estreno de la obra “Equus”. Fue el primer desnudo artístico femenino en España tras siete lustros de dictadura. La noticia seguramente llegó al palacio de El Pardo, y quizá por eso, 35 días después, Franco se acabó de morir.

En las butacas del teatro de la Comedia no podía faltar el cronista literario de Madrid y su noche, nadie mejor para relatar el acontecimiento: Francisco Umbral, dueño de la pluma más demoledora, escritor tan prolífico como arrogante, convidado habitual a las fiestas de las familias del jet-set, la política y la cultura, que luego retrataba en sus columnas casi siempre con mordacidad, a veces con acidez y otras tantas a punta de insultos, con el arma de la descalificación siempre cargada (si no, que se lo pregunten al exportero de los juveniles del Real Madrid, postrero cantante y vendedor récord de discos en todo el mundo, Julio Iglesias, al que se refería como “Sinatra de Pinochet”).

En aquel octubre del 75 en el que la Goyanes, tal como Umbral escribió en su crónica de aquella función, “tuvo el valor de desnudarse con un par (de ovarios) entre falangistas tempestuosos, políticos recelosos y marquesas a verlas venir”, llegó a las librerías, para no variar, un nuevo libro de Umbral, con título de pasodoble, Suspiros de España, en el que recopiló casi un centenar de artículos periodísticos, en uno de los cuales, para pegar la hebra, se valió de una presencia más recurrente que permanente en su obra, con la que Umbral tuvo, digamos, algunos devaneos: el futbol.

El futbol del que a Umbral le vino en gana soltar una opinión en 1975 no fue el que él había bautizado diez años atrás como “el fútbol caliente de Vallecas”, ese futbol sobre el que volvería a escribir en 1977 cuando el Rayo Vallecano llegó por primera vez a Primera, y del que habría de ocuparse en junio de 2007, dos meses antes de morir, cuando su memoria le dictaba que en la década de los 60 los futbolistas surgidos del barrio obrero eran “el mito erótico de las vallecanas”. Umbral aseguró haber sido del Rayo “toda la vida” y no, como podría suponerse, del Real Valladolid, criado como lo fue en Pucela. “Nunca ha sentido uno, con bastantes años de vallisoletanismo, el zarpazo morado y blanco de la camiseta local”, escribió para aclarar que nunca abrazó al equipo en el que Cuauhtémoc Blanco jugó 23 partidos —cómo olvidar su golazo de tiro libre al Real Madrid de Los Galácticos— y del que hoy es dueño Ronaldo Nazário “O Fenômeno”, bajo cuya conducción el club albivioleta acaba de regresar a la máxima categoría para la Liga 2022-2023.

Umbral bien pudo ser del Atlético de Madrid y no lo fue, a pesar de asistir consuetudinariamente al palco principal del estadio Vicente Calderón, invitado por Jesús Gil y Gil, donde tenía por costumbre acabar “ciego de coñac Torres y sin saber quién juega contra quién”, tal como recordó en su libro Crónica de esa guapa gente.

Si no era del Atlético, menos iba a ser del Real Madrid, del que detestaba las congregaciones multitudinarias para celebrar las conquistas de Ligas ya cantadas, ganadas desde varias jornadas antes de la última. Esos festejos le parecían tan artificiales como desenfrenados y lo llenaban de preocupación por la Cibeles, ya que, aseguraba, “a las diosas míticas de secano más vale no tocarlas demasiado porque luego se les cae la virginidad al charco bañándose en el agua municipal con Beckham”. Del Madrid también le disgustaba la transformación del Bernabéu convertido en “una especie de ciencia ficción acumulativa en su arquitectura camaleónica y mercantil” (y eso que, fallecido el 28 de agosto de 2007, Umbral ya no verá la remodelación que ha durado todo el tiempo que llevamos de pandemia de covid-19).

Ni pucelano ni colchonero ni merengue, Umbral era del Rayo. Se le acendró su rayismo siendo reportero, cuando se metía a los vestidores del estadio de Vallecas, su “ciudad sagrada del proletariat”, para entrevistar a su amigo “Felines”, cantante de regadera —lo testimonia Umbral— y extremo izquierdo hacedor de milagros, capaz de obrar dos ascensos del equipo franjirrojo al circuito estelar del futbol español: uno como jugador, con gol suyo, en la temporada 1976-77, y otro como entrenador en el ciclo 1988-89.

Pero no fue “el fútbol caliente de Vallecas” el que rondaba en la cabeza de Umbral en las postrimerías del franquismo. El que lo movió a escribir de futbol en esos días de incertidumbre fue un futbol al que le sientan a la perfección dos de los epítetos con los que Umbral calificó el histórico desnudo de la Goyanes: “escaso” y transgresivo”. Yo diría que en aquel tiempo era un futbol escaso por transgresivo y transgresivo por escaso. Me refiero al futbol femenino.

En un artículo intitulado precisamente así, “Fútbol femenino”, Umbral escribió:

«El otro día todavía pudimos asistir a un encuentro de fútbol femenino. ¿Qué fue del fútbol femenino? Que se quedó en nada. Mientras nosotros llevamos medio siglo corriendo detrás de la pelota, ellas, que son más listas o más prácticas, decidieron en seguida, nada más probar, que eso de la pelota no conducía a nada. Y lo dejaron».

El casi medio siglo transcurrido desde que escribió el artículo cuyo fragmento acabo de transcribir demuestra que Umbral cayó en un error de percepción. Octavio Paz diría que confundió el crepúsculo con el amanecer. Quizá Umbral no sabía que las futbolistas españolas que, según él, dejaron el futbol durante el tardofranquismo, tardo, pero franquismo, en realidad fueron presionadas para abandonarlo. “Desde la Sección Femenina de Falange se ordenó sabotear cualquier partido o iniciativa en pro del fútbol femenino”, afirma la periodista Mayca Jiménez, autora del libro Yo también quiero jugar al futbol. De acuerdo con el periodista e historiador del futbol Alfredo Relaño, la delegada de esa Sección en Valdemoro, Comunidad de Madrid, fue cesada por desoír la instrucción y apoyar la fundación de un equipo.

Pero ni así desistieron. Ninguno de los obstáculos que les pusieron fue suficiente para que las jugadoras claudicaran: armaron una selección nacional que sobrevivió en la clandestinidad durante nueve años.

Un probable acicate para mantenerse en el empeño quizá lo encontraron en la provocación que les lanzó el entonces presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), José Luis Pérez-Payá, exjugador de la Real Sociedad, del Atlético de Madrid y del Real Madrid, quien declaraba en enero de 1971:

«No estoy en contra del fútbol femenino, pero tampoco me agrada. No lo veo muy femenino desde el punto de vista estético. La mujer en camiseta y pantalón no está muy favorecida. Cualquier traje regional le sentaría mejor».

El “desagrado” de Pérez-Payá no se quedó en el juicio estético. Traspasó al plano de las decisiones institucionales y por eso la primera selección femenil española de futbol de la historia, la que organizó e impulsó el pacense Rafael R. Muga —quien publicó en 2015 el libro Las estrellas olvidadas, en el que homenajea al grupo de jugadoras que conjuntó para aquella epopeya—, tuvo que jugar su partido iniciático, contra a su homóloga de Portugal, sin el aval de la RFEF.

El 21 de febrero de 1971, en el estadio de La Condomina de Murcia, al árbitro del encuentro entre portuguesas y españolas, el sevillano Antonio Sánchez Ríos, no se le permitió portar el escudo del Comité Nacional de Árbitros (CNA) de la RFEF. Según Relaño, Sánchez Ríos tuvo que pitar “vestido de chándal”, en pants como decimos en México, en buzo como le llaman en Argentina, desautorizado como lo fue a portar el uniforme oficial de los silbantes.

Suscribo, aunque quizá descontextualizada, una de las afirmaciones de Umbral en su nada profética columna sobre el futbol femenil: “la mujer no tiene que aspirar a ser un hombre amateur”. Y es que en aquel tiempo a algunas de las jugadoras que sembraron la semilla del futbol femenil español se les trataba como remedos de los futbolistas varones de la época. Por aquellos días, en México, a Alicia Vargas, la más destacada de las seleccionadas mexicanas que consiguieron el subcampeonato en el primer mundial de futbol femenil, México 71, le decían “La Pelé”. Y algo análogo hacían en España con la portera de aquel primigenio combinado español, la valenciana Mari Carmen Arce, a la que, quizá con la intención de elogiar sus dotes para el juego pero en tácita asunción de que no podía tener un valor intrínseco sino sólo en referencia a un hombre, la apodaban “Kubalita”, por Ladislao Kubala, el responsable principal de que se construyera la casa actual del FC Barcelona, el Camp Nou, porque las 60 000 localidades del viejo estadio de Les Corts resultaron insuficientes para dar cabida al gentío que demandaba boletos para ver jugar al crack húngaro, cuyas actuaciones sobre el verde justificaron que el nuevo recinto ampliara el aforo en 50% (90 000 espectadores albergó el Camp Nou en su inauguración y sucesivas remodelaciones le dan actualmente capacidad para cerca de 100 000). Seguramente Mari Carmen no aspiraba a ser un hombre amateur. Pero así le pusieron: “Kubalita”. Una Kubala amateur.

Lo mismo le pasó a una de las compañeras de la “Kubalita” en aquella selección, la madrileña Concepción Sánchez Freire, a la que todos llamaban “Conchi”, y que vio cómo su mote familiar devino en “Conchi-Amancio”, cual si fuera no más que una mera émula de Amancio Amaro, el dos veces pichichi, campeón europeo de naciones en 1964 y de clubes con el Real Madrid en 1966. Y así se quedó para siempre: “Conchi-Amancio”, como si fuera una Amancio amateur.

En este verano de 2022, en que el club Pachuca de México anuncia la contratación de la madrileña Jennifer Hermoso proveniente del FC Barcelona, me pongo a pensar que ese fichaje nunca habría ocurrido de no ser por su causa remota: el deseo tan grande que mostraron la “Kubalita”, “Conchi-Amancio” —que logró contratarse profesionalmente en Italia e Inglaterra—, las otras 17 integrantes de aquella selección fundacional y también otras pioneras, como Inma Cabecerán, que tuvo la iniciativa de convocar a la creación de la rama femenil del Barça en 1970.

Sin ellas España no podría presumir su segundo Balón de Oro: el que merecidamente recibió la mediocampista catalana Alexia Putellas en 2021, 61 años después del que ganara el gallego Luis Suárez en 1960.

Ojalá no tarde mucho en llegar el día en que se escuche, durante la narración televisiva de cualquier partido de la rama varonil, que el futbolista que está a punto de entrar a la cancha es conocido desde niño como “El Putellas” Vázquez o Pérez o García. Sería de justicia.

Para la Real Academia de la Lengua Española, umbral es el “paso primero y principal o entrada de cualquier cosa”. Por eso digo que aquellas jugadoras españolas representan el umbral de lo que es hoy el futbol femenil español. Y lo hicieron contra todo. Alumbraron una era.

Por eso el valor que tuvieron al dar aquel paso primero y principal merece ser reivindicado como lo que fue en su tiempo: “una proclama democrática y libertaria frente al testamento franquista”, es decir, lo que fue para Umbral el desnudo de la Goyanes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *