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Un cuento de Maupassant: Sobre el agua

“Sur l’eau” apareció por primera vez el 10 de marzo de 1876, en Le Bulletin français

Guy de Maupassant afirmó: “Para que en verdad se sienta horror, se necesita más que la emoción del alma y más que el espectáculo de una muerte espantosa; se necesita un escalofrío de misterio o una sensación de miedo anormal…”

Seguimos con sus cuentos de terror. “Sur l’eau” apareció por primera vez el 10 de marzo de 1876, en Le Bulletin français. En esa publicación se tituló “En canot” y Maupassant firmó como Guy de Valmont. Después, apareció con el título actual en La Maison Tellier, en 1881. Mi traducción es de La maison Tellier. Œuvres complètes illustrées de Guy de Maupassant. Ollendorff, París, 1893, página 87.

El poema que aparece en este cuento es de Victor Hugo, se llama “Oceano Nox” y fue publicado en el poemario Les rayons et les Ombres en 1840. 

Sobre el agua

El verano pasado renté una pequeña casa de campo a la orilla del Sena, a varios kilómetros de París, y todas las noches iba a dormir ahí. Al cabo de una semana, conocí a uno de mis vecinos, un hombre de treinta a cuarenta años y el tipo más curioso que jamás había visto. Era un viejo barquero, pero un barquero empedernido, siempre cerca del agua, siempre sobre el agua, siempre en el agua. Seguro nació en un bote y seguro morirá en la botadura final. 

Una tarde que paseábamos a orillas del Sena, le pedí que me contara algunas anécdotas de su vida náutica. De inmediato el buen hombre se animó, se transformó, se volvió elocuente, casi poeta. Tenía una gran pasión en el corazón, una pasión devoradora e irresistible: el río. Esto fue lo que me dijo:

¡Ah! ¡Cuántos recuerdos tengo de este río que usted ve correr ahí, cerca de nosotros! Ustedes, los habitantes de las calles, no saben lo que es el río. Pero escuche a un pescador pronunciar esta palabra. Para él es una cosa misteriosa, profunda, desconocida, el país de los espejismos y las fantasmagorías, donde se ven, en la noche, las cosas que no son, donde se escuchan ruidos que no se conocen, donde uno tiembla sin saber por qué, como atravesando un cementerio: y, en efecto, es el más siniestro de los cementerios, ese donde no se tiene tumba.

La tierra es limitada para el pescador, y en la sombra, cuando no hay luna, el río es ilimitado. Un marinero no siente lo mismo por el mar. Muchas veces es duro y malvado, es cierto, pero el mar grita, aúlla, es leal; en cambio el río es silencioso y pérfido. No ruge, siempre fluye sin ruido y el movimiento eterno del agua que corre es más aterrador que las altas olas del océano. 

Los soñadores creen que el mar esconde en su seno inmensos países azulados, donde los ahogados ruedan entre los grandes peces, en medio de extraños bosques y cuevas de cristal. El río sólo tiene profundidades negras donde uno se pudre en el fango. Pero es hermoso cuando brilla bajo el sol naciente y cuando chapotea con dulzura entre sus orillas cubiertas de juncos murmuradores.

Un poeta dijo, hablando del océano:

¡Oh mareas! ¡Cuántas historias lúgubres conocen!

 Oleajes profundos, temidos por las madres arrodilladas,

 Ustedes cuentan las olas al subir la marea

 Y eso les provocan voces desesperadas

 En la noche, cuando vienen hacia nosotros.

Pues bien, creo que las historias que susurran los delgados juncos con sus pequeñas y dulces voces deben ser incluso más siniestras que los dramas lúgubres contados por los gritos de las olas.

Pero ya que me pregunta alguno de mis recuerdos, le contaré una aventura singular que me sucedió aquí, hace como diez años.

Vivía, como hasta la fecha, en casa de la señora Lafon, y uno de mis mejores amigos, Louis Bernet, quien ahora ha renunciado al canotaje, a sus pompas y a su desaliño, para entrar al Consejo de Estado, se instalaba en el pueblo de C…, como diez kilómetros más abajo. Todos los días cenábamos juntos, unas veces en su casa y otras en la mía. 

Una noche, cuando regresaba solo y bastante cansado, mientras movía penosamente mi gran bote, un océan de doce pies que siempre usaba de noche, me detuve unos segundos para recobrar el aliento cerca de la punta de los juncos, allá abajo, como doscientos metros antes del puente del ferrocarril. El clima era magnífico: la luna brillaba, el río resplandecía, el aire era apacible y dulce. Esa tranquilidad me tentó. Me dije que sería maravilloso fumar una pipa en ese lugar. La acción siguió al pensamiento; saqué el ancla y la arrojé al río. 

El bote, que volvía a bajar con la corriente, jaló la cadena hasta el final, luego se detuvo. Me senté en la popa, sobre mi piel de borrego, de la manera más cómoda posible. No se escuchaba nada, nada. A veces, sólo creía distinguir un ligero chapoteo del agua contra la orilla, casi imperceptible, y veía grupos de juncos más altos que adoptaban figuras sorprendentes las cuales por momentos parecían agitarse. 

El río estaba completamente tranquilo, pero me sentí emocionado por el silencio extraordinario alrededor. Todos los animales, ranas y sapos, esos cantantes nocturnos de las ciénagas, estaban callados. De repente, a mi derecha, casi junto a mí, escuché el croar de una rana. Me estremecí: se calló; ya no escuché nada y decidí fumar un poco para distraerme. Pero aunque era un fumador de pipas reconocido, no pude; desde la segunda calada sentí un mareo y la dejé. Me puse a canturrear: el sonido de mi voz era lamentable; entonces me acosté en el fondo del bote y miré el cielo. Durante un tiempo, estuve tranquilo, pero pronto los ligeros movimientos del bote me inquietaron. Me pareció que daba unas gigantescas sacudidas, tocando las dos orillas del río de forma sucesiva; luego sentí que un ser o fuerza invisible lo jalaba dulcemente hasta el fondo del agua para después levantarla y dejarla caer de nuevo. Me balanceaba como en medio de una tormenta; escuché ruidos a mi alrededor; me incorporé de un salto: el agua brillaba, todo estaba tranquilo.

Entendí que tenía los nervios un poco alterados y decidí irme. Jalé la cadena; el bote se puso en movimiento, luego sentí una resistencia, jalé más fuerte, el ancla no cedió, se había enganchado con algo en el fondo del agua, no podía subirla; volví a jalar, pero fue inútil. Entonces, con mis remos, hice girar la barca y la llevé río arriba para cambiar la posición del ancla. Fue en vano, seguía enganchada; fui presa de la ira y sacudí la cadena con rabia. Nada se movió. Me senté desanimado y reflexioné sobre mi situación. No podía siquiera imaginar en romper esta cadena o separarla de la embarcación porque era enorme y estaba clavada en la proa, sobre un pedazo de madera más grande que mi brazo. Pero como el clima aún era muy agradable, pensé que no tardaría, sin duda, en encontrar algún pescador que viniera a ayudarme. Mi desventura me había calmado; me senté y por fin pude fumar mi pipa. Tenía una botella de ron, bebí dos o tres vasos y mi situación me hizo reír. Hacía mucho calor, así que, en el último de los casos podía pasar la noche al raso sin grandes problemas.

De repente, sonó un golpecito contra la borda. Me sobresalté y un sudor frío me heló de pies a cabeza. Sin duda, este ruido venía de algún pedazo de madera arrastrado por la corriente, pero fue suficiente para que de nuevo me sintiera invadido por una extraña agitación nerviosa. Sujeté la cadena y la jalé con un esfuerzo desesperado. El ancla siguió firme. Agotado, volví a sentarme.

Mientras tanto, poco a poco, el río se había cubierto de una niebla blanca muy espesa que se arrastraba muy abajo, sobre el agua, de manera que al ponerme de pie, no alcanzaba a ver el río, ni mis pies, ni mi barca, sólo veía las puntas de los juncos, luego, más lejos, la llanura pálida por la luz de la luna, con grandes manchas negras que subían hacia el cielo, formadas por grupos de álamos de Italia. Estaba como sepultado hasta la cintura por una sábana de algodón de blancura singular e  imaginaba ideas fantásticas. Pensaba que intentaban subirse a mi barca, la cual ya no podía distinguir, y que el río, oculto por esta niebla opaca, seguro estaba lleno de seres extraños que nadaban a mi alrededor. Sentía un malestar terrible, tenía las sienes oprimidas, el corazón latía hasta ahogarme; y perdiendo la cabeza, pensé en salvarme nadando. De inmediato esta idea me hizo estremecer de miedo. Me vi perdido, a la deriva en esta bruma espesa, luchando en medio de las hierbas y los juncos que no podía evitar, jadeando de terror, sin ver la orilla e incapaz de regresar a mi bote, pues creí que me sería jalado por los pies hasta el fondo de esta agua negra. 

De seguro, tendría que nadar contra corriente al menos quinientos metros antes de encontrar un punto libre de hierbas y juncos para ponerme de pie, había nueve de diez posibilidades de no lograr orientarme en esa niebla y ahogarme, por muy buen nadador que fuera.

Trataba de razonar. Sentía una voluntad muy firme de no tener miedo, pero había en mí algo más que voluntad, y ese algo tenía miedo. Me preguntaba a qué podía temerle; mi yo valiente se burló de mi yo cobarde, y hasta ese día comprendí tan bien la oposición de los dos seres que existen en nosotros, uno desea, el otro se resiste y cada uno, por turnos, acaba con el otro.

Este horror tonto e inexplicable crecía y crecía para convertirse en terror. Permanecí inmóvil, los ojos abiertos, los oídos atentos; esperando. ¿Qué? No lo sabía, pero debía ser terrible. Creo que si un pez hubiera saltado en el agua, como pasa muchas veces, habría bastado para hacerme caer sin conocimiento.

Pero por un esfuerzo violento, terminé por recobrar la razón que se me escapaba. De nuevo tomé la botella de ron y bebí grandes tragos. Entonces se me ocurrió una idea: grité con todas mis fuerzas volteando de forma sucesiva hacia los cuatro puntos del horizonte. Cuando mi garganta quedó extenuada por completo, escuché. Un perro aullaba muy lejos. 

Bebí otra vez y me acosté a lo largo, en el fondo de la barca. Estuve así tal vez una hora, quizá dos, sin dormir, con los ojos abiertos y pesadillas a mi alrededor. No quería levantarme, pero lo deseaba violentamente; minuto a minuto lo retrasaba. Me decía: “¡Vamos! ¡Párate!” pero tenía miedo de moverme. Al final, me incorporé con infinitas precauciones, como si mi vida dependiera del menor ruido que hiciera y miré por encima de la borda. 

Fui deslumbrado por el más maravilloso, el más sorprendente espectáculo que se pueda ver. Era una de esas fantasmagorías del país de las hadas, una de esas visiones contadas por los viajeros que vuelven de muy lejos y escuchamos sin creerles.

La niebla que dos horas antes flotaba sobre el agua, poco a poco se había retirado y juntado en las orillas. Dejando el río completamente libre, había formado sobre cada margen una colina ininterrumpida de seis o siete metros de alto, radiante bajo la luna con el soberbio resplandor de la nieve. No se veía nada más que este río laminado de fuego entre dos montañas blancas; y allá arriba, sobre mi cabeza, se extendía una gran luna, llena, enorme, que iluminaba en medio de un cielo azulado y lechoso.

Todos los animales del agua se habían despertado; las ranas croaban de manera furiosa, mientras que, de vez en cuando, a la derecha y a la izquierda, escuchaba esa nota corta, monótona y triste lanzada hacia las estrellas por la voz cobriza de los sapos. Cosa extraña, ya no tenía miedo; estaba en medio de un paisaje extraordinario, incluso las singularidades más extrañas no podrían asombrarme.

¿Cuánto tiempo duró eso? No lo sé, terminé por adormecerme. Cuando abrí los ojos de nuevo, la luna se había ocultado, el cielo estaba lleno de nubes. El agua chapoteaba de manera lúgubre, el viento soplaba, hacía frío, la oscuridad era profunda. 

Bebí lo que me quedaba de ron. Luego escuché titiritando el crujido de los juncos y el siniestro ruido del río. Intenté ver, pero no podía distinguir mi barca, ni siquiera mis manos al acercarlas a los ojos. 

Poco a poco, la espesura del negro fue disminuyendo. De repente creí sentir que una sombra se deslizaba muy cerca de mí; grité, una voz respondió, era un pescador. Lo llamé, se acercó y le conté mi tragedia. Entonces puso su bote junto al mío y los dos jalamos la cadena. El ancla no se movió. El día era sombrío, gris, lluvioso, glacial, uno de esos días que traen tristezas y desgracias. Distinguí otra barca, le gritamos. El hombre que iba en ella se unió a nuestros esfuerzos; entonces, poco a poco el ancla cedió. La subimos lentamente, muy despacio, cargada con un gran peso. Al final distinguimos una masa negra, la jalamos y la pusimos a bordo:

Era el cadáver de una anciana que tenía una piedra enorme en el cuello.

Por Elena Preciado Gutiérrez

Traductora de inglés y francés. Ama la danza, los atardeceres y la poesía. (Maupassant, Guy de. Junto a un muerto y otros cuentos de terror. Sudamericana, Argentina, 2016.)

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