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Abrazo, beso y agito mis puños arriba

Sábado 26 de noviembre de 2022. Es primavera y sigo sin acostumbrarme a este jet lag de estaciones. Las temperaturas empiezan a subir conforme van pasando las horas de la mañana y la humedad te pega el cuerpo a las sábanas. Me despierto y me dispongo a ir al living. Mi pareja decide encender la televisión; está ansioso: el rumbo de Argentina en este mundial se decide en este partido. 

Empieza a hacer zapping y me muestra como en todos y cada uno de los canales hablan del mundial e, incluso, cuentan con una cuenta regresiva. Estoy perpleja, es un sentimiento puramente nacional. Miro hacia la ciudad a través del balcón y no veo a casi nadie en la calle. No dejo de salirme de mi asombro —me gustaría aclarar que vivo en una zona céntrica y el bullicio de la gente es usual. 

Cierto es que estoy viviendo en la ciudad del fútbol, como comentó un periodista en la Rai —canal de la televisión pública italiana. La Rosario del fideo Di María y Lionel Messi. Igualmente es una ciudad que cuando crees que no puede sorprender, lo hace. No obstante, creo que Argentina es así y vivir un mundial en ella, lo magnifica. Además, este mundial es el primero que se celebra en “verano”, para los que estamos en esta parte del hemisferio sur. Por primera vez en la historia de la FIFA se organiza fuera de los meses de junio y julio (verano en el hemisferio norte) debido a las altas temperaturas del verano catarí. 

«Vivir un mundial en Argentina, es otro nivel». No paro de repetirme esta frase y es que no hay de otra manera. Sigamos con mi (nuestro) día. Salimos de casa, dos horas antes del partido porque íbamos a verlo en un bar y la presión por ello iba in crescendo. De camino a nuestro centro de culto —dotar a un bar de grandeza, me cautiva, íbamos por la avenida de la costa y las calles estaban desiertas —cierto es, y me gustaría puntualizar fuera hacía unos 37 grados y sensación térmica de 40. Parados en un semáforo vimos un panel pequeño, de los que te avisan sobre seguridad vial y la velocidad máxima, vislumbramos: «Vamos Ángel, fideo, Leo…». Os lo he dicho, donde mires: sorpresa. 

Una vez llegamos a la tierra prometida, el bar estaba decorado con banderas argentinas, pelucas blanquiazules, habían vuvuzelas, la gente con la cara pintada ya sea con la bandera o con brillo para simular los colores: celeste y blanco. La primera impresión nada más llegar fue un sentimiento de fe y emoción. La gente del lugar creía en el equipo. Aunque se dejaban entrever el nerviosismo, este partido era decisivo para el pueblo Argentino y, aún más, contra México. 

Tuvimos suerte y nos corrieron a una mesa del fondo, es decir, muy cerca de la pantalla gigante. En nuestra mesa descubrimos dos pegatinas: una era la mascota del mundial y, la otra, Lo Celso. Este último es el jugador del Villareal —lo siento, pero he tenido que tirar un poco de hogar— que ha tenido que perderse el mundial debido a una lesión. En cuanto a la mascota se llama La’eeb, se trata de un turbante. En las culturales orientales este tipo de tocado es muy característico y en Qatar recibe el nombre de ghutra. El nombre de esta nueva mascota, que ha recibido miles de memes en esta semana de mundial, significa  jugador habilidoso.  

Siguiendo un poco más acerca de esta mascota que no deja indiferente a nadie, porque al principio no se sabía muy bien que era, en su presentación parecía un muñeco volador que surcó el estadio Lusail. Bueno pues para no sentirme muy lejos de casa y como anécdota esta marioneta gigante lo ha realizado la empresa Carros de Foc de mi pueblo, San Vicente del Raspeig en Alicante. 

De un momento a otro y entre cerveza y cerveza. El espacio se llenó por completo. Igualmente no quería constatar si había alguien afuera porque el calor es apabullante y más a la hora que se emitía el partido. Dentro estábamos en un buen sitio y con aire acondicionado. Nadie nos iba a mover y el partido iba a dar comienzo. 

A minutos para que arranque el juego, la tensión de la gente se iba manifestando. Una vuvuzela empitonada con ese característico ruido —para mí, horrible pero había que aguantarlo. Aparecen en pantalla los jugadores en el túnel de vestuarios y enfocan a Lionel Messi. El clamor de la gente por su ídolo, resultaba impactante. De verdad. 

Creo que vivo en una estación de incredulidad. Es impactante y encuentro cierta belleza en todo ello. Aunque no quisiera ponerme como Stendhal y decir: «Llamamos bello a aquello que es elogiado por el periódico y que produce mucho dinero».

No obstante, siguiendo con mi día pensaba en todos los enfrentamientos entre México y Argentina. De hecho este año tuve el placer de ir con mi pareja al Estadio Arena de Ciudad de México. Hicimos un tour por las instalaciones del estadio del Américas, recuerdo que el guía era un gran aficionado del Américas y del fútbol, discutía de forma “amable” con un padre que fue con su hijo que eran del Cruz Azul, fue algo sosegado —acá en Argentina no pasaría. Nos pudimos sentar en el estadio cerca de la estatua de Nachito y ahí pudimos comprobar la acústica del lugar. Fascinante. ¿Y cómo lo comprobamos? Gritando un gol. El guía nos iba eligiendo goles, pero todas las personas que estábamos ahí le replicamos. Yo recuerdo que me dijo el gol de Iniesta en la final del mundial y le dije que mejor Vinicius Jr dándole la decimocuarta Champions al Real Madrid, no le gusto. Sin embargo, peor fue mi novio quien el guía le dijo un gol de Di María, no recuerdo en qué, a lo que mi pareja le respondió: «No, el gol de Maxi Rodríguez en 2006 en Leipzig contra México». Casi no le dejo terminar y la cara fue digna de fotografiar. 

La rivalidad entre México y Argentina ha pasado por diversos momentos en los que el partido ha sido totalmente clave para el avance. Ambos equipos se han enfrentado siete veces a los largo de la historia y tres de ellas fueron en Copas del Mundo. De todos esos encuentros solo una vez ganó México. 

¿Y qué pasó esta vez? Siganme en la crónica. Cuando los jugadores salen del túnel de vestuarios y están dispuestos a cantar los himnos de sus respectivos países. Cuando empieza a sonar el himno la gente del bar empieza a cantarlo, miro a toda la gente. Sigo sin dar crédito. Cierto es que el himno de España no tiene letra, pero igualmente estoy impactada. 

Empieza a rodar la pelota por el césped. La gente no puede aguantarse nada. Están nervioso, en cada jugada, es palpable la tensión. Cierto es que he aprendido todas las palabrotas del mundo. No voy a reproducirlas en este artículo, porque creo que llegaría al límite de caracteres. Finaliza el primer tiempo con un empate sin goles. 

Un apunte rápido, ¿soy la única que le parece desmedido los tiempos de descuento? Y, por otro lado, ¿el tema del VAR no quita magia? Bueno cómo sea, se puede tratar en otro artículo. 

Este medio tiempo todo el mundo empieza a pedir de nuevo: cervezas, sodas, choripán (había una oferta, riquísimo aunque sigo prefiriendo los de carrito)… De repente, al lado del televisor una chica, imagino que del lugar, pone dos velas rojas, una estatuilla pequeña de Maradona, un pucho y el Gaucho Gil. Me quedé perpleja, ¿qué es todo ello?

El Gaucho Gil es un objeto de culto y devoción en Argentina no ha sido canonizado ni tienen la insignia de Santo pues la Iglesia Católica no lo acepta, pero tienen diferentes santuarios a los largo de las rutas del país. 

Existen muchas leyendas acerca de Antonio Mamerto Gil Núñez un gaucho de la ciudad de Pay Ubre en Corrientes. Aunque la más contada es que a mediados del siglo XIX, el Gaucho Gil estaba trabajando en el campo cuando empezó una relación romántica con Estrella Díaz de Miraflores, una viuda adinerada de su ciudad natal. Sin embargo, a los hermanos de la chica y al policía local no les gustaba la unión. Por ese motivo, Gil decide huir por miedo a las represalias y se alista como soldado en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) entre Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay. Cuando regresa también se le llama a luchar en la guerra civil contra el Partido Liberal. Sin embargo, el Gauchito Gil se negó por lo que es capturado como desertor en enero de 1878. 

Finalmente se le impone la pena máxima y es colgado de su pie en un árbol de espinillo, a 8 km de su pueblo natal, y degollado. Antes de su ejecución, Gil le dijo a su verdugo que su hijo estaba gravemente enfermo y que debía orar en nombre de Gil para implorar su curación. El verdugo siguió las instrucciones de Gil y su hijo se sanó. El verdugo volvió a la escena de la ejecución para darle a Gil un entierro digno. Así empezó la leyenda. 

Empieza el segundo tiempo, ¿será la ofrenda? El favorcito que se le pide al Gauchito cambia radicalmente la escena. Sale una Argentina encarando con ganas de pelear y así ocurre. Di María con esas facilidad que tiene para desviarse de los adversarios encuentra el hueco para centrar a Messi y en ese momento tira a puerta de manera rasa, un gol difícil. Y entra. En ese momento, tengo el recuerdo en cámara lenta. Veo como todo el mundo se levanta y grita: «GOL». Veo a mi pareja con ojos acristalados y con los puños hacia arriba celebrando ese momento. Veo como la gente se abraza, se besa, se emocionan. Vuelven a creer, aún más. Tengo ese recuerdo en la retina para siempre. 

Sigue el partido y parece ser que no se confían con el resultado porque México sigue resistiendo aunque con la moral en el suelo. En el segundo gol yo también me levanto y formo parte del jolgorio. Abrazo, beso y agito mis puños arriba. ¿Ya lo dije? El momento es envolvente y emocionante. Un gol precioso, además. 

Termina el partido y hay que salir con el auto a dar vueltas por el monumento tocando bocina. Se ve a la gente con las banderas, ondeándolas y gritando de felicidad por la victoria. Una victoria que les quita el mal trago del primer partido.

Ahora toca hacer una Kavala. Seguiremos disfrutando de la locura de este mundial en la ciudad del futbol. No me queda de otra. 

La gente sabe lo que pienso de este mundial. No obstante, como siempre recomiendo leer a buenas plumas. Este artículo de mi querido Ricardo López no pudo sintetizarlo de mejor manera.

Por Alba Otero

Periodista. Observar, escuchar y reflexionar, mi mantra periodístico.

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