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Cuando llega el terremoto

Falta esa chispa, esa sutil minucia que haga estallar el mundo en pedazos. Una grieta en la corteza terrestre que se trague a todos los predicadores de esta realidad. La nuestra. La esclavitud no es un oficio, por mucho que esté aceptado por el Consejo Regulador de turno.

Por: David Muñoz

Me he atado un pañuelo a la cabeza para evitar que me entren pelos en los ojos. Es algo que me desconcentra mucho. Y tengo que estar concentrado. ¿Pero concentrado en qué? Ahora mismo, supongo que en liarme un canuto y escribir algo que no sea: me estoy fumando un canuto, punto y seguido. No sé si me entendéis. Focaliza. Yo no voy de ese palo. Los que van de ese palo se suelen juntar para hablar de forma pedante sobre cómo ir de ese palo. La redundancia resulta abrumadora. Una vorágine de sandeces que no conducen a ningún sitio más que a la mediocridad absoluta del ser. Como ser francés y cenar a las siete, aunque tampoco tengo nada en contra de los franceses que cenan a las siete. Es cuestión de hábitos. Creo que es lo que suele decirse. No resulta divertido que alguien haya decidido contratarme. Ni para él ni para mí. Acostumbrado a un horario flexible, prácticamente líquido, me he visto azotado por el peso de la rutina. El despertador mañanero, que retumba en mis tímpanos con excesivo ímpetu, y el café tedioso de sobre se han convertido en mis aliados más afines sin los cuales volvería a convertirme en una lacra social. Lo siento, no pienso hacer ni un punto aparte. Vas a tener que joderte. Así me siento cuando tengo que atender a las responsabilidades del capital: una sucesión condensada de síncopes que vulnera sueño y vigilia. Doble jodienda, porque seguiré sin hacer un punto aparte

Me había precipitado. Era necesario un punto aparte. Será cosa de la vida laboral. Yo qué sé. Sigue siendo mejor que trabajar en una oficina. Los yupis han vuelto, y la mayoría de ellos se jactan de sus trabajos y sueldos inflados, de las clases de esquí de sus hijos, de lo buenas que están sus mujeres y las horas que hacen de crossfit al día. Pobres tipos. Lo que en el fondo desean es pegarse un tiro en el mentón para no tener que oírse a sí mismos. Garrulos idos a más, chupasangres venidos arriba, cuya vida se resume en reunirse con amigos que se jactan de sus trabajos y sueldos inflados, de las clases de esquí de sus hijos, de lo buenas que están sus mujeres y las horas que hacen de crossfit al día. Menudo desperdicio de tiempo. Todo el mundo sabe que el crossfit es una mierda. Han convertido el hacer el papanatas en una secta de gente mazada a lo Rambo cuya única finalidad es ponerse más tocha. Y mientras, yo estoy aquí, hablando de ello en un cúmulo argótico de sinsentidos. Falta esa chispa, esa sutil minucia que haga estallar el mundo en pedazos. Una grieta en la corteza terrestre que se trague a todos los predicadores de esta realidad. La nuestra. La esclavitud no es un oficio, por mucho que esté aceptado por el Consejo Regulador de turno. Por mucho papel que den. Lo que hace falta aquí es un buen terremoto que remueva toda la mierda, que sirva de abono para las nuevas generaciones. Generaciones perdidas entre tantas altas frecuencias. Es algo que desorienta, desorienta tanto como que te entre pelo en los ojos. Y ahora mismo, yo tengo un montón. Focaliza de nuevo. Estad atentos a los temblores, que no os pillen en bragas como me han pillado a mí.  

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