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Historias

El espejo

Te escribo esta carta ahora, que todavía no se van del todo los recuerdos de mi cabeza.

Dianita:

Desde que eras niña me deleitaba escuchándote contarle historias al espejo que colgaba en la entrada de Lerendipia. Ese maravilloso espejo de cristal de roca, del siglo XIX, tallado en madera con pan de oro, que guarda muchas historias, especialmente una que jamás le conté a nadie y que hasta ahora me animo a confesarte.

Un día que acababa de abrir la tienda de antigüedades, me encontraba limpiando algunos objetos de porcelana, mientras tu abuelo me ayudaba a acomodarlos. De pronto entró una mujer con un semblante que emanaba cierto desasosiego. Traía una maleta muy grande de piel, la abrió y sacó de ella un espejo con un marco precioso color dorado, que medía aproximadamente un metro de largo y 60 cm de ancho. La señora me dijo que era una reliquia que había estado muchos años en su familia, pero que quería deshacerse de él porque le había traído desgracia a su casa. Creí que sólo se trataba de una superstición, una de las tantas que cargan los objetos místicos. El marco de madera tenía algunas fracturas y rayas en la hoja de oro. Revisé cada detalle, nada que no pudiera repararse. Estaba a punto de valuarlo cuando la mujer me detuvo y me dijo que no deseaba absolutamente nada a cambio, simplemente deshacerse de él.

Me confesó que quería tirarlo, pero que su hermana la había convencido de traerlo conmigo. Tu abuelo se acercó inmediatamente porque dudó que la señora tuviera buenas intenciones, pensó que me estaba tomando el pelo, pero yo noté que aquella mujer estaba demasiado afectada como para engañarme. Antes de recibir el espejo, le ofrecí tomar un café. Ella aceptó. Más tardé en preparar el café que ella en romper en llanto, y, entre profundos sollozos, me aseguró que el espejo estaba maldito. La mujer nos confesó que en aquel hermoso objeto de cristal habitaba una niña. Tu abuelo y yo volteamos a vernos con la curiosidad desbordando en nuestras miradas. La mujer no paraba de llorar. Después de algunos minutos pudo recobrar el aliento y sólo se limitó a decir que no se había deshecho antes del espejo porque era la única herencia que tenía de su madre, pero que definitivamente ya no podía conservarlo.

Tu abuelo le dijo que lamentaba que estuviera tan afectada y que si no nos contaba un poco más, no podíamos ayudarla. La mujer se tensó, agarró el espejo y amenazó con romperlo. El sólo imaginarlo me pareció atroz y espantoso. Mientras tu abuelo la invitaba a retirarse, lo interrumpí e impulsivamente le dije que sí conservaríamos el espejo. Tu abuelo me miró con absoluta reprobación. La señora se paró en seco y salió inmediatamente sin dejar rastro, no tuve oportunidad siquiera de preguntarle su nombre. Fue la primera y la última vez que la vi. En cuanto abandonó la tienda, tu abuelo me pidió que me deshiciera del condenado cristal. Le dije que sí, que al día siguiente lo haría, pero no pude dejar de pensar en la historia que, verdadera o falsa, el espejo guardaba. Traté de no sugestionarme y pensé que la idea de Lerendipia era darle una nueva oportunidad a cada objeto que llegaba a mi vida. Así que durante la madrugada bajé a la tienda y me dispuse a reparar el marco del espejo. Al amanecer lucía como nuevo. Tu abuelo me cuestionó duramente por no deshacerme de él, pero al final logré convencerlo que era una pieza sumamente hermosa que no tardaría en venderse.  

Coloqué al espejo justo en la entrada de la tienda de antigüedades y le inventé una nueva historia. Las personas que pasaban por la calle se sentían muy atraídas por él e inevitablemente entraban a Lerendipia; era como un imán. Cuando me preguntaban por su pasado les contaba que había cruzado el Atlántico en un barco y que le había pertenecido a una hermosa mujer de una familia virreinal. A la gente le gustaba escuchar esa historia. La mayoría de las personas permanecían mucho tiempo frente a él, inmóviles, como si el espejo les hablara. Muchas veces estuve a punto de venderlo, pero casi siempre sentía cierta energía negativa cuando insistentemente querían llevárselo, así que exageraba su precio. A veces intentaban negociar conmigo, pero al final terminaban por llevarse otros objetos. Confiaba en mi intuición e, influenciada por su supuesto espectral pasado, prefería ser yo quien siguiera conservándolo.

Un día, mientras lo limpiaba, me quedé contemplándolo. Clarito vi a una niña de cabello rizado sonriéndome. Una sensación helada recorrió mi cuerpo, cerré y me froté los ojos, estaba segura que se trataba de una alucinación. Cuando volví a abrirlos vi como una niña de aproximadamente cuatro años, con un vestidito blanco, poco a poco se alejaba diciéndome adiós. En el reflejo la pequeña se desvanecía entre todos mis grandes tesoros. Había experimentado antes otras situaciones mágicas y misteriosas con otros objetos, pero esa vez fue diferente. No me causó realmente miedo, sino una profunda inquietud por saber un poco más de aquella niña. Desde aquel día su recuerdo me acompañó todos los días. Volví a tener otros encuentros fugaces con ella, donde siempre sonreía y al instante desaparecía. 

Varios años después, cuando llegaste a nuestras vidas, conforme ibas creciendo me recordabas mucho a la niña del espejo. Poco tardé en darme cuenta que ya te conocía desde antes que nacieras. Eras aquella niña a través del cristal. Jamás le conté esto a nadie, ni siquiera a tu abuelo que había olvidado la historia que aquella mujer nos contó y que había terminado por creer mi versión. 

Desde que empezaste a caminar y a hablar te sentiste seducida por el espejo, pero no te obsesionabas como el resto de las personas que se veían en él, tú veías más allá de tu propio reflejo. Al principio debo reconocer que una parte de mí se inquietaba muchísimo. Temía que vieras algo más, así que te pedía que te alejaras de él con el pretexto de que la luna o el marco pudieran romperse y tú salieras herida. Tú sólo te limitabas a decirme que  serías cuidadosa, te alejabas un poco y te sentabas en el piso frente a el; le mostrabas tus juguetes y siempre le contabas historias. Desde chiquita tuviste esa habilidad, e incluso eras capaz de sentir y percibir cosas que los demás no. 

Las primeras veces que te escuché hablar con los trastes, los muebles y el resto de los objetos, creí que me imitabas, pero con el tiempo me di cuenta que creabas una conexión con ellos, particularmente con el espejo que se convirtió en tu confidente, en el guardián de tus secretos. Te fascinaba estar en Lerendipia y a mí me encantaba tu compañía. Era como si las dos pudiéramos viajar en el tiempo a través de las historias que desprendían todas las cosas. Disfrutaba mucho verte admirar y cuidar cada una de las antigüedades que había en la tienda. Antes de ti me afligía el futuro incierto de cada una de ellas, pero cuando descubrí que tenías la misma pasión por el pasado, dejé de preocuparme por todas mis pertenencias.

Te escribo esta carta ahora, que todavía no se van del todo los recuerdos de mi cabeza. Sé que mantendrás a Lerendipia vigente, así que sólo quiero pedirte que conserves en tu vida cuatro cosas: una de ellas es el espejo; las demás las descubrirás con el tiempo… 

Cuídate mucho, Dianita, y cuida mucho a nuestro mayor tesoro: tu mamá.

El espejo es la cuarta entrega de la serie Lerendipia.
PRIMERA ENTREGA: ROSENKRANZ
SEGUNDA ENTREGA: LAS CHINAS POBLANAS
TERCERA ENTREGA: LERENDIPIA

2 respuestas en “El espejo”

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