Lerendipia

Mi abuela se convirtió en una de los pioneras en vender antigüedades en el famoso barrio de los sapos, ubicado en el corazón del centro de Puebla.

Zita y Leonel se casaron al poco tiempo. Mi abuelo le pidió a mi abuela que se mudara a su casa, pero ella se negó tajantemente. Tenía tantas cosas que le parecía impensable mover su invaluable colección a otro lugar. Además, la casona era lo suficientemente grande como para que iniciarán una vida juntos. Mi abuelo terminó aceptando, pero con la condición de que le permitiera restaurarla, ya que con el paso del tiempo y el vaivén del mesón, la casa se había deteriorado mucho.

Mi abuelo poco a poco fue remodelado varias áreas de la casona. Comenzó por el mesón; restauró las puertas, las sillas y las mesas, sin tocar la cocina que ni su esposa ni sus cuñadas le permitieron. Después prosiguió por el patio, los balcones, y un par de habitaciones. 

Mi abuela, que amaba observar el paso del tiempo en las cosas que la rodeaban, a veces se sentía un poco intimidada por las renovaciones de su esposo. Un buen día, a mi abuelo se le ocurrió pintar las paredes de una de las habitaciones donde mi abuela tenía sus más preciados tesoros. Tras una jornada pesada en el mesón, mi abuela subió a descansar a su habitación cuando se percató de un fuerte a olor a pintura, atraída por él, descubrió a mi abuelo irrumpiendo en su lugar sagrado. Entró a la habitación y vio que varios de sus objetos estaban en el piso, incluidos uno de sus espejos preferidos. Mi abuela estaba enfurecida, para ella mi abuelo había cruzado la línea. Comenzaron a discutir. Mi abuelo no entendía su enojo, él sólo había colocado las cosas en el suelo para poder pintar cómodamente las paredes sin manchar sus pertenencias, pero mi abuela estaba decepcionada por no haber sido consultada en esa decisión. Leonel intentó disculparse, pero entre más argumentaba, Zita más se enfadaba. De pronto se le ocurrió decirle que él sólo quería darle un poco de vida a todas las cosas que tenía arrumbadas. Esa frase destrozó a mi abuela, que ni siquiera pudo responder a tan grande ofensa. 

Salió llorando de esa habitación y se dirigió a la principal, se recostó en su cama, ahogándose en sus propios sollozos hasta quedarse dormida. Esa madrugada mi abuela despertó con una terrible inquietud. Había soñado que sus grandes tesoros guardados cobraban vida. En aquel sueño, había escuchado a una de sus viejas jaulas narrarle al resto de los muebles, juguetes y demás objetos, sobre las aves que había tenido en cautiverio. Aquella idea la perturbó de sobremanera. Recordó que cuando era niña inventaba y escribía relatos sobre las cosas que encontraba, pero con el paso del tiempo había olvidado ese hermoso hábito.

Se paró bruscamente de la cama y fue hasta su armario, se metió hasta el fondo entre su ropa y la de mi abuelo y sacó un pequeño veliz de madera, desgastado y dañado por la polilla, ahí guardaba sus más valiosos recuerdos de la infancia. Buscó sin éxito aquellos relatos y sólo encontró pedazos de hojas, con frases ilegibles. Parecía que algo se había derramado en ellas y las letras se habían desvanecido. Se entristeció mucho. Pensó que era una señal, y reflexionó sobre lo que le dijo mi abuelo y sobre las vidas pasadas que habían tenido cada uno de sus hallazgos. En un arranque le pasó por la mente deshacerse de todo, regalarlo a quien quisiera, pero nadie mejor que ella sabía el gran valor que tenía cada cosa, y aunque para ella eran auténticas riquezas, también sabía que nadie le daría el valor que merecían si no fuera ella quien se lo pusiera.

Se convenció de que todas sus cosas merecían otra historia, la posibilidad de volver a tener vida, de tener un nuevo hogar y de acompañar a una nueva familia. Entonces decidió abrir una tienda de antigüedades. Sabía del éxito que tenían en otros lugares y que había muchas personas como ella, dispuestas a dar mucho por tan sólo un trozo de antaño.

Así fue como abrió Lerendipia, inspirado en la palabra serendipia, que significa precisamente un encuentro o descubrimiento afortunado y sustituyó la “s” por la “l” en honor a la inicial del nombre de mi abuelo: Leonel, que fue su mayor hallazgo en la vida.

Mi abuela se convirtió en una de los pioneras en vender antigüedades en el famoso barrio de los sapos, ubicado en el corazón del centro de Puebla, donde se ha convertido en una visita obligada de habitantes y foráneos amantes del pasado.

Lerendipia, en muy poco tiempo se convirtió en el anticuario más conocido y respetado del barrio, sobre todo por las mágicas historias que guardaban cada uno de sus objetos. 

*Lerendipia es la tercera entrega de la serie Lerendipia.
PRIMERA ENTREGA: ROSENKRANZ
SEGUNDA ENTREGA: LAS CHINAS POBLANAS

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