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Editorial

El sistema de los otros

Ahora siento como si nos hubieran arrastrado inconscientemente durante años por rutas marcadas para terminar en un precipicio.

He hecho todo lo que el sistema me ha pedido. Estudié durante cuatro años una carrera, realicé un máster porque me decían que era la única vía para poder encontrar un hueco en el mercado laboral y me formé en danza clásica en el conservatorio durante diez años. Siempre he sido una buena alumna, porque el sistema me prometía que así “llegaría” lejos. La meritocracia decían. Lo que se olvidaron de mencionar es que no había destino al que llegar. Ahora siento como si nos hubieran arrastrado inconscientemente durante años por rutas marcadas para terminar en un precipicio. 

Estos días he reflexionado mucho sobre aquello que formaba ese “prometedor” camino. Me han venido a la mente frases maravillosas pronunciadas por profesoras casi sacadas de Suspiria, en las que nos recordaban que ninguna de nosotras se convertiría en bailarina. Por no hablar de la esperada presentación de periodismo en la universidad, en la que nos subrayaban que desde la crisis del 2008 se habían destruido alrededor de 18.000 puestos de empleo de periodista y nos invitaban a irnos: “Aún estáis a tiempo”. Mi mejor amiga no lo dudó: se fue para no volver a esas aulas. Y para rematar, las famosas entrevistas de trabajo: realicé una en la que me dijeron que el máster que estaba estudiando no servía para aprender a escribir sobre esa materia específica: como si hubiera algún método o alguien capaz de enseñarte. Casualidad que luego se sirvieran de otro alumno como becario para no tener que contratar a alguien en plantilla. También llegué a resolver diferentes test matemáticos para un puesto de redactor de cursos de idiomas. Sí. Matemáticas. Lo cierto es que todos ellos me han dado las herramientas para formarme en diferentes ámbitos, pero luego ha sido el propio sistema el que no me deja aplicarlas. ¿Acaso son “revolucionarias”? Es como cuando nos decían en las aulas que las personas más “inteligentes” eran las que más preguntaban, pero cuando lo hacías básicamente te respondían que reformularas la pregunta porque estaba mal planteada.

¿Y qué he hecho yo mal? Quizás nada. O quizás todo. No lo sé. Lo único que sé es que he llegado a la conclusión de que ese sistema se ha empeñado en convertir  mis pasiones y mis sueños en términos de negocio y en cuestiones monetarias, y en que todo tiene que ver con la productividad. Escucho a personas de mi alrededor decir que se “sienten mal” porque no son productivas, que no aprovechan los días o que no le ven salida “útil”(rentable) a su camino. Y lo peor de todo es que yo a veces también he tenido ese pensamiento y sentimiento: es escalofriante y no sé como sacarlo de mi mente. 

En estos días se han publicado muchos artículos sobre mi generación, una a la que no paran de etiquetar, que definen como aquella situada entre dos crisis y que será la primera en vivir peor que sus padres. Nos definen como narcisistas, individualistas, adictos a los selfies y a las redes sociales. Confieso que puede que me mire al espejo y encuentre algo de ello. Al fin y al cabo pertenezco a ella. Pero soy consciente de ello. Y eso ya es un gran paso. Sin embargo, creo que lo que se olvidan de decir es que todo eso que les es tan fácil catalogar, es fruto de algo generado durante muchos años, que interesa que exista. Mirarse el ombligo y levantar la mirada únicamente para consumir publicidad es un gran aliado para que nada cambie. Pero no os equivoquéis, no es un factor que únicamente caracterice a mi generación. Si durante esta pandemia solo habéis pensado en cuándo abriría vuestra “terraza” favorita, también deberíais miraros en el espejo. Es un buen ejercicio. No solo el del gimnasio. 

Permitidme que hable de aquello que estudié. Aunque no tenga experiencia, como me repiten continuamente. No sé por qué, pero he acabado pensando en el gremio periodístico como una especie de secta formada por una estructura piramidal, por diferentes escuelas y por puertas giratorias. La cúspide del individualismo y del “bienquedismo”. De hecho, en las aulas nos decían que uno de los mejores consejos  que podían darnos era no compartir jamás la libreta de contactos. Ahora lo entiendo. Es la única manera de entrar fácilmente en algún sitio. Lo podríamos definir como una organización que ahora proclama la búsqueda de nuevas voces, pero esas se encuentran en las escuelas más bajas de la pirámide y les cuesta subir posiciones. No voy a negar que admire y quiera imitar a muchas, incluso trabajar en algunas de ellas, pero de momento nadie me paga por escribir y me puedo permitir el lujo de redactar estas palabras. 

Por cierto, el sistema también me había dicho que debía o no vestir, para seguir con su proceso de etiquetado. Porque cualquier error de fábrica puede conllevar la destrucción de toda la producción y el colapso de la fábrica. He conocido a personas que me han confesado que solo por la primera impresión, teniendo en cuenta mi forma de vestir, les había parecido arrogante o clasista. Casi todas mujeres. La dictadura de la imagen no entiende de género o de ideologías. Muchos también han coincidido en haberse llevado una grata sorpresa al conocerme: “No te imaginaba así”. Por supuesto, el sistema me había enseñado que debía contestar a estas personas con una sonrisa en la cara, no fuera a ser que mi estado emocional se alterara. Acabo de descubrir que la educación emocional ha sido un pilar fundamental de nuestro sistema educativo. 

Hay muchas ocasiones en las que ser coherente es un gran ejercicio de incoherencia. Y este es uno de ellos. No os escandalicéis si me veis escribiendo así por primera vez. Siempre he pensado de esta manera. Solo que ahora estoy empezando a descubrir que existe otro sistema, el de los otros. Aunque es muy difícil poder acceder a él viviendo en la segunda ciudad más sucia de España, envuelta en un patriotismo de banderas manchadas por excrementos de perros.

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