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Las chinas poblanas

Zita era una muchacha atractiva, de tez morena, alta, con piernas largas y torneadas, cabello negro rizado y ojos rasgados.

Tras la muerte de mi bisabuela, mi abuela se quedó viviendo sola en una de las casonas más viejas de Puebla, ubicada en la 6 Sur, en el barrio de los sapos, llamado así porque en la época virreinal el río San Francisco se desbordaba continuamente, lo que provocaba inundaciones y la aparición de ranas y sapos.

Durante su duelo comenzó un negocio de comida con dos de sus hermanas: Dolores y Consuelo. Los lugareños las llamaban las chinas poblanas, por su aparente linaje asiático y también por su gastronomía típica de la ciudad de los ángeles. Las hermanas empezaron a adquirir cierta popularidad debido a sus dotes físicos, pero principalmente al talento culinario que habían heredado de mi bisabuela. Al principio sólo le vendían comida a algunos amigos y conocidos de alrededor, pero ante el éxito que tuvieron, adaptaron la planta baja de la casona y la convirtieron en un pequeño mesón, un lugar muy tradicional de comida poblana, dónde ofrecían su especialidad: un exquisito mole poblano (receta secreta de la familia), acompañado de arroz rojo y de tamales de frijol o anís. Además del mole, cada día preparaban un menú distinto: enchiladas, chalupas, sopes y molotes. El chile y el maíz eran los principales invitados en la fiesta culinaria que hacían diario. También tenían un don con los postres: el arroz con leche, la conserva de tejocote, el dulce de calabaza de castilla con piloncillo, sus deliciosos panqués con ralladura de naranja y canela y las tortitas de Santa Clara eran los más aclamados; pero lo que sus fieles comensales esperaban deseosos cada año durante los meses de julio, agosto y septiembre, eran sus excelsos chiles en nogada, con los que indudablemente se deleitaban.

El mesón de las chinas poblanas se convirtió en uno de los lugares más concurridos del centro de Puebla, gracias a su exquisito sazón que enaltecía el mestizaje gastronómico entre la cocina prehispánica y española. Mi abuela iba diario a dejar comida a La Pasita, la cantina más afamada de la ciudad, popular por su tradicional bebida: ‘Pasita’, un licor de pasa preparado artesanalmente que sirven acompañado de una pequeña porción dequeso y fruta seca. El dueño de la cantina había sido muy buen amigo de mi bisabuela, por lo que mantenían una estrecha relación con él.

Zita era una muchacha atractiva, de tez morena, alta, con piernas largas y torneadas, cabello negro rizado y ojos rasgados, que inevitablemente llamaba la atención. La Pasita siempre estaba llena de hombres que no dudaban en intentar cortejarla y asediarla, pero ella educadamente los ignoraba. Mi abuela había aprendido a evitar las miradas lascivas, por lo que sólo se enfocaba en dejar las viandas de comida y salir a prisa.

Un buen día, mi abuela accidentalmente derramó uno de los guisados que llevaba sobre un joven que se encontraba cerca de la barra. Era muy alto, apiñonado y tenía el cabello ondulado color castaño. El guisado caliente cayó justo sobre sus piernas, el pobre hombre pegó tremendo grito. Mi abuela muy apenada intentó reparar el daño y limpiarlo, pero la quemadura había traspasado el pantalón. Se sentía muy avergonzado, jamás imaginó que el primer encuentro con aquella mujer que tanto le fascinaba fuera así.

Semanas antes él había llegado a la cantina por casualidad, mientras tomaba algo para refrescarse. Mi abuela entró a dejar la comida. Desde que la vio se sintió cautivado por su belleza, esperó a que se fuera y preguntó por ella. El dueño del recinto le dijo que iba todos los días casi a la misma hora. Desde aquel día, empezó a ir diario, con la idea de hablarle e invitarla a salir, pero había descubierto que no era el único interesado y que ella desdeñaba cualquier oferta. Ella ni siquiera se había percatado de su presencia, pero seguía acudiendo con la esperanza que da la sublime idea del amor a primera vista y anhelaba que algún día por fin lo viera. Llegaba una hora antes, bebía algo y se iba poco después que ella. Pero ahora que tenía toda su atención y que además estaba preocupada por él, no le salían las palabras adecuadas. Mi abuela no paraba de disculparse y preguntarle si estaba bien, pero él no decía nada.

Zita lo sacó de la cantina y le pidió que la acompañara al mesón para curarlo; al principio se negó, pero cuando sintió su suave mano en su palma, no pudo resistirse. El mesón estaba a unos cuantos metros, cuando entraron, sus hermanas se espantaron, el joven gritaba de dolor y Zita lucía bastante afectada. Mis tías no entendían lo que sucedía, mi abuela sólo se limitó a pedirles una cebolla y el frasco de miel, y al joven le pidió que se quitara los pantalones. Él se negó rotundamente, se sentía tan incómodo, pero ante la insistencia de mi abuela y su malestar, terminó cediendo. Zita le puso varias capas de cebolla sobre sus muslos, para reducir el ardor yevitar ampollas. Después de un rato las retiró y aplicó un poco de miel para ayudaral proceso de cicatrización. Aparentemente la quemadura no había sido tan grave.

Mi abuela después de haber aplicado sus infalibles remedios caseros, y tratando de ser lo más cordial posible con aquel joven, se presentó y le dijo, -soy Zita Palacios, le extendió su mano mientras le preguntaba -¿y usted, cómo se llama?, el joven estaba tan nervioso, que titubeó un poco en darle la mano, porque le sudaba demasiado, pero terminó por extenderla tímidamente y le dijo, -yo me llamó Leonel Pardavé, encantado. Zita le ofreció un poco del huaxmole que habían preparado ese día, mismo que había derramado sobre él. Leonel se sentía como en un sueño, no esperaba que aquella muchacha a la que llevaba varios días admirando, por fin supiera de su existencia y además fuera ella quién lo invitara a comer.

Mi abuela le sirvió en una pequeña cazuela de barro, el mole de caderas, como también se le conoce, junto con unas tortillas de maíz recién hechas. Al primer sorbo del guisado sintió un sutil calor que recorrió todo su cuerpo, estaba delicioso, quería devorarlo todo, pero no quería parecer descortés. La carne de chivo, el caldillo con sabor a chile guajillo y los ejotes bien cocidos hacían un baile en su paladar. En ese momento supo que mi abuela sería la mujer de su vida.

*Las chinas poblanas es la segunda entrega de la serie Lerendipia.
PRIMERA ENTREGA: ROSENKRANZ

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