Rosenkranz

Zita era una exploradora y, aunque nunca tenía claro lo que buscaba, siempre estaba a la expectativa de un gran hallazgo.

De niña mi abuela salía por las tardes a andar en bici por el centro de Puebla. Era una exploradora y, aunque nunca tenía claro lo que buscaba, siempre estaba a la expectativa de un gran hallazgo. A veces regresaba a casa con piezas de juguetes rotos, relojes antiguos, cajas viejas de madera, muñecos cojos y sin ojos. No tenía reparo en recoger cualquier objeto que llamara su atención y atesoraba cada uno de sus descubrimientos. Poco tardó en darse cuenta que se había convertido en una coleccionista. Por otro lado, sabía que en su casa no era bien recibida con ninguna de las cosas que se encontraba. Para la familia se había convertido en una acumuladora de basura y cosas viejas, así que enterraba los objetos en el gran patio de su casa, luego ponía encima su bicicleta, y más tarde regresaba a desenterrar su tesoro y llevarlo dentro de la casa a escondidas. 

Mi abuela creció rodeada de cinco mujeres: mi bisabuela y sus cuatro hermanas. Su padre, mi bisabuelo, había muerto poco antes de que ella naciera. Sus hermanas se dedicaron a mimarla y cuidarla; era algo así como una muñeca de carne y hueso con la que podían jugar, una muñeca que ayudaba en las tareas domésticas y al mismo tiempo gozaba de ciertos privilegios que todas le concedían por ser la más pequeña.

En poco tiempo mi abuela se llenó de objetos que todas iban desechando a su paso, además de todos aquellos que ella recogía. Muchas veces intercambiaba su desayuno o sus ahorros en el colegio por cosas que sus amigos le daban, así que la suma total de las cosas que tenía, poco a poco, llegó a ser incontable. La gente ya sabía que ella era capaz de conservar cosas antiguas, por lo que muchas veces acudían a ella para deshacerse del pasado. Después de algunos años su colección había crecido considerablemente con piezas invaluables. Tenía velices que seguramente habían recorrido todo México, y tal vez viajado por el Pacífico y el Atlántico, guardando dentro de ellos travesías fascinantes, historias de aventura, romance y locura. Atesoraba varias pinturas de personas cuyos nombres fueron olvidados en el tiempo, pero que desbordaban talento. Máquinas de escribir de todo tipo, entre sus favoritas, una 1940 L.C. Smith Super Speed, en la que en algún tiempo escribió poemas y breves historias. Su colección contaba con piezas únicas de porcelana, mármol y talavera, figuras miniaturas de madera, ropa e indumentaria de la revolución, como sombreros de ala ancha, paliacates, rebozos y sarapes de colores e incluso un par de carilleras de balas. 

Dentro de sus objetos preferidos, tenía una cuna antigua de latón, que fue el primer lecho de mi mamá, y muchos trastes de plata, cobre y peltre. Toda clase de ollas, jarras, platos y cubiertos. También tenía una singular obsesión por los espejos, las jaulas y las puertas. La mayoría de sus espejos eran principalmente tallados en madera, casi todos del siglo XIX; las jaulas las prefería grandes y oxidadas; y las puertas viejas, muy viejas, la mayoría eran de cedro, roble, nogal y caoba. También coleccionaba baúles de la época virreinal y toda clase de botellas y garrafas de vidrio.

Pero entre todas esas cosas, destacaba una de sus adquisiciones favoritas, un magnífico Rosenkranz: piano que heredó de Darío Soler, amigo de la familia, principalmente de su padre, que fungió como su figura paterna durante su infancia y adolescencia. 

Luego de la muerte de mi bisabuelo, el señor Soler decidió hacerse cargo de su educación y la nutrió mucho artísticamente. Una vez a la semana iban al teatro Guerrero o al Museo Regional del Estado -hoy conocido como el Museo Regional Casa de Alfeñique- que era uno de los lugares preferidos de mi abuela, por la leyenda popular que encerraba el recinto. El señor Soler le contó que había sido construido como un alfeñique, (caramelo procedente de España hecho a base de caña), gracias a la petición de una novia que sólo aceptaría casarse con el pretendiente que tuviera una casa con la forma de dicho caramelo. Cada vez que iban al museo, mi abuela se deleitaba con esa historia, le fascinaba pensar en todo lo que ahí resguardaban e imaginaba que todas las piezas cobraban vida cuando las galerías cerraban sus puertas. Su sagaz imaginación era fomentada por los libros que el señor Soler le regalaba, pues a diferencia de sus hermanas, él había tenido la fortuna de gozar de una educación cultural envidiable. Además, venía de una familia melómana de talentosos pianistas. Aprendió a tocar desde pequeño, pero un trágico accidente, del cual jamás habló, provocó que perdiera la mano derecha.

Tras el incidente dejó de tocar su piano y lo colocó en una habitación bajo llave, a la que nunca entraba. Cuando mi abuela iba de visita siempre se preguntaba que había en esa habitación, pues era el único lugar al que no tenía acceso. En una ocasión le preguntó que había dentro, a lo que Darío se limitó a responder que sólo objetos sin uso. Mi abuela desconocía el pasado musical del señor Soler y, bajo el incesante deseo y obsesión que sólo da la curiosidad, se propuso entrar a como diera lugar. Y lo logró. Introdujo un alambre en la cerradura hasta que consiguió abrirla. Así fue como a sus siete años se encontró con uno de los objetos más majestuosos que había visto en su vida. Era un piano negro brillante, con un par de candelabros de bronce en la parte superior y tres pedales. Se acercó a el y levantó la tapa que cubría las teclas, leyó torpemente la palabra Rosenkranz y observó las piezas detenidamente. Las contó una por una: eran 36 teclas negras y 52 blancas. Pensó que eran demasiadas teclas para sólo un par de manos, pero eso no impidió que comenzara a tocarlo. El señor Soler se percató del sonido y corrió de inmediato hasta aquella habitación, cuando vio a mi abuela Zita tocar arbitrariamente el piano, una sensación poco agradable recorrió su cuerpo; sin embargo no la detuvo, se quedó impávido. 

Hacía tanto tiempo que no escuchaba a su piano que una nostalgia apabullante lo invadió. De pronto, dominado por su dolor y frustración, estuvo a punto de gritarle que se detuviera, pero al ver el interés y la forma en que mi abuela apreciaba aquella maravilla, no tuvo corazón para reprenderla. Mi abuela se había convertido en una hija para él y a pesar de que era extremadamente curiosa y muchas veces misteriosa, su compañía y visitas frecuentes se habían convertido en su única dosis de alegría. 

Darío se acercó, cuando Zita se percató de su presencia dio un saltó. El señor Soler se sentó frente al piano y comenzó a tocar algunas notas. Mi abuela se sintió fascinada por la sutil forma con la que desplazaba cada uno de sus dedos por las teclas. A pesar de que estaba manco, aún era capaz de hacer magia con una sola mano. En ese momento descubrió que Darío había sido pianista, y un inexplicable anhelo por aprender a tocar el piano la invadió. El señor Soler le contó una increíble historia sobre las notas musicales y, ante el interés y perspicacia de la niña, decidió darle clases. 

En poco tiempo descubrió que tenía aptitudes musicales y no dudó en heredarle su más preciado tesoro que había permanecido en su familia por varias generaciones. Así fue como un magnífico piano Rosenkranz pasó a encabezar la colección de antigüedades de mi abuela. 

*Rosenkranz es la primera entrega de la serie Lerendipia.

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