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El espíritu… ¿santo?

Jack Kerouac escribió lo que los expertos llamarían “la obra definitiva de la Generación Beat”

“Comprendí que había muerto y renacido innumerables veces aunque no lo recordaba porque el paso de mi vida a muerte y de muerte a vida era fantasmalmente fácil; una acción mágica sin valor, lo mismo que dormir y despertar millones de veces, con una profunda ignorancia totalmente casual. Comprendí que estas ondulaciones de nacimiento y muerte sólo tenían lugar debido a la estabilidad de la Muerte intrínseca, igual que la acción del viento sobre la superficie pura, serena y como de un espejo del agua. Sentí una dulce beatitud oscilante, como un gran chute de heroína en plena vena; como un trago de vino al atardecer que hace estremecerse; mis pies vacilaron. Pensé que iba a morir de un momento a otro.”

On the road; Jack Kerouac.

Nacido por allá de 1922, en Lowell, Massachusetts, Jean-Lois de Kérocuac, mejor conocido en el mundo como Jack Kerouac, hijo del impresor Léo-Alade, un franco-canadiense que en una ocasión le dijo que “jamás sería escritor”; e hijo también de Gabrielle Ange Léves, que quien, como la madre de Jorge Luis Borges, espantaba a sus novias. Leyendas y dichos rondan respecto al origen de sus apellidos, incluidas las varias y quizás más conocidas que el autor mismo enunciaba cuando le preguntaban sobre ello. Sin embargo, aquí, a lo largo de este camino, uno tiene la otrora maldita libertad de creer lo que le plazca, la historia que más le sea verosímil. De cualquier modo, Kerouac será siempre el mismo.

Truman Capote decía sobre la obra de Kerouac, y especialmente acerca de En el camino: “That’s not writing, that’s typing”. Sí: comentario rígido, y mucho más sabiendo de quién es que venía. Aunque, a decir verdad, sin ahondar mucho ni herirse el ego con falsos fanatismos, podemos estar de acuerdo. Y para muestra, el episodio aquel tan conocido en que Jack Kerouac escribió lo que los expertos llamarían “la obra definitiva de la Generación Beat”: el autor hizo un rollo de más de treinta y seis metros para escribir de manera continua y sin parar. Se entregó así para su primera revisión. De ahí, de ese mismo episodio, que se tomaran tanto tiempo para publicar hasta 1957, por primera vez, En el camino, en la editorial estadunidense Viking Press, tras largas modificaciones de su editor y de Kerouac mismo.

La roman á clef de Kerouac inicia de tal manera que impone su visión primera y última: “Con la aparición de Dean Moriarty comenzó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera”. Narrada por Sal Paradise, seudónimo del mismo Jack, nos cuenta los viajes que hizo el autor por Estados Unidos y México entre 1947 y 1950. Y dicen, aquellos que saben y que son expertos también en invenciones, que la historia fue, al contrario de cualquier cosa que pudiera contarse, escrita con el autor prescindiendo de cualquier droga, a excepción del café; otros cuasi juran que Joyce Johnsson, quien fuera esposa de Kerouac, mencionó en alguna ocasión que ella le proporcionaba las drogas que él requería; y otros, consternados y menos verosímiles, dicen que apenas si comía. Sin embargo, y sin disculpas falsas por lo que sea que crean o yo mismo crea, lo único cierto es que, so pena de cualquier juicio valiente, cierto o falso, la trascendencia misma de su obra, existe, sean cuales fueren las opiniones que existan alrededor.

Medio siglo después de la publicación primera de su segunda obra, En el camino –pues la primera fue La ciudad y el campo (1950)-, se descubrió que Kerouac había comenzado a escribir esa novela en Joval (nombre que recibe el francés que se habla en la zona de Quebec, en Canadá); idioma que el autor habló hasta sus siete años, por imposición parental, más que cualquier asunto personal. De la misma manera, como recalcando aún más la relevancia de su obra, se  publicó el manuscrito original, en el cual se prescindía de los seudónimos de la primera publicación y podíamos ver los nombres reales de sus personajes, así como también, se olvidaron de censurar las partes que por allá de finales de los años cincuenta era imposible publicar.

No es, aunque casi cualquier conversación en torno a su legado se concentre en ella, En el camino, su única obra. Aunque, a pesar de que sea extensa, toda ella está escrita porque vivió su vida como tal: llena de dureza (provocada o ajena), drogas de por medio, al igual que alcohol y clubes de jazz y Be Bop; y la religión: ya sea el nombramiento recurrente de Dios o con el acercamiento que tuvo con el budismo. También, mucho le debe él a sus constantes aventuras, y mucho más allá del espectro de On the Road; pues no fue el único libro escrito por él gracias a su constante movimiento; es decir, podemos nombrar su Tristessa, una novela ambientada en la Ciudad de México, que nos cuenta la historia de Tristessa, una prostituta mexicana que trabajaba en la Colonia Roma, adicta a la morfina y creyente de la Virgen de Guadalupe. Sobre la novela, Allen Ginsberg dice: “(Tristessa) es una meditación narrativa que estudia una gallina, un gallo, una paloma, un gato, un perro Chihuahua, carne de familia y a una señora deslumbrante y drogadicta”. Asimismo, en la Ciudad de México, escribió algunos de los poemas de Mexico City Blues.

Además, claro, de lo que fue su vida, sus mayores influencias literarias ciernen en Jack London, Henry Miller, Ernest Hemingway, Thomas Wolfe y, especialmente, James Joyce. El ahínco es necesario en Joyce, puesto que el mismo Kerouac le escribe a Ginsberg en una misiva acerca de On the Road (que podemos hallar en el libro Jack Kerouac and Allan Ginsberg: The Letters): “Les puedo decir ahora, miro hacia atrás en la inundación del lenguaje. Es como Ulises y debe ser tratado con la misma gravedad”.

La vida de Keroauc siempre estuvo conducida por el mismo conductor. Siempre se mantuvo a la misma velocidad, en el vehículo que fuera. Siempre por el mismo camino. Erró, demasiado, y nunca quiso, ciertamente, enmendar sus errores. “Los escritores sólo pueden ser juzgados por sus obras”, dijo William S. Burroughs alguna vez. Creo y no: juzgar sus obras es distinto a juzgar sus personas, sus vidas. De manera inocua digo lo siguiente: juzgar a los escritores de la generación beat únicamente por sus obras, es sumamente complicado. Sus obras pendieron de manera directamente proporcional a sus vidas, o sus vidas de sus obras. Y es por eso mismo que todos los recuerdan por cuestiones distintas. Ruth Weiss, autora perteneciente a la generación, y quien fuera amante de Kerouac en alguna época, le escribió en uno de sus poemas: “Jack Kerouac está en todas partes / Su hija Jan Kerouac viste su cara”. Y entonces rememora, dentro de sí y exudando el suceso, que Jack no reconoció a su hija los primeros años de su vida; y después la reconoció, pero sólo eso. Antes murió el autor a causa de una cirrosis por culpa de su alcoholismo irredento que dedicarle a Joan minutos de su vida. Alguna vez la vio mientras bebía un vaso de whisky y lo único que le dijo fue que le permitía usar su apellido si alguna vez escribía un libro. Cualquier paralelismo hallado en la sobriedad de los comentarios y en el cariño que tenía Jack con Joan, que el que tenía Jack con su padre, es sólo coincidencia.

“Los beat destacaron por la búsqueda homogénea de la espiritualidad”, pregonaban algunos. Y quizás… Pero, otras personas, como Jean Francois-Duval dice, en el prólogo de su libro Kerouac y la generación beat: “la generación beat nunca existió”. Y uno debe y puede ser libre de creer y amarrarse a creer lo que le mantenga en calma, o en movimiento; empero, sepamos que, verosímil o no, existe. Hay autoras, autores e incontables obras que avalan lo que fue o no, o lo que sigue siendo o no, la generación beat, Jack Kerouac, con su sarta de aciertos y errores.

Como escribe el autor de Los vagabundos de Dharma en On the Road: “Las únicas personas para mí son los locos, locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, deseosos de todo al mismo tiempo, los que nunca bostezan o dicen cosas comunes, aquellos que queman, queman, queman como fabulosas velas romanas amarillas explotando como arañas a través de las estrellas y, en el centro, se ve el color azul claro, y todo el mundo dice ahh…” Y así decido proliferar, entre vida y muerte, entre personas locas por todo y de todo, aullando sin más, por el camino

Por Demian García

Lector permanente. Devoto de la poesía y el fútbol. Escribo, hablo y habito en Revista Purgante, Interferencia IMER y Diario 24 Horas.

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