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El príncipe constante (o una segunda oportunidad, necesaria, al Siglo de Oro español)

Goethe dijo que “si toda la poesía del mundo desapareciera, sería posible reconstruirla a partir de las páginas de El príncipe constante”. Y resulta que yo no quiero renunciar a toda la poesía del mundo por no haberle dado una segunda oportunidad al teatro del Siglo de Oro español.

Mi primer acercamiento al teatro Siglo de Oro español fue trágico. Tenía, tal vez, trece o catorce años y tuvimos que leer Fuenteovejuna para la clase de ¿español? De la obra recuerdo el título y el autor. El segundo acercamiento fue mejor —aunque no llegó a ser bueno—, todavía recuerdo parte del monólogo más famoso de Segismundo y lo repito de manera habitual, como si fuera una plegaria: ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

 Gabriel García Márquez dijo: “(…) no debe haber libros obligatorios, libros de penitencia, y que el método saludable es renunciar a la lectura en la página en que se vuelva insoportable.” El problema tal vez sea que en todas las escuelas siempre hay libros ineludibles que son leídos por deber. A los trece, el teatro del Siglo de Oro me pareció poco más que un sinsentido con palabras rimbombantes y nombres absurdos. A partir de entonces decidí que el periodo entre el siglo XVI y XVII ya era historia y en pasado lo iba a dejar. Pero la vida da muchas vueltas y, diez años después, le estaba pidiendo recomendaciones turísticas para Madrid a una doctora en Letras especializada en esa época

Me recomendaron visitar algunos lugares famosos de las canciones de Sabina, le dije. Como buena letrada, hizo uso de vocabulario digno de la Real Academia Española y me contestó: qué no mamen. Y me advirtió que no fuera a hacer nada relacionado con el fútbol. Bueno, entonces qué es imperdible, le pregunté. Si puedes ver compañía de teatro clásico no te lo pierdas, cualquiera de Lope (de Vega) o Calderón (de la Barca) —el derecho a tutear a los clásicos españoles sólo llega con el doctorado—. Es hermoso el teatro en verso. Es magia, me respondió. Ahí estaba la recomendación, parece que los enemigos de la secundaria siempre llegan a atormentarnos. No le dije que eso sonaba aburrido. Tampoco le dije que ver un partido en cualquier bar con muchísima cerveza sonaba más mágico que escuchar a alguien recitar versos que no entiendo. La cosa es esta, desde que empecé este viaje me prometí que iba a intentar cosas nuevas, no importaba si eso implicaba escuchar recitar textos de hace 400 años a un conjunto de actores ni si el gasto de extra (en euros) me sacaba un poco del presupuesto. Comer tres veces al día es un lujo que no me pienso dar.

El descuento para estudiantes me ha salvado tantas veces que creo que le debo más a la universidad por eso que por lo que me ha enseñado. Todavía no sé si bendigo o maldigo la hora en que salí con alguien de teatro y me inculcó la maña de comprar los boletos al frente y al centro. Algunas costumbres no se pierden aunque cuesten 7 euros más.

En el Teatro de la Comedia, situado dentro del Barrio de las Letras, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el telón negro caía sobre el escenario y unas letras blancas sentenciaban la obra que veríamos. Culpo a las Moiras porque, como si lo hubiera mandado a hacer, la única obra de teatro clásico que tenía puesta en escena durante mi estancia era de Calderón de la Barca. A las 7pm una voz infantil anunció que El príncipe constante estaba por empezar: 2 horas de teatro en verso era lo que nos esperaba. No le dije a Daniela que creía que iba a estar aburrido. Las luces se apagaron, el cuarteto de cuerdas salió y la realidad desapareció.

Al peso de los años
lo eminente se rinde,
que a lo fácil del tiempo
no hay conquista difícil.

Al principio sucedió lo que esperaba: no entendía nada y la cosa era complicada porque no sabía ni de qué era la obra. Estaba resignada: no sería la primera vez que dos horas me parecieran eternas. Lo bueno es que estaba en el teatro, volver a sentir la emoción de una función en vivo —después de un año lejos de los escenarios— valía cada centavo.  No voy a decir que odio el zoom-teatro, las pocas experiencias que tuve estuvieron bien. Así, sólo bien.

Flores nocturnas son; aunque tan bellas,
efímeras padecen sus ardores:
pues si un día es el siglo de las flores,
una noche es la edad de las estrellas.
De esa, pues, primavera fugitiva,
ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere:
registro es nuestro, o muera el sol o viva.

Si a los libros no se les debe juzgar por su portada, a las obras de teatro no se les debe juzgar por los primeros cinco minutos. El teatro en verso es ritmo del universo y si hay algo que es innegables es que Calderón de la Barca es indispensable en las letras hispánicas por algo. Después de la confusión inicial, el oído —y el cuerpo— comienzan a entender los diálogos en verso y aparece el entendimiento. Siendo breve: el teatro en verso sí es magia. Goethe dijo que “si toda la poesía del mundo desapareciera, sería posible reconstruirla a partir de las páginas de El príncipe constante”. Y resulta que yo no quiero renunciar a toda la poesía del mundo por no haberle dado una segunda oportunidad al teatro del Siglo de Oro español.

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