Errante

Quedé en ese callejón con la única compañía del frío; un compañero que, por más abrigo de piel que tengas, te dará una caricia que te llega a los huesos.

Por: Martín Salvador

Tuve un sueño anoche. Uno de esos sueños en los que al otro día te levantas pensando, tratando de entender, como si de un laberinto se tratara. Buscando la salida, das vueltas y vueltas entre ideas y pensamientos, hasta que te levantas y comienzas el día. Generalmente con las tareas matutinas se va desvaneciendo el recuerdo, sin nunca cerrar la idea de entendimiento.

Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. A medida que la arena caía en el reloj, aparecían recuerdos del sueño. Y con cada recuerdo podía avanzar en el laberinto, hasta poder completarlo.

Era de noche y me encontraba en un callejón oscuro, viendo cómo se alejaba de mí un auto azul. A medida que avanzaba su marcha, crecía dentro mío una enorme angustia inentendible, como si fuera proporcional la angustia a la distancia de aquel auto azul.

Quedé en ese callejón con la única compañía del frío; un compañero que, por más abrigo de piel que tengas, bajo ese cielo despejado, en la oscuridad total de ese callejón, te dará una caricia que te llega a los huesos. Y no es para nada una caricia agradable. ¿Por qué estaba ahí? Entre cartones, intenté buscar algo de calor y lloré hasta quedar dormido.

Al día siguiente, como un errante salí a recorrer la ciudad que ya estaba totalmente despierta. Al salir del callejón, me encontré con una avenida por la que un sinfín de autos, tocando bocinas y puteando, no paraban de pasar.

Por las veredas, como si fueran hormigas, la gente caminaba. Se dividían en los zombis que no dejaban de mirar la pantalla de su celular y los locos que parecían que hablaban solos, aunque iban con el manos libres. Siempre rodeados por enormes edificios que no sólo tapaban al sol en pleno día, sino que también te hacían sentir el ser más diminuto en la tierra.

¿Dónde me encuentro?

Estaba asustado. Ahora no sólo estaba perdido, sino que también estaba asustado.

Comencé a pedir ayuda pero todos hablaban un idioma inentendible para mí. Sonaba a ruso mezclado con alemán. Las personas al verme acercar se asustaban, algunas gritaban y otras amagaban a pegarme, para que me aleje. Unas pocas intentaban entender algo de lo que les decía siendo amables; sin embargo, al final se iban, dejándome solo sin permitirme entrar a ningún lado.

¿Así se sentirán los inmigrantes?, pensaba, mientras el hambre empezó a llamarme. No tenía dinero, estaba perdido y no comprendía el idioma. En un restaurante, una señora, al verme, me dio sus sobras. Las tragué sin masticar y seguí caminando sin rumbo.

Estaba asustado, marginado por la gente.

Un vagabundo, al verme, me hizo señas para que me acerque y, sin decir una palabra, partió un pedazo de pan a la mitad y me la entregó. Era como si me habló a través de los ojos. No pudimos comprender el idioma, pero sí el sentimiento del otro. Muy agradecido, decidí que iba a ser mi nuevo amigo. Lo acompañé durante el resto de la tarde juntando cosas de la basura.

Llegando la noche, decidí seguir solo. Vagando por una de las tantas calles desconocidas, de repente vi que cruzó el auto azul del callejón. Mi corazón comenzó a latir a mil por hora, no entendía el por qué, pero tenía que hacerlo frenar. Le grité con toda mi fuerza y le hice señas, pero no se  detuvo. Estaba muy alterado. Desapareció el miedo. Sin que le dé ninguna orden, mis piernas comenzaron a avanzar solas. Tenía que seguirlo.

En la persecución, vi que se frenó a unas tres cuadras, y mi velocidad aumentó al igual que mi excitación. Lo vi bajar. No lo reconocí. Era un hombre de unos treinta años de edad; algo dentro mío, me decía que era alguien cercano. Avancé hacia él. Cuando por fin lo alcancé, lo miré queriendo interrogarlo, y de mi boca salió:

¡Guau!¡Guau!

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