Parténope

Emergió apresurada, como si algo en el agua la persiguiera. Al salir observó el agua con terror.

Desde la ventana de la sala de espera el guardia observa una anciana junto a la piscina. Su piel blanca y su cabello cano reflejan el azul del espacio, el color del agua clorada. Ha asistido a ese lugar un día distinto en cada semana que transcurre. Así durante los últimos tres meses, desde la muerte de su esposo. 

Sólo el policía sabe su nombre, nadie la había visto hasta unos días después de que su marido falleciera, un señor de edad avanzada que acudía a las seis de la mañana a nadar para mantenerse activo. Llegaba antes que todo su grupo y nadaba una hora, dando vueltas a lo largo de la alberca, deteniéndose cada diez minutos para tomar un respiro por el agotamiento; sin embargo, al salir estaba contento, satisfecho con su esfuerzo. Tres días a la semana llegaba saludando al señor de la vigilancia, a la señora del aseo y a la instructora que cuidaba del equipo, que les daba ejercicios o que simplemente se encargaba de que nadie sufriera algún accidente. Después bajaba al sótano, donde estaban los vestidores para hombres. Se desnudaba cuidadosamente, sentado en una banca para no perder el equilibrio y caerse como había ocurrido en alguna ocasión. Tomaba su traje de baño y se lo colocaba con esfuerzo. Se ponía sus sandalias y salía con su toalla al hombro, así como un gorro de natación y unos googles en las manos. Subía a las regaderas y se enjuagaba rápidamente antes de entrar a nadar, no le gustaba pensar que su sudor ensuciaría el agua. Después, aun escurriendo agua, se colocaba el gorro, los googles y entraba por unas escaleritas a la parte menos profunda de la alberca. 

Todos los días que asistía era el mismo ritual, le llevaba media hora completarlo, por ello llegaba mucho antes y era el primero en estar nadando libremente hasta que llegaran sus compañeros, hombres y mujeres de la misma edad. 

Disponía de mucho tiempo libre durante el día. Su jubilación le aportaba el suficiente dinero para no tener que preocuparse, se había retirado de la marina como capitán y ahora vivía en la ciudad donde extrañaba sentir el agua, el mar, la vida de la costa, donde había conocido a su esposa una tarde cuando lo salvó de ahogarse.

Ella lo esperaba sentada en la cocina, viendo algún programa de televisión, mientras la muchacha que les ayudaba preparaba el desayuno para cuando la pareja se reuniera a hablar de cualquier cosa, de cuando eran jóvenes, de los viajes que habían hecho por el mundo, de los pájaros que visitaban el jardín, del mar, de los hijos, de los nietos, de la comida, de el programa de concursos que veían antes de ir a la cama, de el libro que leían antes de dormir. El ritual de ella era muy similar al de él. Ya estaba acostumbrada a pasar media hora arreglándose porque no le gustaba la ayuda de la asistente que tenían, sentía que perdía autoridad sobre su cuerpo. Había perdido ambas piernas hacía ya unos años, y estaba segura de que si se derrotaba por ese incidente su vida sería deplorable. 

Su esposo la había apoyado durante ese proceso, entendía que la situación requería de paciencia, de amor y de mucho tiempo para acostumbrarse. Eran perfectos el uno para el otro, se complementaban en todo, eran compañeros de toda la vida y estaban destinados a serlo. 

El agua de la piscina se mantenía en quietud; sin embargo ningún reflejo era claro, las losetas colocadas al fondo se volvían más oscuras y borrosas conforme alcanzaba profundidad. Ella estaba en uno de los bordes próximos al nivel más hondo. Sentada en su silla, quieta, sin apartar la mirada del agua, apenas sí parpadeaba. Su rostro lleno de arrugas no manifestaba ninguna expresión pero tampoco daba la impresión de estar cavilando en algún tema en particular, sólo sus ojos claros y vidriosos miraban algo, tratando de alcanzarlo en el fondo abismal de esa piscina donde meses atrás su esposo había muerto. 

Ocurrió durante su cuarto descanso, sentía que le faltaba el aire así que decidió reposar un poco. Cuando consideró que podía continuar avanzó hacia la parte más honda y sintió un dolor en el pecho. Sus compañeros no podían hacer mucho desde la parte menos honda. La instructora se arrojó a la piscina para salvarlo y con mucho esfuerzo por el cuerpo pesado del hombre consiguió llevarlo a la superficie donde las demás personas colocaron toallas en el piso para recostarlo. Llamaron a la ambulancia mientras le proporcionaban reanimación. Finalmente respiró, abrió los ojos y mirando al techo pronunció el nombre de su esposa acompañado de un te amo convertido en aire tibio. 

Cuando llegó la ambulancia lo único que se podía hacer era realizar los procesos pertinentes para la entrega del cuerpo. 

Ella seguía esperándolo, pensando que algo lo había demorado para el desayuno cuando sonó el teléfono. Su ayudante dejó calentándose el café para ir a contestar. Su tono de voz había cambiado repentinamente durante la llamada. Colgó y entró con pasos muy quedos a la cocina. Tenía el rostro rojo y los ojos llorosos. Se sospechaba lo que estaba ocurriendo. La joven le tomó las manos y sollozando le contó lo que acababa de ocurrir. Ella se limitó a ver su cabeza apoyada sobre sus manos y a acariciarle el cabello, como una madre consolando a su hija. 

La fotografía de ambos estaba frente a ella. Él le sonreía. Se habían separado. 

Ella sabía que en algún momento de su vida aquello ocurriría, sabía que su historia de amor tendría algún final que desconocía completamente y eso era lo que más le aterraba. Nunca encontraba las palabras para decir cómo se sentía respecto al hecho de que algún día dejaría de verlo respirar a su lado, durmiendo tranquilo. Era una certeza saber que su vida cambiaría radicalmente cuando alguno de los dos se fuera y ella esperaba ser la última en irse. Lo amaba tanto que no soportaba la idea de dejarlo solo en esta vida sobrellevando la perdida, porque sabía cuanto la amaba y cuanto la extrañaría. Él era el más compasivo de ambos, el más sentimental, el que se dejaba llevar por las emociones y siempre encontraba la forma perfecta de sorprenderla con una sonrisa o con alguna frase cursi. Ella siempre había sido de carácter más fuerte. 

Su primera acción radical fue abandonar su casa, con los regaños de su padre y sus hermanas quienes años después la perdonaron aceptando a este extraño en la vida familiar. Pero ella sabía lo que quería, siempre había sido así, poniéndose alguna meta hasta alcanzarla y posiblemente él también lo sabía, que no podría vivir más tiempo si ella no estaba. 

Sin embargo las cosas habían cambiado, ahora que él se había ido y ella se encontraba sola entendía que no era lo suficientemente fuerte para enfrentar algo así. Estaban tan involucrados en su vida, una vida que no se concebía sin la existencia del otro que ahora la extrañeza la invadía, provocándole un sentimiento de vacío y desconcierto, como si viviese en un mundo totalmente distinto. 

Durante esos tres meses intentó prolongar el tiempo para no regresar a su cama, que no era la misma. Evitaba entrar a su habitación y dormía con el televisor encendido hasta que algún sonido fuerte la despertaba. Todo el ruido de la calle, de los aparatos que encendía para no sentirse sola, incluso las conversaciones con la muchacha que le ayudaba, eran un abismo absoluto de silencio, un eco profundo, grave, vacío, ni su propia voz podría haber roto lo que vivía. El fastidio y enfado la comenzaban a invadir, el hartazgo de esa nueva forma de vivir. Un día decidió dejar de hablar, el propio sonido de su voz la enfadaba, ninguna conversación la animaba y ningún tipo de pensamiento le involucraba a expresar opinión o pensamiento alguno.

La última oración que pronunció fue durante la noche al regreso del funeral. La muchacha que le ayudaba le dijo que pensaba pasar esa noche con ella, para cualquier cosa que necesitara. 

-Gracias.

-No se preocupe. 

-Me gustaría pedirte algo. 

-Dígame. 

-Me gustaría que me ayudaras con algo de tu… magia.

-Pero yo…

-Sé que te dedicas también a eso y seguramente existe algo para lo que quiero.

-No entiendo.

-Sabes que no creo en nada de eso pero es lo único que necesito ahora. 

-¿Qué es lo que necesita? 

-Quiero que me reúnas con él, que provoques algo para que podamos comunicarnos ¿existe alguna forma de hacerlo?

-Me gustaría ayudarle pero no, lo lamento.

-Sé que sí puedes hacerlo. 

-Entiendo, pero…

-Sólo quiero saber que me está esperando.

-Señora, lo mejor es dejarlo descansar, seguro que sí la está esperando. 

-Entonces reúneme con él, prepárame algo para dormir y… 

-De verdad me gustaría ayudarle, pero tenemos que esperar, él la ama con toda su alma y en algún momento volverán a estar juntos.

-Hija, ya viví lo suficiente en este mundo, ya hice todo lo que tenía pendiente y no voy a proponerme nuevas cosas, tengo noventa y un años y cada día es tan tedioso como el anterior. 

-Señora…

-No, hija, de verdad, estoy fastidiada de todo lo que sé que vendrá, ya quiero descansar. 

-Todo será a su tiempo.

-Al tiempo- y así, sin más, enmudeció totalmente. 

Decidió despertar más temprano ese día, aun más temprano que cuando su marido salía a hacer ejercicio. Se arregló un poco poniéndose un collar que le había regalado su padre hacía muchos años. Tomó dos papeles escribiendo en uno “muchas gracias” con dedicatoria a la muchacha y otro con un simple “los amo” y los nombres de sus hijos. Los dejó en la mesa de su comedor y marcó al taxi. 

Al llegar a la piscina la saludó el guardia de seguridad sorprendido de verla más temprano que en las últimas visitas. 

Desde el cristal de la sala de espera se veía su rostro, quieto, sin expresión alguna. Ni el mismo guardia habría adivinado que adelantaría su silla arrojándose a la piscina, produciendo un estallido con el agua que irrumpía en la quietud de la alberca, como una explosión que multiplicaba el sonido atravesando el silencio de todas las instalaciones. Bajó las escaleras corriendo, gritándole a la instructora de natación, quien acababa de llegar, que corriera a salvar a la señora que se había arrojado al agua. Abrieron la puerta de la alberca y se quedaron sorprendidos de lo que ocurría, atónitos por el sobresalto de lo que presenciaban. Parecía como si estuviese temblando, el agua se agitaba de un lado a otro saliéndose al piso y mojando las paredes, inundando los pasillos, arrojando la silla de ruedas contra uno de los muros, pareciese que el agua se había vuelto loca cobrando vida, una escena de mar abierto alterado por alguna tormenta. Enormes olas se alzaban rompiéndose al chocar contra las otras.

Poco a poco el agua se aquietó; sin embargo cuando la instructora iba a lanzarse en búsqueda de la mujer, se vio impedida por una espuma que comenzaba a cubrir toda la superficie del agua expandiéndose hasta llegar a sus pies, además, el ambiente se impregnaba de un olor distinto, como si se encontrasen en el mar.  

Pasados los minutos, la espuma había desaparecido, la ambulancia estaba en camino y la instructora decidió que era seguro meterse al agua para buscar el cuerpo de la mujer, aunque el temor aun persistía. Se arrojó y el policía la seguía de un lado a otro, observando como atravesaba el espacio adentrándose en la penumbra del nivel mas hondo. Poco tiempo después salió tomando una bocanada muy grande de aire y dando brazadas para llegar a uno de los bordes de la alberca. Emergió apresurada, como si algo en el agua la persiguiera. Al salir observó el agua con terror. Él se aproximó a revisar que le ocurría y en cuanto sus ojos se encontraron ella lo abrazó fuertemente. 

-¿Está ahí?

-No. 

-¿Qué ocurrió?

-El agua. 

-¿Qué pasa?

-Sabe a sal, se está llenando de plantas y en el fondo hay arena, no la encontré por ningún lado, ni en lo más hondo y me dio mucho miedo pisar el fondo, sólo encontré esto- y extendiendo la mano mostró una cadena donde estaba grabado el nombre de la sirena. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *