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Santiago Tejedor: «Viajar ayuda a aprender e invita a desaprender»

El catedrático, periodista y escritor defiende el territorio como escenario de aprendizaje y el viaje como una oportunidad para desarrollar curiosidad, empatía, pensamiento crítico y respeto hacia otras formas de entender el mundo.

Viajar ocupa un lugar central en la trayectoria profesional y docente de Santiago Tejedor. Catedrático de Periodismo de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), periodista, escritor y director del Máster en Periodismo de Viajes, lleva más de dos décadas investigando, enseñando y practicando una manera de entender el viaje vinculada con el periodismo, la educación y el encuentro con otras culturas.

Esta mirada aparece en sus trabajos académicos sobre el relato viajero y las nuevas narrativas y también en sus conferencias, crónicas y proyectos educativos. Uno de los títulos con los que ha presentado públicamente esta filosofía resulta especialmente revelador: Periodismo y viajes: ir, mirar y contar. Desde la Expedición Tahina-Can hasta sus crónicas y experiencias en diferentes continentes, Tejedor defiende el territorio como escenario de aprendizaje y el viaje como una oportunidad para desarrollar curiosidad, empatía, pensamiento crítico y respeto hacia otras formas de entender el mundo.

¿Qué es el viaje?

Para mí, viajar es salir. Salir físicamente de un lugar, pero también salir de nuestras rutinas, de nuestras certezas y, muchas veces, de nuestros prejuicios. Por eso siempre he diferenciado entre desplazarse y viajar. Uno puede recorrer miles de kilómetros y limitarse a confirmar lo que ya sabía o creía saber. El viaje que me interesa es el que introduce una pregunta nueva. Me interesan los grandes paisajes y los monumentos, por supuesto, pero cada vez me interesan más las personas. Los mercados, las calles, las conversaciones, los pequeños rituales cotidianos. En mis crónicas he intentado aproximarme muchas veces a los territorios desde esos detalles. También me interesa cómo cambia nuestra forma de narrar los viajes. Hace años investigué precisamente las características y posibilidades de lo que denominábamos el «viaje 2.0» y las nuevas formas de construir el relato viajero en la web social. Han cambiado las tecnologías y las plataformas, pero para mí permanece lo esencial: salir, mirar, preguntar y tratar de comprender. Y muchas veces regresar sabiendo que no hemos entendido nada. 

¿Por qué es importante viajar?

Porque nos enfrenta con la diferencia. Y eso tiene una enorme capacidad educativa. Cuando viajamos descubrimos que nuestra manera de comer, relacionarnos, organizar el tiempo, entender la familia, celebrar o interpretar la naturaleza no es la única posible. Para un estudiante, esa constatación puede ser muy poderosa. A mí los viajes me han enseñado mucho precisamente cuando me han obligado a revisar una idea previa. He conversado con comunidades indígenas, pescadores, estudiantes, artesanos, nómadas, profesores y personas con biografías completamente diferentes a la mía. Lo importante no es acumular esos encuentros como una colección de experiencias. Lo importante es qué hacemos con ellos, qué preguntas nos provocan y qué aprendemos. Viajar debería servir para regresar sabiendo algo más del mundo, pero también siendo más conscientes de todo aquello que todavía desconocemos. Considero que existe un gran valor en las incertezas, las dudas y ese desasosiego que acompaña al viajero que regresa anhelado otro viaje y otra búsqueda. 

¿Y cómo podemos contar el mundo?

Ante todo, con una voz propia. Y esto que parece banal es quizás lo más complejo. El desafío de contar el planeta resume buena parte de lo que intento trabajar con mis estudiantes. De hecho, una de las ideas que he defendido públicamente es que una buena historia ha sido antes una buena búsqueda. No podemos contar bien aquello que no hemos buscado, observado y escuchado previamente. Antes de escribir hay que hacer periodismo: caminar, documentarse, preguntar, contrastar, esperar y volver a preguntar. También debemos ser conscientes de que llegamos a territorios que tienen sus propias historias. El periodista no debería aterrizar con el relato terminado. Si llegamos buscando únicamente personajes que confirmen la historia que habíamos imaginado desde casa, probablemente estaremos perdiéndonos la realidad. El orden importa. Primero hay que ir. Después hay que mirar. Solo entonces podemos intentar contar.

¿Cómo conectar el viaje como escenario educativo?

Convirtiendo la experiencia en aprendizaje. Un viaje universitario no debería consistir simplemente en trasladar el aula a otro país. El territorio ofrece posibilidades educativas extraordinarias. Un mercado permite trabajar economía, cultura, alimentación, historia y comunicación. Un parque natural nos lleva a hablar de biodiversidad y sostenibilidad. Una frontera plantea preguntas sobre migraciones, desigualdad o derechos humanos. Una comunidad indígena puede ayudarnos a comprender identidad, memoria, territorio y diversidad cultural. En mi modelo educativo intento que los estudiantes se enfrenten a personas y situaciones reales. Hay conceptos que podemos explicar en una presentación, pero que adquieren otra dimensión cuando tienen un rostro, una voz y una historia. Ahí reside para mí una de las grandes posibilidades del viaje como metodología educativa. En mi día a día profesional y personal el viaje es antídoto, entrenamiento y motor. Es la metáfora perfecta, de todo y de todos. 

¿Cómo aplicas el viaje en tu modelo educativo?

Hay tres momentos importantes: antes, durante y después. Antes del viaje investigamos. Hay que conocer el territorio, localizar temas, documentarse, buscar fuentes y preparar preguntas. No me interesa que los estudiantes lleguen a un país únicamente con una cámara y entusiasmo. Durante el viaje aparece el trabajo de campo. Entrevistar, observar, fotografiar, grabar, escribir, verificar y, sobre todo, adaptarse. La realidad siempre modifica el plan inicial y eso también forma parte del aprendizaje. Después llega algo que considero fundamental: contar. El estudiante tiene que transformar la experiencia en una crónica, un reportaje, un pódcast, una pieza audiovisual, una fotografía o un proyecto multimedia. El viaje se convierte así en conocimiento que puede compartirse. Este planteamiento conecta con una línea que llevo años desarrollando en docencia y divulgación: las experiencias también enseñan. Enseñan datos, pero también valores, miradas y maneras de contar. Es paradójico, pero uno se conoce conociendo a los demás. 

¿Qué es Tahina-Can?

Tahina-Can nació en 2004 como una expedición universitaria y ha ido evolucionando hasta convertirse en un proyecto de aprendizaje experiencial. La propuesta consiste en que estudiantes y profesores recorran juntos un territorio y desarrollen trabajo periodístico y educativo sobre el terreno. Hay investigación previa, encuentros, entrevistas, producción de contenidos, convivencia y posteriormente una fase de reflexión y elaboración de los materiales. Pero después de tantos años he aprendido que Tahina-Can tiene también una dimensión que difícilmente aparece en un programa académico. Durante una expedición hay que convivir, ayudar, esperar, negociar decisiones, resolver problemas y asumir responsabilidades. Todo eso también educa. Por eso nunca he entendido Tahina-Can como un viaje turístico para universitarios. El destino importa, pero el objetivo es el aprendizaje. 

El trabajo de la empatía y la educación en valores son claves en el escenario educativo actual. ¿Cómo puede el viaje ayudarnos a potenciarlos?

El viaje nos coloca delante de personas que no necesariamente piensan, viven o interpretan el mundo como nosotros. Ahí existe una oportunidad educativa extraordinaria. Podemos hablar de diversidad cultural durante horas en un aula. Pero cuando un estudiante tiene que sentarse, escuchar y conversar con alguien cuya vida es radicalmente distinta a la suya, la palabra «diversidad» deja de ser un concepto abstracto. Además, viajar nos obliga a pedir ayuda. A veces no conocemos el idioma, no sabemos llegar, desconocemos determinados códigos culturales o simplemente necesitamos que alguien nos explique qué está ocurriendo. Me parece un aprendizaje muy saludable. En las expediciones intento trabajar el respeto de una manera muy práctica. Antes de fotografiar, preguntar. Antes de interpretar, escuchar. Antes de juzgar una costumbre, intentar comprenderla. Son cuestiones elementales, pero para un futuro periodista —y para cualquier ciudadano— tienen una enorme importancia. Mi lema es sencillo y frágil: somos iguales en las diferencias. 

¿Cuáles son los ingredientes de un buen viaje?

Para mí, el primero es la curiosidad. Después añadiría tiempo, respeto, capacidad de adaptación y disposición para lo inesperado. Me gusta preparar mucho los viajes. Leo, busco historias, localizo personajes y pienso preguntas. Pero también intento dejar espacios vacíos. Si todo está decidido de antemano, corremos el riesgo de convertir el viaje en una lista de comprobación. Muchas veces una conversación que no estaba prevista termina siendo más importante que el monumento que figuraba en el programa. El viaje necesita planificación, pero también disponibilidad para cambiar de rumbo. Y añadiría otro ingrediente: viajar sin sentirnos protagonistas de todo lo que sucede. Nosotros llegamos y nos vamos. Las personas que encontramos continúan allí. Caparrós lo explica más y mejor: una cosa es hablar desde la primera persona y otra hacerlo de la primera persona. Lo primero es inevitable, pero demanda estilo y juicio. Lo segundo es uno de los grandes defectos del escenario actual plagados de voces, egos y “yo”. 

¿Y que articula una buena historia?

La alquimia de las buenas historias mezcla ingredientes muy diversos: curiosidad, búsqueda, personajes, contexto, conflicto, detalles y una mirada periodística propia. Pero añadiría dos cosas: verificación y respeto. Una historia puede estar extraordinariamente bien escrita y ser periodísticamente mala si no es rigurosa o si utiliza a sus protagonistas únicamente como elementos decorativos. Hoy disponemos además de herramientas extraordinarias. Podemos grabar con un teléfono, producir un pódcast desde cualquier lugar o utilizar inteligencia artificial para ayudarnos en determinadas fases del proceso. Todo eso amplía nuestras posibilidades. Pero ninguna herramienta sustituye el trabajo previo de encontrar la historia. Por eso vuelvo a una idea que resume bastante bien mi manera de entender este oficio y que comentábamos antes: una buena historia ha sido antes una buena búsqueda. Y la búsqueda exige salir, observar, escuchar y preguntar. Eso es lo que intento hacer cuando viajo y lo que intento transmitir a mis estudiantes cuando les enseño a contar el mundo; aunque Benedetti lo tildara de incontable. Hay que intentarlo. Y en el intentar reside una de las grandes virtudes del periodista que viaja.