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Entrevistas

Guillermo Fadanelli: «Hacen falta más lectores que escritores»

Fadanelli, uno de las autores más singulares de la literatura mexicana, reflexiona sobre las fronteras entre los géneros y la rigidez que suele lastrar la potencia narrativa de las novelas.

Con Guillermo Fadanelli (Ciudad de México, 1963) todo comienza antes de que uno se dé cuenta. Recuerdo que tiempo antes le describí, tras una conversación, como una criatura particular, aunque sólo nos hubiéramos escuchado por algunos minutos. Sentado en una mesa cercana a la puerta de entrada de un renovado Covadonga confirmo mis percepciones; es, sin duda, una criatura particular

Me recibe en su mesa apenas despide a la persona que estaba con él antes. Tiene en la mano una cerveza, acaso alguna libreta en la mesa. No podría nombrar el preciso momento en que comenzamos a hablar, pero hemos iniciado. Recuerdo entonces que debo iniciar la grabación. El primer registro es el siguiente:

Más o menos a la una, porque me acuesto a las siete de la mañana. Escribo en la noche, escribo o bebo o charlo, soy totalmente nocturno, me gusta ese susurro de dinosaurio que tiene la ciudad en las noches. Sí, ya me hice adicto a la noche. Es pesado, incluso en mi recámara, la puerta, las cortinas están cerradas para que no entre demasiada luz, soy muy kafkeano al respecto. 

–Te haces tu falsa noche ahí para poder dormir –tiró sin más–. 

–Me hago mi falsa noche –me responde con su voz queda–.

***

Hay muchas cosas, pero siempre me pierdo un poco. Me gusta, porque así la conversación va por otro lado, aunque me gustaría empezar por el regreso de Benito Loma, después de muchos años, en otros tiempos, muy lamentable para él, porque son otros tiempos. 

Sí. 

¿Por qué hacerlo volver? 

Fue un impulso y una necesidad, no fue una idea o un experimento, y mucho menos un oportunismo literario, ¿no? Sentía curiosidad de saber qué había sucedido con un personaje que estaba en la cárcel, fueron cinco años, ¿qué pasaría si él no volviera? Después de que un profesor de filosofía está durante cinco años prisionero en un penal en Michoacán, ¿no?, que es un estado en llamas, tenía curiosidad. Pero también requería herramientas literarias, oficio, determinado talento para atraer a Fango.

Comencé hace tres o cuatro años a escribir esta novela y me resultó tan natural, fue tan espontáneo. Me pareció que era más bien, aunque parezca una superstición, que él me guiaba, porque yo nunca tengo un plan. Aahora sí, tal como tú me dices, yo no tengo un plan que seguir, odio todo lo militar, odio toda la autoridad, todas las estructuras rígidas. Entonces divago en un espacio líquido, que es mi novela, y me encontré otra vez con Torrentera, y no lo inventé, simplemente creo que como escritor lo auxilié a continuar viviendo después de la cárcel, que eso es Fango. Entonces sería por necesidad, curiosidad y también para tener noticia de si mi oficio me daba, [si] mi oficio de escritor me daba la confianza y las posibilidades de rescatar a un personaje semejante.

Un poco, para ti creo que siempre ha sido, aunque en estos tiempos un poco más, ya no la necesidad de recuperar personajes acaso perdidos, sino de escribir, para de alguna manera mantener esa curiosidad y esa espontaneidad que he hablado hace rato, y que creo que cada vez es menos frecuente, alcanzo a observarlo como lector. ¿Cómo observas tú ese fenómeno, pero tomando en cuenta todos los temas que tú abordas aquí, llámese el derrotismo, la política, todo ese fango en el que estamos inmersos ya casi inexorablemente? 

Sí, sí, sí, sí. André Gide, el escritor francés, decía que todo escritor debe saber caminar a contracorriente, ir a contracorriente. Creo que la buena fortuna, que el aplauso, que la celebridad momentánea, son un lastre con el que tenemos que vivir. Hoy en día hay pocos escritores interesantes, desde mi punto de vista. Yo no soy precisamente un crítico literario, pero soy un lector, hacen falta más lectores que escritores, y sin embargo de pronto nacen escritores que tienen las setas, pero no nos ofrece nada, más que un simulacro de algo que ya ha sucedido, todavía, y en eso seguiré siendo un dinosaurio, siempre estoy interesado en hacer la crítica de mis circunstancias sociales, [y] no sólo la crítica, sino hacer explícitas mis observaciones, porque creo que la inteligencia es el conocimiento de la circunstancia en la que uno vive, una inteligencia humana, no artificial. Y volviendo a Sócrates: es el conocimiento de uno mismo, pero no puedes conocerte sin conocer al otro, ni conocer la ciudad en la que vives, ni la vecindad, ni la comunidad, etcétera, y siempre soy crítico y absolutamente pesimista.

Definitivamente las sociedades se transforman lentamente, no sabemos hacia dónde. Siempre hay algún personaje o político mesiánico salvador, que vía el racismo, el autocritarismo, la popularidad, el partido, nos puede llevar incluso hacia derroteros más infames. Yo por eso no pertenezco a ningún partido, simplemente doy mis opiniones al respecto de la circunstancia, no acostumbro a citar a políticos, para mí en general el político es el sirviente de la cosa pública, el funcionario tiene que ser eficaz, no famoso ni retórico, eficaz en sus funciones, para que podamos vivir un poco más tranquilos. 

La vida es muy breve, tenemos derecho a vivir esa brevedad de una manera tranquila, yo llevo el infierno en mi propia mente, desasosiego, pesimismo en mi espíritu, pero ese soy yo, no quiero que todo sea así, lo que sí deseo es que la política se convierta en conversación y que vía la imaginación, y en ello la lectura es importantísima, el conocimiento de las artes y de la filosofía, que a través de la imaginación se llevan a cabo buenas conversaciones, incluso entre oponentes ideológicos, –que ya casi no existen las ideologías fuertes–, para que nos dejen en paz, para gozar de mayor libertad, para poder desarrollar la vida tal como la concebimos. Por supuesto, sin hacer daño a los demás, estoy en contra de la criminalidad, de cualquier rechazo. 

Sí, parece ser que todavía es posible, que todavía existe un hueco para que podamos tener esa esperanza de que todo puede ser mejor, porque como bien apuntabas, la vida es muy corta. 

Creo que era de [Walter] Benjamin la frase de, gracias a los que no tenemos esperanza, es dada la esperanza. También, una de las consecuencias del pesimismo de algunos artistas, escritores, periodistas, personas comunes, gracias a ese pesimismo, en ocasiones es posible llevar a cabo la crítica de lo social, para vivir mejor y para mantener una esperanza, digamos de bienestar, de mejoría, de progreso moral, consiguiendo la moral, obviamente con una ética. 

Hay siempre mucha crítica en lo que escribes, y por supuesto en tus planteamientos, en la persona en la que eres. Pero, para poder ser crítico, hay que empezar por uno mismo, hay que poder asomarnos primero a nuestros infiernos y a nuestros caminos y a nuestra propia vida para poder después entonces ponernos al tú por tú con el otro o con la vida. 

Sí, el conocimiento de uno mismo es indispensable, sea esté consciente o incluso inconsciente o misterioso neurológicamente, pero también las constituciones políticas, los códigos civiles, se escriben a través del lenguaje.

Es muy difícil llevar a cabo una crítica si no tienes, si no posees un horizonte lingüístico, una capacidad de expresión tal que pueda abarcar de una manera más extensa y justa las circunstancias sociales. Entonces lo dices bien. Conocimiento de uno mismo y yo añadiría inmersión en el lenguaje y construcción de una idea sencilla de la justicia. La justicia, como diría Amartya Zen, que lo cito siempre, el filósofo, en su libro Idea de la Justicia, él dice que podemos reducir nuestra noción de justicia a una pregunta: ¿qué está mal y qué podemos hacer para resolverlo? En vez de estos grandes enfrentamientos que hay sobre el poder de una ideología, de un partido, de un grupo poderoso, es una pregunta sencilla, la puede hacer cualquiera. 

Entonces, yo creo que hay que hacernos preguntas sencillas, porque finalmente es una sociedad muy compleja, en su aspecto tecnológico, comunicativo, en México cultural, regional, etcétera. Si existe un país que podamos llamar México, es porque tiene fundamentos culturales y estéticos importantes.

Las artes y la cultura me siguen pareciendo, y la educación que sería consecuencia del cultivo de las artes y de la cultura, y por lo tanto el bienestar de la educación, podría llevar a la sociedad a construir un verdadero país. Pero si desprecias estos aspectos de la vida humana… Creo que mi pesimismo es válido, o tiene sentido. En realidad, esa percepción pesimista u optimista, cada cual tendrá sus razones para sostenerla o desecharla, pero en ese sentido, un poco bebiendo de lo mismo, siempre está presente esa idea de la derrota como alternativa para vivir la vida. Vamos, no echado a que lo levanten a uno, sino que pese a las circunstancias adversas, se puede continuar. Que siempre hay alternativas para ser esa especie de héroe, que no es como los que crean allá en Hollywood, sino un tipo de la calle normal. Que cualquier lunes se bebe una cerveza, eso es un héroe también.

¿Cómo ves tú esa idea, más allá de lo literario, de la derrota como una posibilidad para plantarse frente a lo que es la vida y las realidades en este momento? 

Yo creo que a ninguno de nosotros… —duda y se corrige incorregible—. Habrá a quienes nos interesa ser derrotados. Sin embargo, el héroe trágico vislumbra la derrota como horizonte, y entonces todo aquello que no sea derrota, que sea un paso adelante, un lapso de felicidad, de amistad, de buena convivencia, es ganarle un poco la partida a la derrota. Y la derrota vendrá finalmente, moriremos.

Pero yo prefiero…, no quiero la derrota como la finalidad de un ser humano, no me considero un ser malvado. Pero creo que la idea de la derrota, de la tragedia, del ser efímero, de la muerte, se encuentran en el horizonte. Evidentemente habrá religiosos, como tú muy bien dices, un gran número de personas que opinen lo contrario. Pero yo tengo alma rusa, y los rusos siempre consideraron que la tragedia estaba a la vuelta de la esquina. Y por lo tanto gozaban mucho más los momentos gratos, los golpes de fortuna, los breves espacios de convivencia feliz. A eso me refiero.

Finalmente, para aligerar los ánimos tan intensos, me interesa saber qué opinas de la novela, pero no como género literario, sino cómo la observas en estos tiempos. Sobre todo, volviendo a lo que decíamos al inicio, que es harto monótono, supeditado a las ideas marcadas por el progreso, por lo que dicen las agendas, etcétera. 

Mira, yo participé en un libro. Éramos cuatro escritores. Recuerdo a Marta Lamas, que era directora de una revista feminista. El otro era Carlos Monsiváis, un escritor importante. Y estaba yo allí, de colado. Y hablábamos sobre el transgénero hace muchísimos años. Yo presenté ese libro en un lugar que se llamaba “El Histeria”, donde no había géneros fuertes, sino que convivían toda clase de personas, y el género sexual no tenía la menor importancia.  Y en eso coincidíamos totalmente Marta Lamas y yo. El hecho de que exista lo masculino y lo femenino son horizontes hacia los cuales tender, pero son utopías. Hay un gran espectro en los sexos.

Y yo soy respetuoso de cualquier tipo de género sexual o de definición sexual a la que uno pertenezca. Y de la misma manera lo creo en la literatura. Creo que la novela no tendría que ser un género rígido. En mi novela Fango hay hojas que son casi en el saire. Una crítica o un comentario, a veces parece teatro, a veces parecen aforismos. Entonces me interesa mucho romper los límites rígidos en los géneros literarios. Por eso Desorden, que tú conoces, plantea la disolución de los géneros. Les llamamos novelas por costumbre. Es una historia o unas páginas que nos narran una historia a través de la literatura. Pero yo nunca pensaría que podríamos volver a la novela como ese género narrativo de la vida, una vez. 

Más bien todo libro es un conjunto de géneros reunidos. Tratando de construir una historia, una idea del mundo. Lo llamamos novela por costumbre. Pero en estos momentos prefiero que el género sea líquido a que sea sólido.

Por Demian García

Lector permanente. Devoto de la poesía y el fútbol. Escribo, hablo y habito en Revista Purgante, Interferencia IMER y Diario 24 Horas.