I see you under the midnight
Love darts in your eyes
How far can you take it
Till you realize
There’s magic in your eyes.Magic; The Cars (1984).
Debo decir que probablemente la tomé por sorpresa. O simplemente no tuvo mayor opción. Nunca lo sabré. Puedo escribir una ficción (o no tanto) acerca de aquella noche en la que no sólo me atreví, sino que llegué a la pista de baile acompañado por una mujer —una adolescente, para ser más preciso.
La generación X, mi generación, recuerda los años 80 a través de un cristal muy colorido. Seguramente el color lo proporciona la nostalgia, un poco de melancolía y una dosis de verdad. El archivero de la memoria suele ser muy selectivo. Dicho lo anterior, el hecho ocurrió (más o menos) de la forma en que lo narro.
No estoy muy seguro —aquí es donde inserto la ficción—, pero digamos que era viernes; pongamos, principio del otoño. El año era 1984 y yo cursaba el segundo año de secundaria. Tenía pocos meses como adolescente y ya ejercía como tal; por tanto, la socialización entraba dentro de la lista de los deberes. Y, dentro de ese rubro, una fiesta se convertía en punto neurálgico del sistema.
Un gran amigo me había incluido entre los invitados a la fiesta de su prima. Quiero imaginar que no ignoraba del todo la lista de posibles asistentes (suposiciones que el autor toma como válidas). Añadiría que era la primera ocasión en que acudía a una fiesta sin mi hermano o hermana mayor, y esto era un parteaguas en mi vida, tal y como había sido la decisión de dejar de usar zapatos de goma para vestir mocasines (craso error).
Aquel año —el ’84—, además de prescindir de las patillas en el corte de pelo, también había adquirido un outfit perfecto para este tipo de acontecimientos. Sí, la guapura va en el ADN (esto, por ejemplo, no es ficción), y si a esto se le agrega un pantalón gris —que llevaba una delgada línea negra a los costados—, camisa blanca, chaleco gris con algún cierre cuya función sigo sin comprender y, por requerimiento de la fiesta misma, una corbata roja (delgada, muy ochentas), el resultado era, sin duda, lo humanamente más cercano a la espectacularidad. Simon Le Bon hubiera envidiado el look.
La cita era a las 20:00 horas (ficción, aunque muy probable). Goyo (mi papá) fue el encargado del shipping. El lugar era en la calle de Hidalgo, en el centro de Tlalpan (que era una delegación, no una alcaldía), cerca de casa, por lo que el recorrido no nos llevó más de diez minutos. Iba un tanto ansioso. En la adolescencia nunca se está lo suficientemente seguro de nada. Además, el arriba firmante ha tenido una relación larga y muy estable con la ansiedad.
El lugar era (es) un espacio arbolado con una construcción que hoy día se sigue manteniendo hermosa. El convivio se desarrollaba en donde se encontraba la alberca, que, por razones de seguridad, estaba cubierta. Las y los asistentes rondaban el segmento de mercado de entre los trece y catorce años.
Al ingresar y hacer un rápido escaneo del sitio, pude identificar el punto en el que estaban sentados mis amigos. Era una esquina del lugar. Habían formado una especie de elipse irregular con las sillas y, en el grupo, sentadas también, estaban unas cuatro o cinco mujeres. Me acerqué y pude sentir cómo me sonrojaba a cuento de nada. La timidez no se dosifica: se manifiesta de 0 a 100 en escasos segundos. Saludé y fue entonces cuando Vicente, uno de mis amigos, me dijo:
—Mira, ella es Gaby.
De haber tenido trece años hoy día, seguramente habría quedado evidencia visual de lo que ocurrió en las siguientes horas. Me alegro de que no haya sido el 1984 de Orwell, sino sólo el 1984. Quizá por eso confío en la información que me proporcionan mis recuerdos. Los huecos que hacen falta, los invento. La conversación que tuve con ella (aunque este arqueólogo de la memoria desempolvó algunas cosas), la imagino.
Aquella noche, mientras se escuchaban los primeros compases de «Magic», de The Cars, un chaval de ojos verdes esquivó de algún modo la timidez y la ansiedad sentadas junto a él y le preguntó a Gabriela si le gustaría bailar esa canción con él.
El tiempo se detuvo.
Hoy lo eché a andar nuevamente.

