La poesía reunida de Coral Bracho, la única novela de Jane Bowles y el más reciente libro de Manuel Jabois son parte de las lecturas recomendadas por la redacción purgante para despedir septiembre.
Poesía Reunida 1977-2023; Coral Bracho
La poesía de Coral Bracho tiene una fluidez casi enigmática, donde las palabras, los adjetivos y los colores aparecen y desaparecen continuamente. No por nada cada una de las imágenes que presenta en sus poemas justifica esta unión entre su voz y el mundo que la rodea. Por eso, su poesía no es otra cosa que la sal de mar que inunda nuestros sentidos, transformándose así en la función exacta mediante la cual codificamos la realidad. De ahí que esta edición de la Editorial Era sea, también, un testimonio poético de proporciones gigantescas. Y es que cada poemario de Coral tiene ese efecto, ya sea en “Peces de piel fugaz (1977)” o “En un jardín japonés (2023)”, siempre encontramos una partícula trascendental. Casi como “una luciérnaga bajo la lengua”, título de un poema suyo que posiblemente nos sobreviva a todos, pues los versos de Bracho son un vehículo estético elemental, donde el lenguaje se encuentra al tiempo y viceversa.
Dos damas muy serias; Jane Bowles
Jane Bowles, poseedora de una sensibilidad sobrenatural y existencial, fue inmerecidamente estigmatizada por un sector de la crítica cultural como una simple anfitriona de la bohemia heterodoxa del siglo XX contracultural. De toda esa pléyade imantada por la leyenda de los Bowles, quizá el único capaz de haber tomado la suficiente conciencia —además de su marido Paul Bowles— de la profundidad del personaje que encarnaba haya sido Truman Capote, un asiduo visitante suyo en Tánger, el epicentro canalla, y responsable de dedicarle ese hermoso homenaje que cobró forma de prólogo para la edición de Dos damas muy serias —la única novela de Jane; susceptible, según Tennessee Williams, a convertirse en un clásico—, en Anagrama. Pienso en Christina Goering y en Frieda Copperfield, dos mujeres en camino a la autodeterminación, y no se me ocurre una mejor manera de eludir con tanta dignidad al corset impuesto por los códigos morales asociados a la feminidad de su tiempo. Una mediante su maniática proclividad al misticismo; la otra desde su deslumbramiento frente a la autenticidad de una prostituta panameña. Resulta interesante, también, la contraposición entre la aversión al viaje de la señorita Goering y el incipiente nomadismo de la señora Copperfield, considerando que Jane Bowles fue una de las mujeres más extraterritoriales de su generación.
Skagboys; Irvine Welsh

A principios de la década de los 80 en Leith, Edimburgo, Mark Renton era un estudiante universitario, atravesaba una relación sana con su hermosa novia y tenía intereses culturales, lo que le auguraba un futuro prometedor y estable. Diversos factores, como la trágica muerte de su hermano, la crisis económica de la era Thatcher y una profunda crisis existencial, provocan que Renton se acerque al “jaco” (heroína), comenzando un descenso a los infiernos de la adicción junto a sus amigos Sick Boy, Spud y Begbie, aquel entrañable grupo de perdedores. Skagboys (Anagrama, 2012) es la precuela directa de Trainspotting (Anagrama,1993), donde Irvine Welsh explora los orígenes de sus famosos personajes, expandiendo el universo ya conocido e invitando al lector a comprobar como el desempleo y la pérdida de oportunidades vapulean a la sociedad escocesa de la época, creando el terreno prolífico para que las drogas y el virus del VIH/SIDA lo cundan todo. “Para nosotros colocarnos no es simplemente algo divertidísimo, ni siquiera un derecho humano básico. Es una forma de vida, una filosofía política. Ya lo dijo Rabbie Burns: el whisky y la libertad son inseparables”. Esa es una de las muchas frases que Mark Renton lanza a lo largo de las 667 páginas que componen el volumen, dardos literarios que pretenden justificar en forma de sátira la filosofía nihilista de los protagonistas; parafrasear al poeta nacional de Escocia, Robert Burns, solo remarca la pericia de Welsh para fusionar el humor negro con los momentos más incómodos, situando a los lectores en lugares y situaciones horrendas, pero no por eso menos divertidas. Mucho del material de Skagboys fue primero parte del manuscrito original de Trainspotting, pero al resultar un borrador demasiado grande, Irvine Welsh decidió quitar cientos de páginas que guardó en un cajón. Años después, redescubrió esos textos inéditos, los nutrió de una carga política mucha más incisiva y los pulió con el ya conocido argot de las calles de Edimburgo, entregando una novela sólida que funciona incluso de manera individual, como la crónica de un viaje sin retorno. Muy cercano a la literatura de Charles Bukowski, con su realismo sucio y la ficción transgresora de la decadencia urbana, Skagboys exhibe como la pandilla de Renton se descarrilla sin remedio, llegando a aquel abismo del que cada uno saldrá (o no) venciendo a sus propios demonios. En Gran Bretaña, el trainspotting (la acción de observar de forma compulsiva trenes para anotar número y características) es objeto de burlas como un hobby ridículo, la forma más inútil de pasar el tiempo. Pero también funciona como un slang siniestro: los junkies le llaman así al acto de encontrar vías (venas) óptimas para los pinchazos de heroína. Esas ideas resumen el espíritu de la saga de Welsh: un universo habitado por personajes que no saben utilizar el tiempo, engendrando su propia destrucción. Las hazañas de Renton y compañía, siguen en los tomos Porno (2002), The Blade Artist (2016) y Dead Men’s Trousers (2018).
El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodinov
«Mi padre era jardinero. Ahora es jardín». Creo que esta sola frase bastaría para invitar a alguien a leer El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodinov. El resto es una delicada despedida/homenaje a su padre que falleció víctima del cáncer. La prosa del búlgaro no solo esta desprovista de pedantería o fuegos artificiales, es un sincero duelo que rasca en la memoria física y emocional que deja al lector, mas que como espectador, como un invitado más a una velada donde el muerto vive en cada uno de los recuerdos. Gospodinov enfrenta y esquiva a un tiempo la tristeza de ver como la vida se extingue y que debe hacerlo sentado en la primera fila. El libro, más que tristeza, destila la celebración de una vida y la resignación que todos guardamos en algún sitio para situaciones similares. Las palabras, más que nunca, sirven como contención, búsqueda, exaltación y apoyo en el trance sin retorno físico.
La víspera; Manuel Jabois
La víspera, de Manuel Jabois, es una novela breve e íntima que gira en torno a la memoria, la amistad, los secretos y “el qué dirán” en el seno de una familia muy empeñada en mantener dichos secretos con tal de que no ensucien la imagen que ellos quieren proyectar. Con un tono cercano y melancólico, Jabois explora cómo los recuerdos de la juventud se transforman cuando se contemplan desde la adultez. Uno de sus mayores atractivos es su prosa sencilla pero muy evocadora, capaz de convertir situaciones cotidianas en momentos cargados de emoción. El autor combina humor, nostalgia y cierta sensación de pérdida sin caer en sentimentalismos excesivos. Una lectura ágil y reflexiva, especialmente recomendable para quienes disfrutan de historias centradas más en los personajes imperfectos y en una atmósfera tan turbia como gallega.





