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El horror habita en lo cotidiano: una entrevista con Laura Baeza

Las obsesiones de Laura Baeza no se diluyen con el tiempo; al contrario, se agudizan. Mientras Época de cerezos vuelve a las mesas de novedades para recordarnos que el horror habita en lo cotidiano, su universo creativo se expande hacia nuevas e inquietantes geografías.

Leer a Laura Baeza en retrospectiva es asistir a la construcción minuciosa de una de las voces más potentes de la narrativa mexicana actual. Novelas como Niebla ardiente o El lugar de la herida tuvieron su laboratorio inicial en un libro de cuentos que hoy renace: Época de cerezos. Esta obsesión literaria nació de una estampa de la infancia: la impresión imborrable que le causaba ver la planta nuclear de Laguna Verde, en Veracruz, cada vez que cruzaba por ahí junto a su familia, una imagen que detonó su decisión de explorar el peligro invisible de la radiación. Editada originalmente de forma independiente y galardonada en 2017, esta obra regresa en 2026 en una versión expandida a once relatos bajo el sello Debolsillo. En entrevista para Revista Purgante, desglosamos los hilos invisibles de una antología indispensable para entender el mapa del dolor contemporáneo.

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Un libro no es el mismo casi una década después. Sus lectores y lectoras tampoco. ¿Cómo fue el reencuentro físico y emocional con Época de cerezos para preparar la edición de 2026, Laura? ¿Qué descubriste de ti misma al volver a leerte en estos cuentos que recibieron el Premio Nacional de Narrativa Gerardo Cornejo en 2017?

Época de cerezos se publicó a finales del 2019, empezaba a leerse y a tener planes de presentaciones al inicio de la pandemia, así que la conversación de mis lectores en torno a él quedó en pausa porque llegaron otras dinámicas para más precios, yo empecé a publicar novela en 2021 y desde entonces a la fecha mi vida creativa ha cambiado mucho. Cuando llegó la opción de publicarlo en Random House, donde están mis novelas, releí el manuscrito y me di cuenta de que lo había escrito con algo que cambié por melancolía: el humor. Aquella escritura anterior al 2020 tenía más guiños humorísticos que la de ahora y creo que retomarlo unos años después me ha hecho cuestionarme si podría escribir así de nuevo.

Esta nueva edición aparece un cuento inédito. ¿Era un texto que orbitaba en el universo original o nació de la necesidad de nutrir esta antología? 

Es un cuento que estaba presente en la primera entrega, pero lo dejé fuera, al igual que uno o dos más. No era lo que aparece ahora en el libro, pero sí tiene el mismo espíritu o es la misma idea, ya que dialoga con el contenido general de ese universo. Lo fantasmagórico, que es un tema que me interesa mucho, aparece aquí como un eco de mis lecturas, específicamente de Shakespeare. Pero ¿cómo sería una tragedia shakesperiana en una laguna que quedó radiactiva? De eso quise hablar aquí.

¿Cómo esperas que dialogue este regreso literario con las nuevas generaciones que se acercan a tu obra por primera vez en 2026? 

Siento que hasta el día de hoy he marcado una diferencia entre mis cuentos y mis novelas, en los cuentos hay detalles insólitos o que se mueven dentro de lo que me gusta llamar “la distorsión”; en tanto que en mis dos primeras novelas todo sucede desde un enfoque más realista. Tal vez quienes me conocen por mis novelas encuentren otra faceta de mí en Época de cerezos y me gustaría que le dieran la oportunidad a ese estilo, que creativamente me encanta leer en otros autores.

Tus novelas posteriores Niebla ardiente (2021) y El lugar de la herida (2024) consolidaron una geografía muy clara de la violencia, la pérdida y el desastre social. En un intento de arqueología en tu obra, si se excava hasta llegar a Época de cerezos, ¿qué tanto de tus temas y obsesiones actuales estaban ya enterradas en ese polvo radiactivo?

Creo que con el paso de los años podría delimitar mis intereses a dos muy evidentes, que son la familia y las obsesiones. La violencia viene por añadidura en ambos. En Época de cerezos hablo sobre corrupción y va de la mano con los espacios violentos que abordo en buena parte de mi trabajo, ya sea en hogares, trabajo y ciudades enormes o aparentemente sin importancia. Época de cerezos tiene una estructura que me permitió desarrollar los temas y sus ramificaciones con mayor soltura de la que pensé. Eso es lo extraordinario de escribir cuento.

Hay un fuerte componente de lo insólito y la decadencia urbana en el libro. ¿Encuentras a tus personajes como una especie de fantasmas atrapados en una cotidianidad inhabitable? ¿Lo extraordinario radica no en la explosión misma, sino en la inquietante terquedad humana de seguir viviendo donde ya todo está muerto?

Siempre me ha interesado lo raro o, más bien, ver qué pasa cuando un detalle minúsculo descompone todo. Cuando escribí el libro el término liminal no estaba en boca de todo mundo, por eso me gusta que estos cuentos liminales lleguen hoy a lectores más familiarizados con esa idea. Siento que en una década nuestra forma de asimilar la imaginación ha cambiado mucho, en parte por el contenido en cine y televisión, sin dejar de lado que “lo raro” forma parte de la literatura desde siempre.

El desastre tecnológico de la planta nuclear no anula los problemas preexistentes de la periferia (narcotráfico, migración precaria, impunidad, delincuencia), sino que los potencia. ¿Es la catástrofe ambiental el escenario definitivo de nuestra desigualdad estructural? ¿Ahí es donde van a morir todas las promesas del progreso social?

Creo que en estos cuentos el desastre es el pretexto perfecto para que cualquier mal encuentre salida; hemos visto que en momentos de crisis el ser humano saca lo mejor o peor de sí, puede ser muy creativo para robar a nombre de las víctimas, extorsionar o, inesperadamente, hacer lo correcto. Aquí cada quien encuentra su forma de sobrevivir, la moral no forma parte de nada porque en la vida real pocos la toman en cuenta. Comencé a imaginar estas historias y las escribí cuando nos gobernaban unos, y al día de hoy, que nos gobiernas otros y los mismos, nada ha cambiado, efectivamente, las promesas del progreso social son una burla y mis personajes lo intuyen y hasta mencionan.

Como autora que domina tanto el cuento como la novela, la estructura de este libro funciona mediante inusitados vasos comunicantes. ¿De qué manera este formato fragmentario te permitió reflejar el aislamiento individual frente al trauma colectivo?

Cuando hablo con estudiantes de escritura sobre cómo una idea encuentra la estructura que le conviene y así me sucedió con este libro. Parte de la idea de cómo un desastre provocado por la mano del hombre puede tener secuelas individuales y colectivas, por qué por más que nos aislemos siempre dependeremos de otros. Tuve en mente los sistemas planetarios, los ecosistemas, la manera en que se han dado ciertos avances tecnológicos depredando algo para dar origen a otra cosa y esa acumulación de ideas reafirmó que esta podría ser la forma más interesante de tratar el tema.

Hay una línea en Época de cerezos que evoca cómo la radiación no puede verse, pero lo altera todo. En esta era TikTok saturada de sobreinformación e imágenes explícitas, ¿el papel de una escritora de ficción será, precisamente, volverse una “exploradora de lo invisible”, dándole nombre a lo que la realidad prefiere ignorar?

Ensayamos los mismos temas una y otra vez desde que el ser humano tiene forma de dejar registro de sus ideas, ahora, que todo es mucho más inmediato estamos más cerca del olvido que de la permanencia. Explorar lo invisible también es tomar algo que creemos que tal vez solo le interesa a una persona, a lo mucho a un pequeño grupo que comparte ideas, pero cuando llega a los lectores sucede lo improbable, que es permanecer en el otro el tiempo que sea necesario. Tal vez por eso seguimos escribiendo aunque cada año nos digan que la literatura, el libro y la lectura van a acabarse, y no, aquí seguimos.

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Las obsesiones de Laura Baeza no se diluyen con el tiempo; al contrario, se agudizan. Mientras Época de cerezos vuelve a las mesas de novedades para recordarnos que el horror habita en lo cotidiano, su universo creativo se expande hacia nuevas e inquietantes geografías.

En septiembre, la autora regresa a las librerías con Santita del agua clara (Alfaguara, 2026), una novela oscura sobre la descomposición familiar y los límites de la memoria. Dos realidades literarias que se cruzan este año para confirmar a Baeza como una narradora incansable de las heridas más profundas de nuestro tiempo.

Por Armando Navarro Rodríguez

Periodista. Cinéfilo y lector empedernido. Escribe sobre cine, arte y literatura.