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Editorial

Somos caos

Me desconocí, me rompí, me odié.

No he logrado digerir cuántas emociones tuve en un solo año, en un mismo mes, a veces en el mismo día. Pasé de una descontrolada depresión a un estado anímico con tiempo de sobra, pero sin ganas de nada; después, por la nostalgia, casi todo el tiempo sufría desesperación, melancolía, ansiedad, insomnio y mucha tristeza. Me desconocí, me rompí, me odié.

Jamás había llorado tanto, a veces las lágrimas salían de forma involuntaria, casi mecánicamente, porque inclusive las últimas horas de este 2020 han sido más ásperas, dolorosas y agonizantes.

La vulnerabilidad me hizo cometer más de un error. Me incomodaba mi soledad y mi silencio. Me sentía abrumada de mí misma, no me soportaba, no me entendía.

Este año me hizo dejar a un lado la costumbre de tener todo bajo control, un trabajo, dinero, salud, estabilidad. Uno de los golpes más fuertes que recibí fue pensar que mi vida antes de esto era perfecta, durante meses creí que era injusto que todos mis lujos incluyendo el dinero, desaparecieran de la noche a la mañana. 

Se me quitó esa frivolidad de la manera más cruel, perdí a un tío que adoraba por causa de esta interminable pesadilla. Ahí entendí que estaba olvidando lo más preciado que tenemos: la vida.

Aprendí a valorar al doble el cuidado físico, mental y espiritual. Solo me bastaba cumplir con el primero, pero sin los otros dos, todo se fractura. Dejé de luchar contra ese torbellino de emociones ajenas a mi cotidianeidad, decidí pedir ayuda de profesionales que me ayudaron a salir de esa corriente amarga y arrasadora.

Hace poco reflexionaba con mi familia sobre cuál es la razón que nos motiva a despertar cada mañana y cuál es nuestra misión en esta vida. E independientemente de que sea una respuesta personal, creo que si aún tenemos la fortuna de seguir abonando días en este mundo, nuestra responsabilidad es hacer que valgan la pena por todas esas personas que ya no están con nosotros.

Mi abuelo paterno me dijo que nuestra vida terrenal es efímera y nuestra vida espiritual es eterna, pero depende de nosotros valorarlas por igual para disfrutarlas como es debido.

Ya no le tengo miedo a la muerte, porque al tenerla al acecho, decidí saldar cuentas pendientes de traumas, rencores y malinterpretaciones. No tenemos tiempo de callar lo que sentimos, de negar que extrañamos, amamos o necesitamos pedir perdón, porque nunca sabemos si el día de mañana tendremos la dicha de expresarlo en su debido tiempo.

Hace unas horas tenía preparado un texto distinto; sin embargo tuve a una persona en estado de salud grave y pedí que le mandaran saludos de mi parte, desafortunadamente nos dejó antes de poder recibir mi recado. 

Durante toda mi vida he tenido casi diez personas que se han ido sin recibir una llamada o mensaje mío antes de irse, nunca me lo voy a perdonar.

Curiosamente de todas esas personas, solo una de ellas era familiar directo. Las demás no, pero su esencia, consejos, sonrisas, bromas, abrazos y afecto fueron sinceros. Los lazos que formamos van más allá de una convencionalidad sanguínea o la situación extraordinaria por la que nos vinculamos.

Perdón por haber creído que tendrían más tiempo, que sus minutos no estaban contados, que iban a volver. Me arrepiento de no haber sido oportuna y olvidar que quizá su misión con nosotros estaba a punto de terminar.

Gracias, tío Jorge, don Tachito, Alfredo, tío Chema, Sra. Ana, mi Chagüita, Alex. 

Aunque el dolor que sentimos y sentiremos será irreparable, el legado que dejaron será simplemente inolvidable. Nosotros somos caos, ustedes un mar de luz.

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