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Sopla el miedo

El Cristo de la Iglesia de la Reconciliación tiene el brazo derecho caído y el pie derecho levantado. A sus pies, seis velas encendidas y un cirio apagado. Originalmente este templo al Señor, a la manera neogótica, fue levantado en 1894 pero fue derrumbado 24 años después de la construcción del Muro de Berlín —es decir, en 1985—, casi al mismo tiempo de la llegada de Gorbachov a la secretaría del Partido Comunista Soviético, el hombre que traía bajo el brazo el final de la Unión Soviética con su Glasnot y con su Perestroika. Diez años después del derrumbe de las ideologías, los alemanes se dedicaron a la tarea de rehabilitarlo, con otro estilo, casi posmoderno, esta casa del Dios de los protestantes, que tiene una cualidad única en casi toda Alemania: tiene un retablo de madera con una cruz también gótica y una imagen de la Última Cena a la que le faltan las caras de Jesús y de los doce que le acompañaron desde las predicaciones hasta el mediodía del Viernes del Calvario. No son pocos los que aseguran que los mismos soldados que vigilaron la Iglesia robaron los rostros de los apóstoles y del Maestro que sobrevivió a las tentaciones del desierto. La última oración del pastor ha quedado abierta en los Salmos 46, 47 y 48. Hay algo aquí que encoge el sentimiento, que lo arruga como papel de una hoja que no es menester olvidar así de fácil.

Parece que el artista que ha diseñado el crucifijo pensó en un saludo, más que una aflicción, a la hora de llevar las manos a la obra. La gran Alemania ha preferido saludar al mundo con un Jesús sensible y abierto ahora que tiene que verlo con los dos brazos. Lo cierto es que, pese a todo, este Jesús —que recuerda por un rato los autorretratos de Durero— conmueve, entristece, lo vuelve a uno melancólico. ¿Qué ha sucedido aquí que produce el dolor del Bendito en el nombre del Señor? Mucho, ha pasado mucho debajo de este cielo que en un momento es limpio y azul y al siguiente nublado y lluvioso. Hosana, hosana, hosana.

Rudolf Urban no pertenece a ninguna lista célebre, los curiosos encontraron su nombre en las catacumbas de la historia, cuya caducidad y fecha de elaboración nadie conoce. Urban fue la primera víctima del Muro de Berlín. Cayó de un segundo piso cuando escapar del Este significaba, solamente, salir de la puerta y dar el primer paso. Entonces lo edificios del Este servían como límite del territorio ocupado por Francia, el Occidente, y por la URSS, el oriente. En aquel entonces, las recámaras estaban en poder de Stalin, las banquetas en manos del libre mercado.

Urban salió sin red de protección. Los golpes causados por la caída le hicieron dejar este valle de lágrimas horas más tarde en un hospital de Berlín Oeste. Se sabe que entre aquel domingo negro del 13 de agosto de 1961, día en que los soldados de la RDA trajeron los primeras vallas para la edificación del Muro de la Vergüenza, hasta el 9 de noviembre de 1989, cuando se vino abajo, lograron escapar más de 36 mil personas de la frontera de la bipolaridad. 20 mil de ellos lo hicieron en los primeros cuatro años, antes de que la sofisticación de la vigilancia cobrara límites insospechados. Hasta ahora, lejos aún de la verdad, se tiene el registro fiel de 125 personas muertas por intentar cruzarlo. Se sabe desde luego que muchas almas no están registradas porque la Nomenklatura ha borrado cualquier sospecha sobre su existencia y, por lo tanto, de su desaparición física de este mundo. Se dio el caso, por ejemplo, de los padres a quienes el servicio secreto les aseguró que su hijo mayor vivía en Canadá haciendo un posgrado. En realidad había muerto 20 años antes cuando había, silenciosamente, dado el salto a la libertad. O el de aquel aprehendido, torturado y asesinado en las entrañas de la intolerancia sin argumento legal alguno. Un día se corrió el rumor de que alguien había diseñado un plan maestro para llegar a Berlín Oeste. No había nombre ni señas físicas, solamente se sabía que era un hombre maduro. Los policías buscaron queriendo encontrar y encontraron. Las señas del sospechoso coincidían con las del enemigo identificado. Esa noche nuestro hombre había bebido de más. Dijo, sin quererlo, que quería huir a Berlín Occidental, mala noche para el despiste. Y algo peor —en los malos días todo se junta— esa noche no traía papeles de identidad. En la cervecería lo hallaron. Lo capturaron y murió sin revelar nada. Semanas después se dieron cuenta que era un hombre que trabajaba para la Stasi como soplón para el régimen. Hemos perdido uno de nuestros mejores hombres, dijeron, con frialdad, los del buró. Todo se quedó allí.

El viajero recurre entonces a uno de los filósofos de moda en Alemania, Peter Sloterdijk, quien en su libro En el Mismo Barco asegura que la Humanidad (con alta) se escinde en grupos que crecen por el esfuerzo y grupos que estancan por al dolor (Alemania es hijo de ambos, el paréntesis es del invitado); el dolor adquiere en la cultura superior un inquietante doble rostro, para unos actúa como estímulo, en los otros como obstáculo; para los menos, la necesidad se hace educadora, para la mayoría es una liquidadora de almas.

Más adelante, Sloterdijk dirá: «los hombres se acercan más entre sí cuanto más extraños se hacen entre ellos». La Bunder Strasse cobró fama mundial por que sobre ella corrió el diseño de los Museos. No hubo uno, como se piensa en América Latina. Hubo dos, porque así es el discurso de la retórica para los menores de edad: uno que daba la cara el Este y el otro que daba la facha el Oeste. El primero, según los hombres de Estado, era para los enemigos del sistema de todos iguales y el segundo para los amigos de la democracia. Así, con barda o sin ella, se logró formar una división ente las dos Alemanias a lo largo de sus 1,300 Kilómetros de frontera. Ahora el Memorial recuerda las cosas como son: lo que se ve aquí es lo que ha quedado y lo que no debe olvidarse. Las controversias no paran en este país de hermanos que se reconcilian después de una terrible larga noche en medio del bosque del destino manifiesto. Una parte de los alemanes quiere edificar un monumento a las víctimas de la separación, otros consideran que el trance debe olvidarse, que las aguas del espíritu recuperen su nivel. El debate seguirá porque el futuro es otro, afortunadamente para el mundo y para esa palabra del siglo XIX que se llama Humanidad.

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