Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Me van a tener que disculpar; Eduardo Sacheri
No todos estamos con el corazón apachurrado por los estertores de la carrera de Lionel Messi. No todos vemos con nostalgia los recortes a velocidad endiablada o la pierna izquierda en posición de disparo en el borde del área, el gesto serio y sin palabras antes de patear una falta, el hueco inexistente cuando el punta picaba.
Quizá sea que “no jugué” jamás del lado del Jedi, del que iba a traer equilibrio a la fuerza, del elegido. Es posible que el cerrar los ojos se volviera parte importante del juego cuando al 10 le llegaba el balón en condiciones, o no, en el último tercio de campo. Para después abrirlos y trabajar en terapia sobre el sentimiento de frustración e impotencia.
Es posible que esa incomodidad surgiera de mi antipatía natural al equipo donde jugaba y la explosión de las redes sociales donde uno puede verter una opinión sin que nada venga a cuento. Y no, no soy seguidor, hincha o pervertido aficionado del equipo que viste sin color alguno. Sólo sé que cada partido que el equipo por el cual hincho se enfrentaba a este hombre, sabía de antemano que sufriría, una, dos, diez, quince veinte veces en un espacio de noventa minutos más el descuento. Equivale a saber anticipadamente que el dentista no terminará contigo en una sola sesión. Que siempre habrá una endodoncia sin anestesia.
No puedo agradecer momentos de ensañamiento del narrador que nos describía una y otra y otra vez la maravillosa que había sido la acción, la acrobacia y lo inexplicable cuyo culmen terminó dentro de la red. No me satisface recordar sufrimientos innecesarios durante un periodo que suponía ser lúdico. No quiero. Me niego.
No sé ustedes, pero yo quiero decirle de frente: eres un hijo de la chingada, me restregaste el mejor futbol de la historia una y otra vez, en la cara. Me hiciste enfurecer, gritar, entristecerme. Y, por eso, jamás te olvidaré.
En el fondo (muuuuuy en el fondo), me siento un afortunado en haberte visto jugar tantas veces, tanto tiempo. Y, en lo bajito (para que nadie me escuche), decirte que te lo agradezco de por vida, Lionel.

