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Epicedio a Este País

Una revista no impone un canon: propone una tradición. Al cerrojazo de la editorial ERA (anunciado en agosto) le aviene la noticia del fin de Este País. Los monopolios y consorcios mercantiles han tomado la batuta de la economía editorial, y los proyectos independientes poco pueden hacer contra los vientos que vienen. 

Para Andrés Padilla, 
con gratitud y cariño

Fue de golpe. Ayer en la tarde presentaba una ponencia conmemorando los 50 años de Vuelta (1976-1998), la gran revista fundada y dirigida por Octavio Paz, y hoy me despierto con un artículo de Mariana Ortiz,[1] escritora y editora en Nexos, despidiéndose de una de las revistas en que aprendió su oficio, una revista donde tantos escritores, desde hace 35 años, vimos siempre abiertas las puertas para colaborar al tiempo en que nos asomábamos a nuestra propia realidad.

Este País no ha recibido ninguna aportación publicitaria pública. Nuestros patrocinadores privados han sido el único apoyo financiero, pero sin duda hay un creciente resquemor empresarial a apoyar a publicaciones independientes. Los otros ingresos han provenido de nuestros servicios editoriales: edición de libros y materiales diversos. Pero todo tiene un límite y, en este ambiente de polarización, de rechazo a la discusión plural, el Consejo ha decidido optar por suspensión de actividades.

El hecho se hizo público por una carta del Consejo de Administración, integrada por el fundador Federico Reyes Heroles, Magdalena Carral, Leonardo Curzio, Susana Chacón, Juan Cristóbal Ferrer, Luis Lozano, Adriana Malvido, Verónica Ortiz, Marco Provencio, Francisco Suárez Dávila, Alberto Tiburcio y Juan Pablo Calderón Patiño. 

La poeta, ensayista y estudiosa de las revistas literarias, Malva Flores, dice que una revista es una casa, una familia. Si bien he sido lector de Este País desde hace al menos una década, tuve la fortuna de ser parte de esa familia desde el 2023, publicando un puñado de reseñas y ensayos literarios. Fui, creo –siguiendo la metáfora de la poeta–, uno de esos primos de provincia que no se reconocen abriendo el álbum de fotos, y cuyo nombre se confunde con facilidad en el torbellino de parientes lejanos. Pero fui parte de la familia a final de cuentas, lo que me enorgullece enormemente; y saber que la revista cierra sus operaciones me infunde una amarga tristeza.

Andrés Padilla, a quien no tengo el gusto de conocer en persona, siempre recibió mis textos con una amable formalidad; estoy casi seguro que publicaron todo lo que llegué a enviar, y si no, sé que Andrés nunca me dejó en ascuas. Es verdad que Este País dejó el formato físico en 2020, y ahora tristemente somos testigos, en el otoño del 2026, del cierre completo de la plataforma en línea. ¿A quién culpar? Los aires raudos del presente son atosigantes, la asfixia de las redes sociales nos ha convertido en servidores –o peor, sirvientes– de la opinión pública, la estupidez artificiosa (me niego a llamarla inteligencia artificial) desplaza día con día el indispensable quehacer del pensamiento y la técnica humana, y muchos escritores hemos sucumbido a la firma de cartas y manifiestos de los que unos se enaltecen y otros nos avergonzamos, porque al menos yo no puedo sino sentir vergüenza de ser cómplice de una cultura donde el buró del escritor se parece cada vez más, en este primer cuarto del siglo XXI, al potro del inquisidor y a la cuna de Judas. Mea culpa!

Este País nació para dar a México un examen de su situación sociodemográfica. Con el paso del tiempo, fue abriéndole el portón a otras dimensiones de la cultura. En sus páginas (de papel o digitales) conocimos a las plumas jóvenes mexicanas, las novedades editoriales de todas partes del mundo, y los estudios de actualidad a lo largo del globo, pero siempre con un énfasis en este lado del gran charco.

Una revista no impone un canon: propone una tradición. En la república de las letras mexicanas (que a veces tiene las costumbres de una pequeña parroquia) se ha dicho con cierto desdén que Este País es la revista de la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM), incluso cuando ésta tenía hasta hace algunos años su propia revista, Pliego 16. Y lo que pareciera un reproche en realidad es un halago: los que nunca pertenecimos a la FLM pudimos leer aquí a algunos de los más talentosos jóvenes escritores, así como a otros tantos beneficiaros de becas como el PECDA y el FONCA. En lo personal, la revista me permitió conocer a promesas que, como diría Paz, son ya presencias de una tradición literaria compartida. A ojo de buen cubero, menciono sólo algunos de esos jóvenes que pertenecen más o menos a mi generación, que han ya empezado a sobresalir, y que sé que leí por vez primera en Este País: Giacomo Orozco, David Noria, Fabián Espejel, Montserrat Báez, Miranda Bonfil, Nicté Toxqui, Elisa Díaz Castelo, Mariana Rosas, Danush Montaño Beckmann, Carlos Andrés Torres Cabrera, Clyo Mendoza, David Anuar, Ana Emilia Felker, y la lista sigue y sigue…

De todas las cosas trajo la Modernidad, las revistas conforman el mejor espacio para ejercer el albedrío del individuo y cristalizar el sentir colectivo. A la gaceta dieciochesca le sucedió el periódico decimonónico. En las revistas se dieron a conocer las grandes novelas, publicadas por entregas, lo mismo del ludópata Dostoievski como del sacrílego Pérez Galdós; el espíritu de cada cultura, el alma de cada sociedad, en fin, halla en sus pliegos el baluarte mismo de la civilización: toda revista es un corazón que palpita. 

Siempre es loable luchar por lo que uno considera correcto, apostar por la verdad y la libertad, pero nunca a expensas de la censura y la arbitrariedad. Este País, a lo largo de sus más de tres décadas de vida, brindó ese espacio plural y convergente donde el diálogo –que a veces se nos olvida que en griego significa «palabra dividida»– se hace presente. Durante los siglos XIX y XX, las revistas fueron el espacio predilecto para introducirnos a la poética de un autor, el ágora para la rabia, el despecho, a veces el elogio zalamero, e incluso el berrinche licencioso. Y todo eso de civilidad que en Hispanoamérica nos enseñaron publicaciones hemerográficas como Amauta (1926-1930), Contemporáneos (1928-1931), Orígenes (1928-1931), Sur (1932-1992), Plural (1971-1976), o Vuelta (1976-1998), parece que se nos ha olvidado en este primer cuarto de siglo XXI (que ya acabó). A lo que va del escabroso año 2026, los lectores mexicanos sufrimos atroces atropellos al mundo editorial, todos vinculados con un sistema económico incapaz de velar por los proyectos independientes. Al cerrojazo de la editorial ERA (anunciado en agosto) le aviene la noticia del fin de Este País. Los monopolios y consorcios mercantiles han tomado la batuta de la economía editorial, y los proyectos independientes poco pueden hacer contra los vientos que vienen. 

Concuerdo con Mariana Ortiz: «antes de ceder al pánico, quizá, sólo nos quede resignificar el papel de las revistas en un mundo que se nos está yendo de las manos». Paz solía decir: «Cuando los escritores quieren salvar al mundo, siempre se les ocurre fundar una revista». Hoy acaso no deberíamos fundar una nueva revista, sino salvar las que ya tenemos. ¿Pero cómo aprender de los errores?


[1] «Adiós a Este País», Nexos, 24 de septiembre de 20206: https://cultura.nexos.com.mx/adios-a-este-pais/.