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Historias

Tiovivo

Me quedo ahí, en ese lugar donde todo surge para desvanecerse, incluso los malos recuerdos.

Estoy estrenando un vestido de tul color blanco que el abuelo me regaló por haber cumplido siete años. La falda es suave y esponjosa, casi como un algodón de azúcar. Giro y giro frente al espejo e imagino que soy una bailarina. Doy vueltas y vueltas sin parar, cierro los ojos e imagino que estoy arriba de un tiovivo. De pronto salgo del ensueño cuando siento la piel áspera de las palmas de mi abuelo tocando mi cuello y mi cabello. Siento un escalofrío desde mi cabeza hasta la punta de mis dedos. No me gusta esta sensación, no me gusta cuando el abuelo me toca. 

Se coloca detrás de mí, jala mi cabello y comienza a desabotonar el vestido. Intentó alejarme, no quiero que me lo quite. Él me dice que debe quitármelo porque se ensuciará. Cierro los ojos otra vez y giro, giro, giro sin parar. Sigo dando vueltas en mi cabeza, como si estuviera arriba del tiovivo montada en un caballo, pero esta vez imagino que puedo volar y escapar. Los caballos tienen alas. Ojalá pudiera ir a cualquier otro lugar. 

Tengo náuseas, quiero vomitar, abro los ojos y veo el vestido roto tirado en el piso y los pies del abuelo frente a los míos. No lo puedo evitar: lo vomito. El abuelo me grita y me empuja muy fuerte. Caigo frente al espejo y me doy cuenta que estoy desnuda. Tengo miedo, mucho miedo, el abuelo me sigue gritando, viene hacia mí, pero se resbala con el vómito y cae encima del espejo. Se escucha por la ventana el motor del auto de mamá. Mi corazón parece que va a estallar. Quiero gritar, pero no puedo. ¡Mamá entra ya! El abuelo no se levanta, la habitación está llena de sangre derramada. Me paro corriendo hacia la puerta principal. Mamá entra y la abrazo muy, muy fuerte. Me pregunta porque estoy desnuda, no puedo siquiera pronunciar una palabra, me pregunta por el abuelo y un silencio ensordecedor inunda la casa. Comienza a llamarlo, pero nadie contesta. Entra al cuarto. Mamá grita, grita muy fuerte. 

El abuelo está muerto. 

El abuelo abusó sexualmente de mí y murió frente a mis ojos. El trauma fue tan fuerte que dejé de hablar durante cuatro años y tardé otros tres en asimilar lo que había pasado. A pesar de la terapia y los especialistas he vivido toda mi vida como si estuviera arriba de un tiovivo. No importa la edad que tenga, en mi mente sigo siendo la niña de siete años que estrena un vestido blanco. Me subo a un caballo y me quedo dando vueltas y vueltas una y otra vez, hasta que el eterno movimiento logra que las luces y las sombras se conviertan en una sola. Me quedo ahí, en ese lugar donde todo surge para desvanecerse, incluso los malos recuerdos.

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